TRIBUNA: GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ
En torno a la Educación para la Ciudadanía
GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ
El País 07/08/2007
El
presidente del Gobierno, en el Congreso de las Juventudes Socialistas, ha contestado
con contundencia a la posición de los obispos y de la jerarquía católica
española contra la asignatura Educación para la Ciudadanía. Ha
dicho que no se puede contraponer la fe a la ley en una sociedad democrática
como la nuestra. Menos se pueden oponer las ideologías temporales sustentadas
por esas jerarquías que asumen una cultura tradicional antimoderna y clerical
que se opone a muchas conclusiones legales del Estado democrático, y que
pretenden vender como la verdad que nos hace libres.
Ahora toca
Educación para la
Ciudadanía, antes fue el divorcio, el aborto, la enseñanza de
la religión, el matrimonio entre homosexuales, la Ley de Educación e incluso
dimensiones de la financiación que les parecen insuficientes.
Desde una
arrogancia extrema, una sensación de impunidad y un insufrible sentido de
superioridad, derivada de que administran "verdades superiores",
llevan años desafiando a las autoridades legítimas, a la Constitución y a la
ley intentando imponer sus criterios frente al interés general y a la soberanía
popular residenciada en el Parlamento. Frente a esas actitudes, el Gobierno ha
tenido una política de moderación. Ha evitado las confrontaciones y ha retirado
los aspectos más delicados del programa de Educación para la Ciudadanía, aunque
están aprobados por leyes del Parlamento. Ninguna de esas actitudes ha calmado
la beligerancia de los cardenales y de los obispos, que siempre buscan nuevos
conflictos para la confrontación. La inmediata contestación a las palabras del
presidente, con un tono desafiante, es el último signo de su rebelión frente a la Constitución y a la
legalidad. El cardenal Cañizares ha acusado al Gobierno de ir contra la
sociedad y ha defendido el papel de la Iglesia como impulsora de los derechos humanos. (sic) La inocencia histórica basada en el olvido de todo
lo que han hecho les permite esa buena conciencia, aunque esté construida desde
la mentira histórica. Mantienen firme su arraigada idea de que son depositarios
de verdades que están por encima de las coyunturales mayorías y de la soberanía
popular, en un documento colectivo que publicaron en 1988.
En
definitiva, sólo aceptan la democracia con la boca chica, y fundamentalmente
para lo que les favorezca. Por su actitud ante muchas leyes que son expresión
de la mayoría parlamentaria se ve que en el fondo permanecen con los principios
anti-ilustrados, que se expresaron en los documentos
pontificios del siglo XIX, desde la Mirari Vos
de 1.832 a
la Libertas
de León XIII. Con este espíritu declararon Cruzada al levantamiento militar,
legitimaron con sus gestos la idea de que Franco respondía ante Dios y ante la
historia y respaldaron la represión terrible que se produjo contra los
vencidos.
El
paréntesis de aire fresco de Juan XXIII y de Pablo VI fue sólo eso, como lo fue
la etapa del cardenal Tarancón. Desde entonces han
vuelto a las andadas en la
Iglesia universal con Juan Pablo II y Benedicto XVI, con
especial repercusión en España frente a la mayor neutralidad de otras iglesias
europeas, que están en su sitio y no fuera de toda contención como la actual
Iglesia española.
Muy falta de
rigor intelectual, la Iglesia
jerárquica aplica continuamente la técnica de los dos raseros y de las dos
medidas. Impulsa y apoya la formación del espíritu nacional, asignatura
obligatoria durante el franquismo, que extendía la ideología corporativa y
falangista de aquel régimen y aceptaba que la enseñanza de la religión fuera
obligatoria para todos creyentes y no creyentes, y ahora exige la enseñanza de
la religión en horario escolar y evaluable, y también rechaza que no tenga
alternativa; en su confusión ataca al divorcio y al aborto y sigue sin condenar
la pena de muerte. Parece, aunque no lo confiesen, que su modelo es Irán donde
el islamismo, la religión manda sobre las autoridades y sobre el propio
presidente de la República
y donde la pena de muerte no sólo está vigente sino que se aplica con
abundancia. Naturalmente sin aceptar el islamismo, es imposible seguir su
modelo en los contenidos, aunque sí les gustaría poder aplicar sus formas.
En este tema
de la Educación
para la Ciudadanía
tienen el seguidismo inexplicable del Partido
Popular, que está haciendo de fuerza de choque de esta cruzada contra la recta
formación democrática de los ciudadanos. Están tirando piedras contra su propio
tejado para favorecer una mentalidad clerical que les dificultará mucho
gobernar cuando los ciudadanos les reclamen. Es tal su ceguera y su decisión
para expulsar al Gobierno socialista y para ocupar el poder que apuestan por
este escenario con hegemonía de la Iglesia-institución
sin pensar el daño que hacen así a la
España civil. Está visto que los que se llaman liberales como
la Esperanza Aguirre
apoyan estas campañas que Stuart Mill,
el gran liberal, repudiaría si viviese. Una mezcla de ignorancia y de inconsciencia
respecto al daño que producen y de rencor hacia las actuales autoridades les
llevan a este peligroso seguidismo, que ninguna
derecha europea seria puede apoyar.
Además de la
falta de fundamentos intelectuales para justificar el rechazo de la Educación para la Ciudadanía, con
posturas que contradicen la evolución de la modernidad, con la secularización
de la moralidad, con la tolerancia, con el pluralismo y con la idea de la
persona centro del mundo y centrada en el mundo, su oportunismo y su falta de
rigor desmerecen su postura ante los sectores ilustrados y libres que son
mayoritarios en la sociedad española. Se aprovechan de su inmunidad, que es
impunidad, y juegan sucio ante un poder político que no quiere enfrentarse con
la jerarquía. En su insensatez están alentando un imposible movimiento de
objeción de conciencia que carece de cualquier posibilidad de prosperar,
ocultando que realmente propugnan la desobediencia civil, que puede conducir a
quienes les sigan, entre los padres de familia, a un muy grave perjuicio puesto
que sus hijos no podrán acabar el nivel de enseñanza correspondiente sin
Educación para la
Ciudadanía ni obtener el grado.
Me dicen que
un sacerdote de Toledo está haciendo una tesis doctoral sobre mi obra, que se
titularía, según las buenas fuentes que me han informado, "De la
destrucción de la verdad al totalitarismo. El pensamiento de Gregorio
Peces-Barba". Me cuesta creer que sea cierto, pero me aseguran que lo es.
Prefiero discutir de ideas y no interferir en temas personales, pero me parece
que están volviendo a las andadas de condenar a quienes les llevan la
contraria. Ya otros españoles anteriores, como Fernando de los Ríos o Manuel Azaña, entre muchos más, sufrieron en su tiempo las
embestidas de una jerarquía montaraz. En un discurso pronunciado en enero de
1850 en la
Asamblea Legislativa sobre la libertad de enseñanza, Victor Hugo identificó con precisión a esta Iglesia que
rechaza la modernidad: "Impide a la ciencia y al genio ir más allá del
misal y quiere enclaustrar el pensamiento en el dogma. Todos los pasos que ha
dado la inteligencia en Europa, los ha hecho a su pesar. Su historia está
escrita en el reverso de la historia del progreso humano. Se ha opuesto a
todo... no hay un poeta, un escrito, un filósofo, un pensador, que acepten. Y
todo lo que ha sido escrito, descubierto, soñado, deducido, ilusionado,
enajenado, inventado por los genios, el tesoro de la civilización, la herencia
común de las inteligencias, lo rechazan...".
No pueden ni
deben seguir por ese camino ni tensar tanto la cuerda. Son responsables de la
agitación que impide la paz social y beligerantes
contra la política del Gobierno y contra cualquier progreso. Deben sosegarse y
permitir el desarrollo normal de la sociedad civil, sin sus constantes interferencias,
sin hostigar a los heterodoxos ni despreciar a las conciencias individuales que
no coinciden con sus planteamientos. Deben tener más respeto a los disidentes y
evitar maldecir y condenar todo el tiempo. Si este nuevo clima no se consigue
en la próxima legislatura, habrá que abordar el tema de la acción y de la
situación de la Iglesia
y establecer un nuevo estatus, que les sitúe en su sitio y que respete la
autonomía de la autoridad civil.
