ENTRE VÍAS
La noticia del anuncio del cierre de la parroquia de San Carlos Borromeo en el vallecano barrio de Entrevías ha provocado una fuerte reacción en muchos sectores eclesiales para los que ha constituido un motivo más de decepción ante una jerarquía eclesial que consideran que ha impuesto un rumbo alejado de las preocupaciones de los pobres y atento a recuperar el poder y la influencia que la Iglesia tuvo en tiempos pasados de nefasto recuerdo dictatorial. Y es que no hay nada que convenza más al personal, ahora y siempre, que una comunidad parroquial dedicada en gran medida a afrontar los problemas de los marginados, de los pobres, incluyendo en este concepto a personas en situaciones semejantes a las que Jesús se encontraba y atendía en sus itinerarios entre la gente (prostitutas, leprosos, drogadictos, gentes de mala fama, etc.). La gente entiende que no es de recibo que te condenen por hacer lo que hacía Jesús y, además, en su nombre. La gente se maravilla al ver este templo parroquial madrileño lleno de esos marginados que no pisan precisamente nuestros templos como no sea más que para quedarse a la puerta mendigando o ejerciendo la picaresca con quienes no sienten precisamente que estén de su lado (de ahí la picaresca como estrategia para sobrevivir en un mundo percibido como hostil). Al personal le gustaría que todo eso ocurriera en nuestras parroquias, convertidas en acogedoras gracias al desvivirse de los parroquianos para hacer frente solidariamente a los problemas de sus hermanos más débiles. Hay como una sana envidia unida a la admiración que produce este testimonio evangélico.
Lo dicho hasta ahora es, para mí, lo fundamental. Y luego viene lo secundario y que ha sido resaltado en los medios de comunicación: el que los curas celebren sin ornamentos litúrgicos (¿quién de nosotros no lo ha hecho en más de una ocasión cuando las circunstancias invitaban a ello, especialmente en celebraciones domésticas?), el que se hayan consumido rosquillas en la comunión (que habría que saber cómo fue la cosa, porque también muchas veces se presentan alimentos en el ofertorio y quedan sobre el altar) e incluso las absoluciones colectivas en celebraciones de la penitencia (absoluciones de las que ahora se reniega cuando fueron aceptadas oficialmente como tercera forma válida de este sacramento y así han figurado en los rituales oficiales, aunque con limitaciones). Creo que se trata de algo "secundario" porque se refiere a la "forma" y no al fondo, a no ser que queramos darle la vuelta a las cosas y resulte que la forma (que no deja de ser importante, pero menos) es más importante que el fondo.
En todas las reuniones parroquiales en las que he participado en los últimos días el problema de esta parroquia ha surgido con fuerza. Pero, al mismo tiempo, hay que reconocer que nos faltan por conocer muchos detalles que ayudarían a comprender mejor el asunto. Hay quien incluso ha llegado a comentar que se trata de un ataque en toda regla contra la llamada "Iglesia de los pobres" dentro de la tendencia involutiva eclesial en que nos hallamos metidos desde hace muchos años que trataría de apagar cualquier tipo de vestigio de la apertura eclesial que supuso el Concilio Vaticano II. Personalmente prefiero poner más el acento en las denuncias enviadas a Roma y al Arzobispado por parte de sectores eclesiales de creciente poder en los últimos tiempos y situados en línea preconciliar tanto en lo referente a la organización eclesial, como a la liturgia, como al compromiso solidario con los pobres. Lo digo desde la pequeña experiencia de haber recibido algún que otro anónimo acusándome de heterodoxia en mis escritos (¡precisamente por subrayar el "bienaventurados los pacíficos" en la hoja parroquial!) o de ser denunciado ante mis superiores por no haberme sumado a alguna campaña de recogida de firmas o por haber utilizado en alguna ocasión alguna plegaria litúrgica no oficial. Minucias que como yo han soportado muchos otros compañeros, pero que han solido provocar toques de atención desde "arriba", aunque hasta ahora siempre cariñosos. En el caso madrileño los medios de comunicación se hacen eco de estas denuncias promovidas además por sectores ultraconservadores en plan organizado y con miembros del clero de por medio. Se ha escrito que ha sido el Vaticano quien ha presionado al Cardenal de Madrid para que cerrara la parroquia, aunque éste no tuviera demasiadas ganas de provocar esta situación. Y se insiste en que ha encontrado un terreno abonado en el último documento del Papa adoptando una postura dura frente a las "desviaciones" litúrgicas. En cualquier caso, desconocemos si previamente el Arzobispo había intentado convencer a los curas para que limasen las formas y si en esto llevaban tiempo conversando sobre el tema; desconocemos quién ha demostrado menos flexibilidad y cintura; incluso desconocemos si los curas han pecado de pardillos o de falta de astucia, dejando flecos que son aprovechados para montar un ataque despiadado contra ellos.
Lo terrible, pues, a mi modo de ver, son las denuncias y el hacerles caso a las mismas. Denuncias que siempre van en la misma dirección: desde los sectores ultras hacia los aperturistas. Y que siempre suelen tener el mismo resultado: la sanción contra los que se atreven a traducir el espíritu de Jesús abriendo caminos nuevos, poniendo la ley al servicio del hombre y no al revés. A los objetivistas, que son incapaces de matices porque se creen en posesión de la Verdad que ellos consideran como un "objeto" en depósito, a los que se atienen básica o exclusivamente a la letra (aunque olviden el Espíritu), a los que desde posturas ultraconservadoras se rasgan las vestiduras como los fariseos, a los que tiran la piedra y esconden la mano, todo les sale gratis en esta nuestra Iglesia. Se permiten denunciar de modo inmisericorde, tal vez para acumular méritos ante los de arriba. Se permiten insultar despiadadamente en los medios de comunicación, como lo hacen especialmente en los blogs de Internet. Pero, ¿qué les hemos hecho a estas personas?, o, mejor, ¿qué les pasa?, ¿qué bicho les ha picado?, ¿necesitan superar su inseguridad machacando a otros?, ¿por qué sus neuras son atendidas en los niveles superiores mientras no se quieren oir las voces de tantos cristianos que están pidiendo otros comportamientos eclesiales mucho más evangélicos?
Repito: este hecho viene a aumentar el pesimismo de muchos cristianos ante el devenir y el futuro de una Iglesia atrincherada en las posiciones más cerradas. Y el pesimismo aumenta cuando observan que otras estructuras tampoco dan un ejemplo que seguir, llámense sindicatos, partidos políticos, etc. La tentación de arrojar la toalla y de intentar que pare el mundo porque ellos se quieren bajar reaparece, así como la ilusión anarquista de salirse de cualquier tipo de estructuras. Pero hay que vivir en la Iglesia que hay y en la sociedad en la que nos encontramos. Lo cual no quiere decir que tengamos que asumir y aceptar sin más sus defectos, que son muchos. Frente a una Iglesia utópica ("si todos fuéramos estupendos todo sería maravilloso", y si mi abuela tuviera ruedas sería una bicicleta) que ni existe ni existirá (porque siempre será santa y pecadora a la vez, mezcla de trigo y cizaña) hay que reevangelizar la Iglesia actual, ir transformando sus estructuras en línea evangélica (siempre son necesarias las estructuras) y trabajar desde la base para ir potenciando cristianos adultos, capaces de pensar por sí mismos sin que nadie les imponga su pensamiento, capaces de ser creativos y abrir caminos nuevos desde el Evangelio, y capaces comunitariamente de obrar "signos" convincentes como se nos dice de las primeras comunidades cristianas.
Y aquí entra mi relectura del drama de Vallecas. Se puede ver como el dragón que trata de devorar apocalípticamente a la doncella. Y motivos hay para ello. Pero también se puede destacar que cuando una comunidad parroquial se preocupa en serio de los pobres, éstos se sienten acogidos, como en casa, y el hecho causa la admiración y solidaridad de muchos, incluidos los no creyentes e incluso de los creyentes de otras religiones (acercamiento ecuménico). Por ello, este hecho nos muestra un claro camino (y evangélico) a seguir: preocupémonos en serio por los pobres, por los marginados, acojamos en nuestros templos y locales parroquiales, analicemos las necesidades de la gente, especialmente de los más débiles, e intentemos comunitariamente dar alguna respuesta a su situación, solos o en compañía de otros. Esto es lo que se refleja en los Hechos de los Apóstoles al describir las primeras comunidades de cristianos. Gracias, comunidad de San Carlos Borromeo, por recordarnos algo tan esencial y evangélico. Ojalá "entre las vías" que se hallan a nuestra disposición sepamos acertar con la adecuada.
Pepe Nerín
14.4.2007