ENCUENTRO DEL CLERO ARAGONÉS
Acabo de regresar del encuentro anual del clero de Aragón que tiene lugar en Zaragoza desde hace bastantes años. Actualmente no se parece mucho al clima que se respiraba en las primeras asambleas, cuando era el clero el que llevaba la iniciativa, unos curas que reivindicaban como de Iglesia Aragonesa los territorios entonces en manos de la diócesis de Lérida, un clero que pretendía removerse a favor de una Iglesia que languidecía en el territorio aragonés, un clero que eligió libremente una comisión interdiocesana encargada de coordinar los esfuerzos. Poco duró aquella “primavera” ya que los obispos, temiendo que aquello les desbordara, dieron un golpe de timón y se hicieron con las riendas del asunto, eliminando reivindicaciones y pasos para solucionar el problema de los “límites” (que ellos se reservaron en exclusiva) y reduciendo la jornada a reflexiones espirituales sin mayor incidencia “revolucionaria”.
A partir de ese momento se fue reduciendo de año en año el número de asistentes, que no participantes activos como hasta el momento del “golpe de gracia”, y yo fui uno de los que abandonaron la asistencia, decepcionado porque, una vez más, se truncaran las expectativas y actuaciones surgidas desde abajo en la que fue quizás la última iniciativa de un clero aragonés que desde entonces no ha dado más signos de vitalidad como colectivo (y no sé si ya será capaz en el futuro), lo cual constituye una seria hipoteca. Este año, sin embargo, me inscribí como es de rigor, creyendo que se trataba de la conmemoración diocesana de las bodas de oro y plata de mis colegas de Zaragoza. Cuando me di cuenta de mi error y de que estaba quebrantando mi propósito de no asistir más al encuentro aragonés, tuve la intención de retirarme pero luego me pudo la tentación de encontrarme con curas de otras diócesis a los que hace tiempo que no veo y gozar del cariño mutuo, la de disfrutar de una buena comida (aunque luego resultó bastante normalica) y, sobre todo, me picó la curiosidad por constatar cómo iba la movida después de tantos años. Hay propósitos que con el tiempo y el cambio de circunstancias van perdiendo consistencia, o tal vez se trate de una más de mis contradicciones.
El programa comenzó con una
charla de un Cardenal francés, el obispo de Lyon. Una charla teológica sobre el
sacerdocio en este oficial Año Sacerdotal en que nos hallamos inmersos. Una conferencia
nada menos que en la catedral de
Seguidamente celebramos la
eucaristía en El Pilar, acompañados por algunos laicos que se encontraban por
allí y de unos cuantos seminaristas que lucían su nuevo “uniforme” civil de
terno oscuro, camisa clara y corbata de color a rayas, que el rectorado o quien
sea les ha endosado, con lo que más bien parecen funcionarios de clase media
con aspiraciones que obreros de la evangelización servidores de los últimos,
que el traje da muchas pistas sobre lo que se pretende de ellos. El cardenal
volvió a dirigirnos su palabra en la homilía en presencia de 7 obispos,
incluidos los 3 que han sido promocionados a sedes “más importantes” y que
actualmente siguen como administradores de otras tantas diócesis aragonesas a
causa de la pereza oficial para rellenar sedes vacantes que puede retrasar todo
sine die. Le agradecimos al monseñor que apeara los
tratamientos y comenzara su homilía yendo directamente al grano, que es lo que
debe ser, aplicando la Palabra a las pequeñas realidades de la vida cotidiana, sin perderse en florituras y vaguedades.
Tras la eucaristía, concluida con entrega de regalos mutuos por parte
del cardenal y del arzobispo de Zaragoza, y del canto del himno a
A continuación fuimos obsequiados con un ágape en el restaurante de siempre, comida que acabó con las inevitables jotas de algunos compañeros nuestros, incluida una del mismísimo cardenal que fue, lógicamente, muy aplaudida por el esfuerzo invertido. En nuestra mesa la conversación no decayó en ningún momento, analizando diversas cuestiones eclesiales como la pederastia de bastantes clérigos, la homosexualidad, las anulaciones matrimoniales, la educación en moral sexual por parte del clero, el sobresueldo de los curas en las parroquias, la hipotética dimisión del Papa, el ecumenismo en nuestras comunidades, la utilización del velo por parte de las mujeres musulmanas, el mayor rigor (¿en qué dirección?) que se anuncia para la entrada de nuevos seminaristas y cuestiones por el estilo, interrumpidas de vez en cuando por los saludos y abrazos que intercambiábamos con colegas que iban y venían.
En resumen: una jornada tranquila, de reencuentro de viejos amigos (cada vez más viejos, ésa es la verdad), despojada de cuestiones con aristas impertinentes que rompan el sosiego espiritual (¡faltaría más!), espectadores de liturgias repetidas año tras año, aplaudidores cuando éramos requeridos para ello, y comida gratis para finalizar. El cura de Ars como modelo decimonónico para un clero en la vorágine del cambio de nuestra sociedad tecnologizada. Y un cardenal francés, sin el envaramiento de los colegas episcopales de este lado de los Pirineos, como un aire fresco y suave que entona una música y un estilo más de nuestro tiempo sin añoranzas del pasado. Mientras tanto la realidad sigue pidiendo un cambio de estructuras eclesiales, un clero más carismático, evangélico e ilusionado, unos seminaristas menos embelesados con la liturgia catedralicia y más encarnados entre los pobres, y, sobre todo, un pueblo de Dios adulto y al que se le trate como tal, una Iglesia Aragonesa que sea signo vivo de una resurrección. Para ello bien merece la pena reflexionar a fondo y aportar ideas para unos planes diocesanos más pegados a la realidad al tiempo que ilusionantes. Intentaré meterme en ese terreno más directamente en próximos editoriales.
Pepe Nerín
26.4.2010