El vuelo suave de Jesucristo
Antonio Mas, 27.12.2011
Gracias a una costumbre ancestral del pueblo judío, una parte de la
historia universal pasó por transmisión oral de generación a generación, hasta
plasmarse por escrito en el Antiguo Testamento. La materia prima de la
narración era siempre la historia vivida. A través de esta historia, se
establece entre Dios y los hombres una relación libre y apasionada que sustenta
la existencia. Siempre en diálogo con ese Dios, van descubriendo su identidad,
elaborando una moral, y poniendo las bases de una convivencia, en ocasiones
turbulenta. Dios les hace una promesa de amor perpetuo y sella con ellos una
Alianza, mediante la cual deben cumplir los mandamientos y cumplir
Junto a las narraciones monárquicas o sacerdotales va emergiendo otra
figura, la de los profetas, hombres y mujeres al margen del poder y el
prestigio, libres, con un pie puesto en la tierra y otro en descubrir la
voluntad de Dios. Procuran ver la realidad íntegra, sin máscaras, con espíritu
crítico. Al mismo tiempo, son capaces de degustar una
Palabra de Dios que sabe al paladar dulce como la miel. La inmensa mayoría no
pertenecieron nunca a las clases poderosas y terminaron sus días de manera
trágica. Ellos añadieron a la historia la mirada de los vencidos, de aquéllos
que nunca pasarían a los anales de la historia. Defendieron contra viento y
marea al pobre, al huérfano y a la viuda. Y tantos sinsabores les trajo su
actuación que algunos habrían querido no haber nacido. Y, sin embargo,
siguieron adelante porque consideraron una obligación moral denunciar las
injusticias del mundo. Uno de ellos descubrió que el Dios en el que creían no
hablaba tanto en los grandes acontecimientos, el huracán, el terremoto, o el
fuego, como en la “brisa tenue”. Se llamaba Elías. Siguieron otros: Isaías,
Jeremías, Oseas, etcétera.
El Dios de
Los seres humanos tienen la tendencia a ensalzar a grandes figuras, incluso a
divinizarlas. Esta tendencia se ha visto refrendada en múltiples ocasiones a lo
largo de la historia. Tanto los faraones egipcios como los emperadores romanos,
e incluso el emperador de Japón hasta el final de la segunda guerra mundial,
tenían categoría de dioses. Lo que nunca había sucedido era la exaltación de un
hombre cualquiera, de un Don Nadie. Aquéllos eran emperadores o reyes, estaban
rodeados de poder y riqueza. Por el contrario, los seguidores de Jesucristo
afirmamos que un trabajador de un pueblecito perdido es el Hijo de Dios, la
manifestación del mismo Dios, una persona con dos naturalezas, humana y divina,
como dejó dicho el concilio de Calcedonia. Verdaderamente hombre y
verdaderamente Dios, en plenitud de Humanidad y en plenitud de Divinidad. Este
caso único en la historia deja estupefactos a los humanos y sigue siendo motivo
de escándalo.
Pasó por la vida haciendo el bien y ayudando a los oprimidos por el mal.
Vio la vida desde abajo, siendo fiel a los profetas del Antiguo Testamento.
Tenía una mirada doble: por un lado estaba en relación íntima con su Padre,
pasando largos ratos en oración. Y por otra, nunca dejó de ver el mundo con
ojos solidarios. Miraba el sufrimiento ajeno, fue un Hombre-Dios solidario. Una
mirada compasiva ante el sufrimiento ajeno que le incitó a curar algunas
enfermedades, a estar siempre cerca de los pobres y de quienes eran rechazados
por la sociedad de su tiempo, los pecadores. Los cristianos procuramos
imitar en todo su comportamiento como Hombre, para poder acercarnos a su
Divinidad. Divinizamos lo humano desde lo humano. Son cristianos quienes siguen
sus pasos y su llamada a vivir una vida de amistad con Él. No hay ningún Dios
fuera de Él. Nos guardamos de caer en cualquier tipo de idolatría, convirtiendo
en dioses menores las ideologías, la riqueza o el poder. Él es nuestro único Dios,
nuestro único Mediador. Por eso trabajamos con todos los que quieren hacerlo
junto a nosotros, sin casarnos con nadie ni con nada, porque nuestro matrimonio
se ha dado con Jesucristo y sus amigos, las víctimas del mundo.
La fe la hemos heredado de otros y, en última instancia, de los primeros
creyentes que vieron y oyeron las maravillas realizadas por Jesús en su vida y
constituyeron
Y es que la fe en Jesucristo no es, en primera instancia, una moral, o una
terapia. La fe en Cristo significa aceptar que el ser humano se define en
relación a otro. No encuentra su esencia en los límites del yo, sino que está
abierto a dos realidades distintas de su yo: el Dios de Jesús y los otros, su
prójimo. Los cristianos sabemos que en la relación de amor y amistad con
Jesucristo, y a través de Él con
El amor de Dios y a Dios forma uno de las claves del cristianismo. La
otra, inseparable de la primera, está en el prójimo. En la mirada del otro, en
especial del hombre sufriente, el cristiano alimenta su segundo manantial. La
mirada del otro interpela la solidaridad compasiva, genera la moral. El cristianismo
es la única religión donde el prójimo ocupa las veces de Dios, donde Él se
identifica con el pobre, el excluido, el preso y el enfermo.
El diálogo entre los dos manantiales, Dios y el prójimo, se desarrolla sin
recelo. Las dos partes interlocutoras se necesitan la una a la otra y confluyen
en un único lugar, el corazón humano. El cristiano disfruta de un corazón
habitado, de una profundidad del yo acompañada día y noche por el amor de Dios
y el amor al prójimo. Desde su pequeña casa ocupada disfruta por anticipado del
cielo. El gozo va acompañado de una exigencia: revestirnos de Cristo, aprender
de sus mismos sentimientos, vivir desde la profundidad de un amor compasivo y
misericordioso, cambiar el corazón de piedra por uno de carne. Jesucristo no vino
a hacer una revolución social directa, vino a transformar corazones, a llegar a
la profundidad del ser, a poner las bases de una sociedad desde los de abajo.
Una religión interior y callada con grandes repercusiones sociales. Todo hecho
desde el hondón, en silencio, con alegría y con cruz. Interior, profundidad y
una exigencia radical: cumplir en cada instante la voluntad de Dios.
Cuando Teresa de Jesús explica en las sextas moradas las cumbres del amor
divino y la consiguiente libertad, resume a la perfección la experiencia y
sigue la línea de los profetas: mas es vuelo suave, es vuelo deleitoso, vuelo
sin ruido.