El
problema no está en el Papa,
sino en el papado
Por José
María Castillo
RD
Viernes, 24
de abril 2009
No cabe duda de que el
ejercicio del papado es extremadamente difícil. Benedicto XVI dice que
se siente solo. Y años atrás, Pablo VI y Juan Pablo II habían pedido ayuda a
obispos y teólogos para buscar nuevas formas de ejercer el “ministerio de
Pedro”, es decir, el papado. Y es que el problema de fondo no está motivado
principalmente por la persona del papa (si es conservador o progresista, de tal
o cual tendencia...), sino por el cargo en cuanto tal, es decir, el modo y
forma en que el papado ha terminado por organizarse.
Es evidente que una institución de ámbito
mundial, como es la Iglesia
católica, necesita una autoridad supranacional que pueda coordinar las
actividades que trascienden las fronteras y resolver los problemas que no se
pueden solucionar localmente. Pero tan cierto como eso, es que una autoridad
así, se puede organizar de formas muy distintas. Puede ser una autoridad
democrática o, más bien, monárquica. La forma más antigua en la Iglesia fue la democracia.
La misma palabra “Ecclesía”
se tomó del lenguaje técnico de la democracia griega y significaba la
“asamblea” de los ciudadanos libres, reunidos para tomar sus decisiones. Así
funcionó la Iglesia
durante más de mil años, hasta el s. XI. Los grandes defensores de la
democracia en la Iglesia,
en aquellos siglos, fueron precisamente los papas. Es ejemplar el texto de san
León Magno (s. V): “El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser
elegido por todos” (Epist. 14, 4). Por otra parte, en
aquellos siglos, el obispo de Roma no tenía el papel que tiene ahora.
Desde Justiniano (s, VI), la Iglesia quedó gobernada
por cinco patriarcados: Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía
y Jerusalén (“Novella” 109). Roma aspiró siempre a la
presidencia, basada en la tradición según la cual san Pedro estaba allí
enterrado. Pero es notable que san Gregorio Magno se resistió
siempre a ser designado como “papa universal”. Además, el gobierno no estaba
concentrado en ningún patriarca, ni siquiera en el de Occidente (Roma), sino
que era compartido por todos los obispos que, en los sínodos locales, tomaban
las decisiones doctrinales y de gobierno. Se sabe también que el texto de Mt 16, 18-19, que ahora se aplica al primado de Pedro, en
toda la Edad Media
se aplicaba a los doce Apóstoles y se leía como evangelio en la misa de
ordenación de obispos. Se tenía la conciencia de que los Apóstoles había recibido el mismo “honor” y la misma “potestad” que
Pedro (Y. Congar).
A partir de 1073, Gregorio VII
tomó la decisión más grave en la historia del papado. Este papa decidió
concentrar todo el poder en el obispo de Roma. Una decisión que se
reforzó en los siglos siguientes, sobre todo a partir de Inocencio III
(1196-1216) cuyos teólogos inventaron la teoría de la “plenitudo
potestatis”, en la práctica, el papa como dueño
absoluto del mundo, una locura, que no se pudo equilibrar ni siquiera a partir
del Gran Cisma, cuando desde 1409 la
Iglesia se encontró con tres papas, ninguno de ellos
dispuesto a renunciar.
El concilio de Constanza
(1415) dijo que el concilio estaba sobre el papa, lo que equivalía a defender
que el episcopado está sobre el papado. Esta decisión fue ratificada por el
concilio de Basilea (1431). Pero duró poco, ya que el concilio de Florencia
(1439) definió que “la
Sede Apostólica y el Pontífice romano poseen el primado en el
universo entero”. Así quedaron las cosas hasta el Vaticano II, que en la Constitución sobre la Iglesia (nº 22) declaró
que el papa es el sujeto de suprema y plena potestad en la Iglesia, pero añadiendo
inmediatamente que también tiene esa potestad, junto con el papa, el episcopado
mundial. Quedó, sin embargo, sin resolver cómo se han de armonizar en la
práctica estos dos poderes.
El actual Código de D.C. resolvió
este enorme problema teológico por vía jurídica, afirmando el poder
supremo del papa sobre todos los obispos y sobre toda la Iglesia (Can. 331 y 333).
Con lo que la Iglesia
entera a quedado a merced de las decisiones de un solo
hombre. Cosa que no se puede demostrar ni desde el Nuevo Testamento, ni desde
la tradición de la Iglesia
en sus veinte siglos de historia.
Esta situación tiene, sobre todo,
tres consecuencias graves:
1) Mientras el papado siga como
está, es imposible la unión de todos los cristianos. Porque las otras
confesiones cristianas saben bien la historia que yo he condensado en pocas
palabras. Y esos cristianos no se sienten, ni se pueden sentir, motivados en
conciencia a someterse a un poder que no se justifica desde la fe cristiana.
2) El papado así organizado, como
monarquía absoluta, hace imposible también que la Iglesia haga suyos e
integre en su vida (y en sus relaciones internacionales) los Derechos Humanos.
Con lo que los problemas y los conflictos con los poderes públicos y con la
cultura actual son y serán incesantes, como lo estamos viviendo a diario y por
todas partes. El papado continuará exhortando a los demás a aplicar los
Derechos Humanos, pero la
Iglesia seguirá sin ponerlos en práctica. Lo que lleva
consigo agresiones violentísimas a las personas, a los grupos humanos y a las
instituciones públicas.
3) Así las cosas, la Iglesia vive y vivirá en
constante contradicción con el Evangelio. Jesús no consintió jamás que
ninguno de los apóstoles pretendiera ser el primero, el más importante, el que
estaba sobre los demás. Este dato, tan fundamental y tan insistentemente
repetido en los evangelios, no ha sido integrado por la teología del papado. Y eso
es tanto o mas serio que aquello de “Tú eres Pedro....”. No se puede tomar del
Evangelio lo que conviene y dejar lo que incomoda.
Estoy de acuerdo en que Benedicto XVI ha
tomado un camino equivocado. Porque es un camino de retroceso, no de progreso.
Pero el problema no está en el papa, sino en el papado.