EL OLOR DE LAS
MAGDALENAS
Murió recientemente mi tía cuando rozaba ya los 90 años.
Arropada por su familia, dejó de existir después de haber sobrevivido a una
larga enfermedad y haber dejado un legado de bondad extraordinario.
A mi tía la recuerdo hace ya muchos años. Su panadería era
un lugar de encuentro maravilloso donde te preguntaban por la familia, los
estudios y la vida a la vez que te servían una barra de medio o un pan de moño.
Cuando las cosas me llevaron a salir del pueblo para estudiar, la panadería
seguía siendo lugar de encuentro y de ternura donde el pan sabía tanto a pan
como a vida y donde la vida se saboreaba como el pan recién hecho.
Pero en la panadería había un día muy especial. Mi madre me
avisaba al despertarme y con un beso me decía: corre a la panadería: tu tía está haciendo magdalenas.
Con las legañas recién limpitas, y
con la ilusión por montera, corría a la panadería que aquel día solía estar más
llena que de costumbre. El olor lo impregnaba todo… nunca olvidaré ese olor. Mi
tía, en cuanto me veía, me llevaba a la parte interior en la que estaba el
horno y amasaban. Con paciencia y sonrisa me dejaba pasar el dedo por la masa
de las magdalenas. Aquel sabor, dulce e infantil, me sabía a gloria. Yo
permanecía embelesado viendo aquella masa amarilla y luminosa que, en aquella
panadería, junto al horno del que salían relucientes
la magdalenas caseras, convertía todo en una especie de cielo. Las sonrisas,
los comentarios amables de la gente sencilla estaban impregnados de aquel olor
a dulce ternura que alegraba la vida en nuestras casas. Era un espectáculo mutisensorial, la vista de las sonrisas, el sabor dulce de
aquella masa celestial, el tacto del producto recién salido del horno, el
sonido de la amasadora y de las voces de la gente… y el olor, el olor de las
magdalenas.
Murió mi tía y necesariamente recordé aquel aroma que forma
parte del patrimonio de mi infancia. No sé qué dirán los psicólogos, pero estoy
convencido de que una parte de lo que soy, tal vez una parte muy pequeñita, se
lo debo a momentos como aquél. Creo que, en el fondo, somos lo que hemos vivido
y damos a los demás aquello que hemos recibido.
Por eso miro ahora espantado el show mediático de otra
muerte, la de Michael Jackson, de los Jackson de toda la vida. El artista, que al parecer ha
tenido un pasado algo turbio, está teniendo un final apoteósico. Muerto ya, su
funeral se ha convertido en una especie de concierto extraordinario donde miles
de adolescentes han viajado atravesando continentes para decirle adiós al cantante.
Se han repartido entradas y ha habido bofetadas y ventas con precios
escalofriantes para acceder al show de su muerte.
Espantado miro también la presentación de Cristiano Ronaldo,
de los Ronaldo de toda la vida. Miles de adolescentes y jóvenes gritan y jalean
a ese nuevo dios que, según los medios de comunicación, es un icono sexual y
deportivo de este siglo. Florentino Pérez, de los Pérez de toda la vida, se
presenta como un nuevo rey Midas que todo lo que toca lo convierte en oro. Y
los adolescentes y críos le gritan, le jalean y lloran ante estos hombres que
son el paradigma de una nueva humanidad.
Espantado estoy cuando nuestros mandatarios se empeñan, con
un cinismo sobrecogedor, en seguir cantando las excelencias del proyecto Gran Scala que, incomprensiblemente, sigue adelante. Ante tan
descabellado plan, han cambiado leyes, van a crear un estado dentro de un
estado, y ese mundo (de los Jackson, Ronaldos y Pérez)… ese mundo de sensaciones falsas, de
millonarios de diseño, de apuestas, de exhibición del lujo y de culto al dinero
fácil se va a ir paseando en nuestra tierra. Es un mundo elegante y embustero
que exhibe sus vergüenzas como un tesoro maravilloso.
Si, como decía, somos lo que hemos vivido… no quiero ni
imaginar cómo van a ser las nuevas generaciones que entren al trapo de este
desaguisado. En un mundo como el nuestro, con una crisis económica galopante,
donde instituciones como Caritas han alertado de la situación humana que se nos
viene encima, rendimos culto a millonarios que marcan un estilo de vida y les
aplaudimos cualquier estulticia.
A mí déjenme que me sonría, que siga explicando a los
chavales con los que convivo que no se dejen engañar… déjenme que les cuente
que para sensaciones fuertes, el olor de las magdalenas.
JOSAN MONTULL
9.7.2009