Un amigo sacerdote me
comenta que él no teme el maltrato de un cierto ambiente cultural o de un
anticlericalismo anacrónico cuanto el sentirse ajeno, desdeñado y sujeto a
sospecha por parte del aparato burocrático eclesial. Él practica con convicción
el “sentire cum ecclesia”, pero ¿con
cuál Iglesia?
¿La de quienes reparten
el carnet de idoneidad en función de su psicología o
de su estrechez de miras? ¿La de algunos clérigos, ardientes defensores
de la “ortodoxia”, pero que no dudan en abandonar su más preciado altavoz en
manos de quienes no representan ese sentir con
Parece que no hubiera
para cada católico más que una actividad perfectamente legítima, sin peligro de
excesos: la apología de algunos eclesiásticos y de sus métodos,
la exaltación fanática de sus pequeños éxitos, el disimulo de sus fracasos,
incluso al precio de vergonzosas mentiras.
Demasiados sacerdotes y
demasiados laicos se encuentran hoy en un indeseado “despido interior”,
descontentos, desplazados, imposibilitados a identificarse con un
discurso, un modelo, unas propuestas, unas preferencias y unas exclusiones que
no consideran evangélicas. Si
Juan María Laboa- Profesor
emérito de