ERÓTICA EPISCOPAL DEL PODER
La
elección del cardenal Rouco como nuevo presidente de la Conferencia Episcopal
Española vuelve a situar en ese puesto al representante de la línea más “dura”
de los obispos españoles. No se han confirmado los rumores que apuntaban que se
reelegiría al obispo Blázquez para seguir la tradición en estos casos y para
evitar la sensación de posturas enfrentadas entre los obispos (no en cuanto a
doctrina pero sí en cuanto a estilo, más duro el de Rouco,
más dialogante el del obispo de Bilbao). Se decía que el arzobispo de Madrid
renunciaría a presentarse, pero no ha sido así.
El
hecho no deja de incomodarme, no porque tema una vuelta atrás, ya que no se han
producido durante estos años avances significativos y los obispos centralistas
y superespañolistas han seguido llevando la voz
cantante dejando en evidencia la falta de carácter y de dirección del de
Bilbao, sino que me deja mal sabor de boca al constatar que la erótica del
poder también domina en los altos purpurados. A Rouco
le hubiera resultado sencillo agradecer los votos que en las votaciones de
sondeo del día anterior había obtenido y declarar a continuación que ya había
sido presidente durante seis años, que ya había cubierto, por tanto, su “cupo”,
y que había que dejar paso a otros nuevos y más jóvenes (él tiene ya 71 años).
Pero no: ha querido regresar al mando y con cara de contento. “El que quiera
mandar que se ponga entre los últimos”, nos dijo Jesús, para que de esta forma
se le quiten las ganas. Desgraciadamente no veo que alguno de nuestros próceres,
de los que nos deberían dar más ejemplo, siga con claridad este consejo
evangélico. Rezaremos para que el nuevo y viejo presidente se destaque a partir
de ahora por su actitud de servicio, por su estilo dialogante y por su carácter
evangélico buscando, como ha dicho en su primera intervención tras ser
reelegido, el bien común, que es el bien de todos y no sólo de una parte. Sería
un cambio muy estimulante, al tiempo que renunciara a seguir ejerciendo su
influencia para colocar en el episcopado a sobrinos y clérigos afines,
prescindiendo del parecer de las comunidades de destino.
Pero
la Iglesia no
se acaba ahí, ni tampoco empieza en ello. Seguimos con los mismos problemas que
antes y… cada vez más viejos. El previsible nuevo triunfo del PSOE puede
provocar que sus sectores más anticlericales se envalentonen y anulen la labor
conciliadora entre cristianismo y socialismo que llevan a cabo desde hace años
bastantes miembros de este partido liderados por Carlos García de Andoaín. Aunque también podría ser que las aguas se
calmasen una vez terminada definitivamente la campaña electoral y no ser
necesario blandir espantajos para conseguir votos. En todo caso, resulta
ineludible aprender de este pasado inmediato, especialmente nuestros dirigentes
eclesiales. Hay que encontrar el justo puesto de la Iglesia en nuestra
sociedad democrática: si se busca este puesto en el poder, en la influencia
política, en la presión partidista, seguiremos asistiendo a nuevas luchas por
el poder, apoyándose en unos y enfrentándose con otros, y provocando nuevas
cotas de desprestigio social. Si hay que buscar algún puesto, éste debe estar
junto a los últimos, los pobres, los marginados, y desde ahí apoyarlos para
defender sus derechos; no ser voz de los que no tienen voz, porque eso puede
resultar muy paternalista, sino ayudarles para que su voz, la de los pobres, se
oiga y sea atendida.
Pero
esto no es posible sin una profunda autocrítica o, dicho con términos más
tradicionales, sin un profundo examen de conciencia. Lamenté oir del obispo Sebastián, en el coloquio tras su ponencia
en las últimas Jornadas de Teología desarrolladas en el Centro Regional de
Estudios Teológicos de Zaragoza los días 11 y 12 de febrero, que en su opinión
la época de la autocrítica ya la realizó la Iglesia Católica en España tras
el Concilio Vaticano II, época muy denostada actualmente desde posturas
oficiales eclesiales, y que lo que ahora tocaba no era eso sino la unidad para
la evangelización como un sólido bloque. Vamos, que un “ejército” (son palabras
mías) lo que necesita es obediencia a sus mandos y punto, sin perder el tiempo
en debatir posibles cambios de estrategia. Mal asunto cuando lo que se nos
predica es más la obediencia a los superiores que la creatividad comunitaria e
individual guiada por el Espíritu.
Pepe Nerín
5.3.2008