¿Es posible la comunidad?

(Luis Briones: "Parroquia de barrio hoy", PPC, Madrid 2006, pp. 162-179)


Para poder hacer un balance hay primero que volver a considerar qué entendemos por comunidad cristiana, y qué factores consideramos esenciales para ella. Es necesario hacerlo porque a lo largo de estos años intuimos que ha variado la percepción de lo que es una comunidad cristiana y de los elementos imprescindibles para ella. Y es más necesario porque curiosamente ciertas frustraciones y desánimos que muchos han (o hemos) sufrido al ver en qué hemos quedado después de tantas ilusiones en esto, pueden proceder de las exigencias que pensamos indispensables para ser una comunidad cristiana. ¿Creímos esencial algo que no lo era? ¿Soñamos con la comunidad perfecta sin tener en cuenta las posibilidades de lo real y que estamos en camino?

Intuimos que ahí está la salida a esta aparente grave frustración. Pero hay que analizar y fundamentar esta respuesta.


La esencia de la comunidad cristiana


Una de las imágenes de comunidad que más nos atrajo, al menos en ciertos ambientes, fue la de una comunidad en que se hiciera vida en común (bajo un mismo techo) y con los bienes en común (la «bolsa» común). Ese tipo de comunidad se ha demostrado cosa imposible (¿muy difícil?), salvo en la vida religiosa o en casos muy especiales o raros, y desde luego no aplicable ni exigible a todos.

También tuvo mucho «tirón» la comunidad identificada con el pequeño grupo, que concebíamos como la verdadera forma de renovar la Iglesia, muy conectada con la de la Iglesia primitiva. También hemos empezado a cuestionar este planteamiento. Porque hemos dicho: «y los que no estén en grupos, ¿no pueden vivir la comunidad cristiana? ¿Se tiene que identificar toda la pastoral con la creación de grupos pequeños de comunidad? ¿Y no es posible vivir la comunidad cristiana fuera de los pequeños grupos?».

Si consideramos esas imágenes y esas formas como esenciales a la comunidad cristiana, fácilmente la sentiremos como imposible e inalcanzable. Pero ¿es así? Necesitamos ir a los fundamentos de la vida cristiana: el Evangelio y el Nuevo Testamento, a los primeros seguidores de Jesús.

¿Cómo está planteada la cuestión en el evangelio y en el Nuevo Testamento? La pregunta es básica porque a ellos quisimos recurrir con los planteamientos que hicimos en aquellos años. En los evangelios y en el resto del Nuevo Testamento, ¿se plantea como exigencia para la vida cristiana la idea de vivir en comunidad? En caso afirmativo, ¿en qué consiste, según ellos, vivir en comunidad? ¿Qué es lo esencial para poder vivir así?

Es cierto que en el evangelio Jesús, a los que se le acercan, les va proponiendo que crean en él, que lo sigan. Es la fe o el seguimiento: supone que el que la tiene y lo sigue confía en Jesús plenamente, lo convierte en el centro afectivo y efectivo de su vida, identificando con él su destino, viviendo con él y como él, adoptando su estilo de vida y su tarea en el mundo. Quienes lo hicieron en el tiempo de Jesús formaron el grupo de Jesús. Este grupo es el paradigma del seguimiento: lo visibiliza.

Pero no parece que se requiera en cualquier circunstancia vivir físicamente en grupo. Ni fue así para todos y en todos los momentos en la vida de Jesús, ni fue así siempre en las primeras comunidades. Sí se entiende siempre, en cambio, en el evangelio y en el Nuevo Testamento que los discípulos de Jesús deben tener tres características: primera, están en torno a él, como centro absoluto de sus vidas; segunda, han de estar unidos y quererse entre sí, como él los ha querido, y con el amor propio del Padre, y tercera, ese grupo, que es el grupo de Jesús, está, con él y como él, «para que el mundo crea» o, como se dice en otro lugar, «para la vida del mundo». Estos tres elementos o características sí son esenciales. Veamos.

Recuérdese como ejemplo la oración de Jesús en el discurso de despedida en el capítulo 17 de san Juan: «No te pido sólo por estos, te pido también por los que van a creer en mí mediante su mensaje: que sean todos uno, como tú, Padre, estás conmigo y yo contigo; que también ellos estén con nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,20-22).

O los textos, fundamentales, de la primera carta de san Juan:


Quien vive como nacido de Dios, no comete pecado porque lleva dentro la semilla de Dios (...). Con esto queda patente quiénes son los hijos de Dios y quiénes son los hijos del Enemigo. Quien no practica la justicia, o sea, quien no ama a su hermano no es de Dios; porque el mensaje que oísteis desde el principio fue éste: que nos amemos unos a otros (3,9-11).

Amigos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (4,7-8).

Amigos míos, si Dios nos ha amado tanto, es deber nuestro amarnos unos a otros (4,11).

Podemos amar nosotros porque él nos amó primero. El que diga «Yo amo a Dios» mientras odia a su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano, a quien está viendo, a Dios, a quien no ve, no puede amarlo. Y éste es precisamente el mandamiento que recibimos de él: quien ama a Dios, ame también a su hermano (4,19-21).

Hemos comprendido lo que es el amor porque aquél dio su vida por nosotros; ahora también nosotros debemos desprendemos de la vida por nuestros hermanos. Si uno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano pasa necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? (3,16-17).


Ésa es la familia de Dios, nacida de él, viviendo de su vida, que es el amor en obras. Ése es el grupo cristiano.

Un comentarista de esta carta destaca bien la esencialidad de estos elementos para la comunidad cristiana. Recuerda, en primer lugar, la ocasión de la carta: la crisis de algunas comunidades a causa de ciertos carismáticos que, además de negar a Jesús como Mesías, se jactaban de conocer a Dios, de amarlo, y no consideraban importante el cumplimiento de los mandamientos, y en particular el del amor activo al prójimo.

Frente a éstos, el comentarista dice que «el vértice unificador de toda la carta es el amor al prójimo: amar al prójimo significa conocer a Dios». Se ha manifestado la Palabra, interpelación de Dios a la humanidad, y esa Palabra es la vida definitiva. La Palabra se identifica con Jesús, el Mesías:


Y el contenido de esta interpelación de Dios a la humanidad, que se verifica en la persona de Jesús, no es sino el amor fraterno; la Palabra, que es Jesús, se expresa en la vida de Jesús y en su mandamiento (...). Todo lenguaje espiritualista es peligroso o está vacío de sentido a menos que se traduzca en la conducta. La naturaleza del amor es tal que no podemos amar a Dios con exclusión del prójimo. La emoción religiosa que pueda despertar la contemplación de lo divino no merece el nombre de amor, a menos que incluya un interés por los hombres, que llevará a la ayuda concreta. El amor, que es la vida definitiva, no puede vivirse más que en comunidad».


Y la razón última la da a continuación: «Si Dios es Padre, hay necesariamente una familia de hijos que viven como hermanos. Ésta es la base de la asociación que es marca distintiva de la Iglesia» (J. MATEOS / L. ALONSO SCHÖKEL, Nuevo Testamento. Madrid, Cristiandad, 1987, pp. 1122-1123).

Creemos que ahí se expresan bien dos cosas: primera, que seguir a Dios en Jesús lleva consigo vivir en la comunidad de Dios, en su familia. No caben las relaciones «individuales» con Dios, desentendiéndose de sus hijos. Ser cristiano es vivir en comunidad. Segunda, que la esencia de vivir en esa comunidad está formada por estos tres elementos:

- estar en tomo a Jesús para vivir, con él, la nueva vida,

- quererse unos a otros como hermanos en las obras,

- y ser así un grupo para la vida del mundo, la nuestra y la de todos.


Ahí encontramos, entonces, la respuesta a la pregunta de qué es lo esencial en la comunidad cristiana. Una comunidad cristiana es, pues, el grupo de personas con quienes me encuentro vinculado en torno a Jesús y con quienes hago o vivo mi vida de seguidor suyo, miembro de su grupo, con esas tres caracteristicas dichas. Eso: nada más y nada menos.


Relación entre la esencia de la comunidad y sus diferentes formas


La esencia, formada por esos tres elementos citados, se tiene que dar en todo grupo cristiano. Las formas pueden ser múltiples y variadas. Por ejemplo, vivir bajo el mismo techo; tener los bienes materialmente en común; pertenecer a un grupo pequeño. Estas formas pueden variar y ser unas u otras; pero lo que no puede faltar en ningún grupo que se quiera llamar comunidad cristiana son aquellos tres elementos. Y si alguno de ellos falta, por más radical que pueda parecer una forma comunitaria, no hay comunidad cristiana. En ocasiones te encuentras comunidades religiosas donde la gente no se quiere: no es comunidad cristiana, por más estatuto comunitario que tenga. Otras veces conoces grupos comunitarios donde hay comunicación de bienes, amor mutuo y en los que Jesús es el centro del entusiasmo en las reuniones, pero les falta la proyección a la vida del mundo por una u otra razón, o tienen una proyección equivocada: no hay comunidad de Jesús. O mejor (así lo diria Jesús y no de esa forma excluyente y condenatoria que acabo de emplear), hay una búsqueda, sincera y buena, de la comunidad de Jesús, pero les falta todavía un elemento esencial.

Delimitar qué es lo esencial para ser y estar en una comunidad cristiana no es restringir la inquietud por la búsqueda de formas donde ella se realice cada vez mejor. Al contrario, la dinámica propia de una comunidad cristiana, en sus tres elementos, lleva a buscar formas donde se realicen cada vez con mayor verdad y radicalidad los tres elementos constitutivos de la comunidad de Jesús. Ésa ha sido siempre la experiencia de la historia en la Iglesia desde el principio. ¿Qué son esos «sumarios» de los Hechos de los Apóstoles sino concreciones de ese vivir la esencia de la comunidad del Señor resucitado? Concreciones como la «oración en común», la «fracción del pan» (asamblea eucaristica), la asiduidad a la «enseñanza de los apóstoles» (catequesis), la solidaridad de la «vida en común», «estar unidos y poseerlo todo en común», vendiendo y repartiendo según las necesidades, «acudir a diario unánimes al templo», «partir el pan y compartir la comida con alegria y de todo corazón»... (Hch 2,42-47; 4,32-35).

Cuando la gente se quiere y tiene a Jesús de centro-referencia, eso se nota en los modos y estilos, en las costumbres e incluso en las instituciones.

De ahí ha nacido la vida religiosa, de ahí están constantemente surgiendo movimientos y comunidades en el seno de la Iglesia. Y por eso en nuestras parroquias y grupos concretos debemos hacer todos los esfuerzos posibles, siempre con nuevas iniciativas, y siempre volviendo a empezar, para que la comunidad sea cada vez más plena, más rica, más abarcadora de toda la vida. ¿No hemos dicho antes que ése es el origen de nuestras convivencias, que nos hacen vivir hasta físicamente juntos como la familia de Dios? Que ese tipo de iniciativas se hagan cada vez mejor y que lleguen al mayor número de gente posible: ése es nuestro reto.

Por eso mismo nunca debemos cejar en buscar que se creen pequeños grupos: son el medio natural de la mejor comunicación. (Que nadie interprete lo que vamos escribiendo como una invitación a dejar aquello que descubrimos un día: ¡¡al contrario! Pero, eso sí, sin exclusivismos ni fundamentalismos, sabiendo distinguir lo esencial de las formas, y haciendo sitio en la comunidad cristiana a todos los que busquen eso esencial, según sus circunstancias). Seguiremos tratando de articular los pequeños grupos en «comunidad de comunidades», soñando y buscando, con formas cada vez más realistas pero efectivas, compartir los bienes, compartir la vida y la comunicación.

Ahora bien, una cosa es reconocer eso y buscarlo, y otra exigir lo propio de una determinada «forma» como si fuera lo esencial. Por eso se puede hablar de grupo de Jesús, de comunidad de Jesús, al hablar, por ejemplo, de la Iglesia universal, a pesar de no ser (¡y tanto!) un grupo pequeño; pero con una condición: que en la Iglesia universal nos queramos, que vivamos en torno a Jesús, que estemos unidos para la vida del mundo. Pero... ¿es realmente así? Parece que en un gran grupo es difícil. Sin embargo cuando es verdad, por ejemplo en aquellos maravillosos años de la efervescencia cristiana del Concilio, cuando aquella asamblea de obispos representaba a tantos creyentes ilusionados que se abrían a la búsqueda de una Iglesia comunitaria, abierta al mundo, en torno a Jesús, ¡ya lo creo que se siente a la Iglesia universal como una comunidad!

Por eso se puede hablar de comunidad de Jesús al hablar de la parroquia, aunque no sea un grupo pequeño ni se viva bajo el mismo techo. Se puede hablar cuando en ella Jesús es el centro, cuando la gente se quiere, cuando todos son para la vida de los que los rodean. Y eso, gracias a Dios, es verdad muchas veces. Pero, por esa misma razón, en muchas ocasiones no nos convencen las parroquias: porque la gente en ellas no se quiere (aunque se junte en las misas); porque no son misioneras en su entorno, para dar vida alrededor, sino que viven encerradas en el redil, sin ir a por las ovejas de fuera; porque muchas veces Jesús es el centro «dogmático» del grupo, pero no es el centro espiritual afectivo vivido en común.


Criterios para construir la comunidad


Por todo lo dicho, la regla básica en una parroquia para ser una comunidad cristiana es que todas las cosas que se hagan en la parroquia se hagan como gente que se quiere y que quiere a los de alrededor, en el estilo en que lo hacía Jesús, que ha de ser su centro.

Si esto se va aplicando a las diversas actividades que se hacen en la parroquia, resulta sumamente iluminador. Habría que hacer este trabajo: ir reconstruyendo cada actividad parroquial desde esta regla. Vamos a aplicado a la eucaristía del domingo y a ese momento inicial del curso que es hacer el plan del año.

- La eucaristía, como reunión de gente que se quiere y quiere a los de su alrededor: se saluda la gente con cariño (no simplemente buscando sitio en su banco), se interesan unos por otros, cómo les va... (se supone que se conocen, o que se van conociendo, que están al tanto unos de otros). Los cantos tendrán una vibración común y una alegria compartida: la de cantar juntos al Señor (sin cantar por cantar, pensando a veces que eso alarga la misa). La escucha de la Palabra se hará en complicidad, para escuchar juntos al Señor; y el comentario a la Palabra, con confianza y espontaneidad, con una escucha interesada y cariñosa del otro (no con caras «griegas»). En la plegaria eucaristica habrá una vibración de fe que se palpe: el Señor está aquí. Y en toda la celebración estará presente la calle, lo que pasa alrededor, que nos interpela y requiere nuestro compromiso.

- Para la programación del año, que la regla sea la misma. Entonces habrá un dinamismo nuevo: el del amor a Jesús, que crea comunidad hacia dentro y hacia fuera, y no será simplemente la rutina de hacer un programa, porque «toca», siquiera sea un programa «bonito». Tenemos que pensar en el curso que viene, cómo vivirlo y qué hacer, movidos por ese dinamismo, que es fuerza, que nos lleva a intensificar acciones y costumbres, a crearlas nuevas cuando hacen falta para amar y dar vida mejor, a poner nuestra disponibilidad personal, aunque nos cueste... Y todo, con el Señor, con su fuerza, sin agobios, confiados en él, con la paciencia del tiempo, pero con el ansia serena, fuerte y activa del amor...


La enumeración y el análisis serian largos; lo esencial es que comprendamos la importancia de que exista ese núcleo básico del que resultará un estilo que se reflejará en todas las vivencias y actividades.

Un estilo que brota del interior, no de las modas. Las formas concretas, las concreciones de ese núcleo esencial de la comunidad, los modos, estilos y costumbres tienen que nacer del núcleo esencial: no son auténticos ni duraderos si han nacido solamente porque así se «lleva» ahora lo de vivir en comunidad, y no como exigencia interior, como desarrollo natural de ese núcleo para este momento y tiempo concretos. Una exigencia que sale de dentro de un modo adecuado a lo que pide la realidad, por un lado, pero, por otro, también al grado de la vivencia interior (que piden y permiten un tiempo, una medida, un ritmo correspondiente).

Todo lo que no sea así, surgiendo del interior, no está bien asentado.

Por eso también las formas e intensidades variarán según las personas y los grupos. Por eso se requiere un ritmo pedagógico diverso. Por eso tienen que admitirse diversas realizaciones, y deben ser coexistentes y no excluyentes, y ninguna tiene que tener la pretensión de exclusividad o de única forma auténtica de comunidad. Pero lo que sí tienen que tener todas es la actitud de caminar, según piden la realidad y el Señor, que los dos con una sola voz nos llaman, hacia la meta de ser la mejor comunidad posible para servir su proyecto. Con honradez personal y grupal, que empuja hacia la utopía comunitaria desde las posibilidades de la realidad, sin escamotear generosidad y empuje, pero con la humildad de contar con lo que somos y podemos.

Lo dicho puede aclarar algunas experiencias vividas en años anteriores. Me explico: ¿puede haber sucedido que, con la mejor voluntad, desde luego, en algunos grupos se haya tomado, por ejemplo, las características de ser un pequeño grupo o de vivir en común o de tener una bolsa común, como esenciales de la comunidad y se hayan, en consecuencia, querido vivir esas formas con sinceridad pero sin haberlas sacado de la exigencia interior? ¿Puede explicar eso el vaciamiento de muchas comunidades y su desaparición? ¿Puede explicar que otros grupos -y creo sinceramente que es nuestro caso- hayan seguido porque de una manera sencilla se han estado queriendo aunque hayan fallado concreciones más «avanzadas»? ¿Puede ayudamos a reconstruir y poner al día una nueva etapa, intensificada en su núcleo y readaptada en sus formas, más conscientemente y con mayor conocimiento de causa y con más exigencia y realismo?

Y, por otro lado, ¿no nos ayuda todo esto a una comprensión más pluralista de la comunidad, que nos permita fórmulas diversas y complementarias, y por tanto una pastoral más real y al mismo tiempo más adaptada al pueblo y a la gente sencilla?

Nada de esto, sin embargo, debe servir para que la comunidad no avance en sus exigencias. Ni tampoco debe impedir que diversos grupos avancen más, o «experimenten» sin miedo, aunque otros no puedan hacerlo a ese ritmo. Ahora bien, estos últimos tampoco deben ser juzgados ni menospreciados. Siempre habrá distintos y diversos grados de vivir la comunidad, como, en general, de ser discípulo de Jesús, de vivir la vida de Dios. Y esto es así por diversas causas: por no haber llegado a más todavía; por no tener más capacidad, y no poder llegar a eso; por no haber querido comprometerse más; por la forma de ser, innata o adquirida.

Una parroquia debe atender en todos esos niveles, porque, al contrario de otros tipos de comunidades más específicas, como por ejemplo las religiosas, es una comunidad abierta a todo el mundo, en su diversidad y en sus diversos estadios y ritmos. Debe, por tanto, tener plataformas pastorales diferentes adaptadas a los distintos niveles, con objetivos y medios diferentes.

Pero siempre debe apuntar al máximo seguimiento de Jesús. Su dinamismo interno debe dirigir con fuerza hacia ahí. Como en una marcha colectiva, hay que mantener un ritmo, aunque se tengan pensadas formas de atender a los que pueden menos o se van quedando.


Quererse y ser para la vida del mundo


O sea, apuntes para perfilar de una manera más completa lo que es una comunidad cristiana. Si estuviéramos haciendo un tratamiento más exhaustivo de este asunto, habría necesidad de concretar mucho más esos tres elementos constitutivos de la comunidad cristiana. No lo podemos hacer aquí, pero sí lo apuntamos porque a la hora de la práctica es necesario arrancar de estos conceptos en su concreción real. Nos centraremos en perfilar mejor dos de estos elementos: qué es quererse y qué lleva consigo eso de ser una comunidad para la vida del mundo.

a) ¿Qué es quererse? Cuando decimos que un elemento esencial de la comunidad cristiana es el amor mutuo, hay que concretar: ¿qué es el amor?, ¿qué es quererse? Aún recuerdo el impacto que me produjo hace muchos años la lectura del libro de E. Fromm El arte de amar (nos pasó a muchos). Uno descubría que eso que parecía tan sencillo, tan natural y claro, querer, constituía un arte que había que aprender.

Desde lo más obvio, como puede ser aquello que recordaba Ignacio de Loyola en los Ejercicios, de que «el amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras», hasta casos más complicados. Y es que la psicología del ser humano es muy compleja, y hay que afinar a la hora de decir «tenemos que querernos».

Quiero referirme simplemente en apunte a uno de estos casos complicados, en que «querer» no parece una cosa tan simple. Un caso frecuente y nada fácil de resolver. Mientras reflexionaba sobre este tema, me vino a la mente con nombres propios. Pensaba: «¿Me siento yo grupo de Jesús con X (un sacerdote) o con la gente de X (un grupo de Iglesia)? Ellos creen en Jesús y yo creo en Jesús, y sin embargo tenemos criterios radicalmente distintos en casi todas las cosas de la vida». Y luego recordé otro caso: «y (otro sacerdote) cree en Ti, y sin embargo no se fía de mí ni de mi fe; cree que es política (lo dijo acerca del escrito sobre la elección del obispo, que a mí me parecía tan simplemente evangélico). ¿Qué pasa, Señor, con tu comunidad?». Más: dos religiosos viven junto a otro en su comunidad, y sin embargo no se atreven a hablar delante de él de algunos temas eclesiales o de política. Y son comunidad, y comunidad cristiana y religiosa. ¿Qué pasa? En el ámbito afectivo y de tener confianza falla entre ellos lo de ser un grupo: no son ni se sienten, ni aun por Jesús, un grupo, y falla a partir de que no hay entre ellos pensamiento coincidente en cuestiones esenciales. ¿Es necesario, pues, ese pensamiento coincidente para la comunidad cristiana? ¿Tiene, pues, que haber, por ejemplo, uniformidad política? ¿Es imprescindible esa uniformidad para que exista entre ellos el elemento esencial del amor?

Uno diría que no, que se debería poder afirmar que se puede convivir en una comunidad con diferentes planteamientos. Pero desde luego con algunas condiciones mínimas que hagan realidad que el amor no es una pura palabra. Por ejemplo, se debería al menos poder dialogar. O sentirse siquiera en estado de diálogo, de búsqueda común, o de apertura o de aceptación mutua (a veces se ha hecho imposible el diálogo concreto en ratos de diálogo, y es preferible no tocar determinados temas; pero caben esas actitudes enunciadas, u otras, indispensables para que pueda decirse que hay amor). Por cierto, en el caso concreto que he evocado se había cortado el circuito. Por culpa de las dos partes: ciertamente no habia comunidad cristiana, o mejor -no se puede tachar tan alegremente a alguien de eso-, al menos temporalmente faltaba algo que todos tenían que reconocer como deficiente.

Se trata de ese aspecto de la comunidad consistente en comunicarse desde el interior de la persona, dejarse interpelar y también interpelar al otro, en lo hondo de la vida, en todos los aspectos de la vida. Pero, ¿dónde se practica eso? ¿Es posible?, ¿en qué medida? ¿No será que en esto, como en todo, se marca una dirección en la que hay que caminar, sin poder señalar como preceptivos unos mínimos ni unos máximos? Abrirse a esa disposición es una fuerte disciplina, es morir a uno mismo. Pero para ir resucitando para la comunidad.

Ya sé que este tema tan espinoso no se resuelve con dos palabras: pretendía simplemente resaltar la complejidad de definir los elementos indispensables para la comunidad cristiana, y más aún lo delicado de tachar a alguien o a algún grupo de que no es comunidad cristiana. Aunque algunas veces haya que expresar con claridad que uno ve honradamente que falta algún elemento esencial, dispuesto siempre a recibir cualquier explicación o aclaración.


b) Una comunidad para el mundo, especialmente para los más pobres. Lo que se ha dicho del amor cabe decirlo de los otros elementos. Quiero pararme un poco en lo de ser un grupo para la vida del mundo. ¿Por qué? Porque se pueden dar, se están dando casos, quizá es el de nuestra propia comunidad -lo veremos más tarde-, en que a comunidades que se sienten muy cerca de Jesús, en las que incluso va creciendo el amor mutuo real, les falla este elemento: están encerradas en sí mismas, y no viven para la vida del mundo que les rodea, especialmente para los pobres. Si esto les falla de manera clamorosa, no son comunidades de Jesús, por más que «se quieran».

Y es que hay en el ser humano, en los grupos humanos, una gran tendencia al exclusivismo (como los judíos y los fariseos pensaban de Israel). Jesús luchó siempre contra esa actitud: «No he venido para los justos, sino para los pecadores», para «las otras ovejas», para la oveja perdida, «para reunir a los hijos de Dios dispersos».

El «envío del Padre al mundo» es esencial para una comunidad cristiana, y deberíamos estar preocupados por eso y cuidándolo con el mismo mimo, por ejemplo, con el que cuidamos vivir la liturgia, e inquietarnos si no vamos bien como nos inquietamos cuando no marchan bien o están «frías» las celebraciones. ¡Qué fríos estamos muchas veces en el acercamiento al mundo con las entrañas de amor con que lo hizo Jesús, movido por el amor entrañable de su Padre: «Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único».

¡Qué bien lo sentía y lo expresó Pedro Arrupe, dirigiéndose a los jesuitas en estos tiempos de cambio!:

"No tengo miedo al nuevo mundo que surge. Temo más bien el que los jesuitas tengan poco o nada que ofrecer a este mundo, poco o nada que hacer, que pueda justificar nuestra existencia como jesuitas. Me espanta que podamos dar respuestas de ayer a los problemas de mañana. No pretendemos defender nuestras equivocaciones, pero tampoco queremos cometer la mayor de todas: la de esperar con los brazos cruzados y no hacer nada por miedo a equivocarnos" (citado en la Guía anual. Curso 2002-2003. Facultad de Teología de Granada, p. 8).


Esto vale no sólo para los jesuitas, vale para todos; vale, desde luego, para nuestra parroquia. Creo que hemos vivido mucho para nosotros, para la gente del grupo, no para lo que nos rodea, al menos de una manera continuada, sistemática. Hasta ahora no ha habido, fuerte, una conciencia de misión. Esto es gordo: sin esto no hay una verdadera comunidad cristiana; le falta uno de sus elementos fundamentales. Y sobre todo desde la perspectiva de la parroquia nueva. Esta es, por otra parte, para nosotros un verdadero kairós, un tiempo de gracia, una llamada nueva del Señor, que nos rescata para su tarea, para su misión. ¡Sin miedo a equivocamos! ¡Sin miedo a no poder!

La cuestión, como sugiere muy bien Arrupe, tiene varias vertientes:

. Tener algo que ofrecer. Lo tenemos: ¡la vida nueva!

. Tener inquietud y deseo de ofrecer: es lo que se llamaba de siempre el «celo apostólico», que nace fundamentalmente del amor a la gente y a su bien, y del deseo de llevarles la vida de Dios. Hay personas que tienen facilidad espontánea para llegar a otros y comunicar: gente de un natural comunicativo y dado a tomar contacto con otros, a ofrecerles, a convencerlos, a conquistarlos (nacieron para viajantes). Otras personas son al contrario: les cuesta acercarse, ofrecer, les cuesta, sobre todo, intentar convencer. Tanto en unos como en otros la raíz debe arrancar del amor que tiene Dios a la gente, del deseo de que les llegue su vida en Jesús para que sean felices, y del llamamiento que nos hace a todos para ser sus testigos e instrumentos para ello. A unos les resultará más fácil por su natural, a otros les costará (les pasó a muchos profetas); pero si abrimos el corazón al llamamiento del Señor y al amor que él tiene por la gente, «se nos pegará» y brotará este celo en todos.

. Estar cercano a la gente, a sus personas, a su mentalidad, a sus centros de interés, a su sensibilidad.

. Tener pensados y preparados instrumentos de comunicación.

. Tener organización para esto.

En cuanto a la relación con los pobres, la parroquia debe tener clara y vivida lo que se ha llamado la opción por los pobres. Es decir, vivir básicamente para los que más faltos de vida estén: pobres económicos, enfermos, ancianos, personas solas, los débiles en general. Si una parroquia no se distingue por esto, si no vive en primer término para esto, no es una comunidad de Jesús, le falta un elemento fundamental. Porque Jesús vino para eso. ¿A quién envió el Padre a Jesús? A ellos, a los sin vida. Y así lo hizo Jesús.

Esta característica no es, por tanto, algo optativo, sino esencial a cualquier comunidad cristiana. De un barrio pobre o de un barrio rico, da igual, ambas tienen que estar con los pobres. Si no están con ellos, no serán una comunidad de Jesús.

¿No se presta esta afirmación a radicalismos?, ¿no se presta a descalificaciones y a pretendidas marcas de calidad? ¿Quién define si una comunidad concreta está o no con los pobres? No es la primera vez que cuestiones de este tipo han pasado en la historia de la Iglesia: recordemos a los cátaros. Pero por otra parte no podemos "aguar" el seguimiento de Jesús, y tenemos que afirmar la esencialidad del servicio primordial a los débiles y sin vida, a los pobres, para cumplir la misión que hemos recibido.

Quizá la cuestión se aclare si decimos que esta nota o caracteristica debe ser empleada no para incluir o excluir a un grupo como cristiano, sino como indicador-estimulador de cómo deben vivir los grupos cristianos. Como funciona en el resto de los valores que componen el seguimiento de Jesús: al modo de la utopía. Nos marca el camino, nos interpela, nos acusa a veces y nos inquieta, nos estimula: es el amor de Dios a los sin vida lo que tira de nosotros, a lo que debemos tender, con ardor, con deseo, ¡para ir siendo como él! «Sed buenos del todo como vuestro Padre del cielo es bueno» (y está dicho en el contexto del amor universal de Dios, a los buenos y a los malos).

Desde esta perspectiva creo que, honradamente, cada uno puede -y debe- decir de sí mismo, de su comunidad o de otras comunidades, si esta vivencia impregna poco o mucho la vida de la comunidad. Para estimular, no para descalificar. Con verdad y sin disimulo, con libertad; pero con amor.


Apostamos por la comunidad


Después del análisis anterior llega el momento de sacar conclusiones para el presente y el futuro. Por eso ahora nos preguntamos: después de tantos años de intentar construir la comunidad cristiana con tanta ilusión, después de tanto vivido, después de tantos sueños que se han venido abajo, y sabiendo lo que da de sí la vida, ¿queremos seguir? ¿Seguimos con ganas de proponer el ideal de la comunidad cristiana?

Vamos a elaborar y proponer una respuesta matizada a esta pregunta: ya no caben afirmaciones simplistas. Pero sí hay algo que afirmar con fuerza y claridad. Quizá evitaría la palabra «ideal» (puede sonar a sueño adolescente, el que tuvimos), pero sí digo: creo que vivir la comunidad cristiana, tal como la hemos descrito, es una hermosa manera de vivir, la mejor manera de vivir; vale la pena vivir según ese modelo. Todavía más: ahora, con más conciencia que nunca de lo que lleva consigo, con la fuerza de lo vivido, no sólo de lo proyectado o de lo soñado, nos sentimos con ganas de seguir viviendo en la comunidad de Jesús.

¿En qué términos? ¿De qué manera, para que sea verdad? Quiero exponerlo en unas breves proposiciones:

. Dios, nuestro Padre, quiere que vivamos en comunidad, en su familia: lo quiere para todos sus hijos. A eso envió a Jesús, que invitó y sigue invitando a reunirse en tomo a él en la familia de Dios, en la comunidad de Dios.

. Las tres notas características de la comunidad crístiana: estar en torno a Jesús, centro afectivo y modelo de todos, viviendo su vida; quererse entre todos como él nos ha querido; y vivir y trabajar juntos para la vida del mundo. Esas características tiene que vivirlas toda comunidad que quiera ser de Jesús: ése es su estilo.

. Nosotros no queremos renunciar a la comunidad crístiana, a perseguir siempre vivir en ese estilo de la comunidad. Pero sabemos que la comunidad es un ideal: tira de nosotros como la utopía, hacia ser como Dios, pero se vive como se puede, como se va pudiendo. Pese a lo anterior, a la comunidad no se renuncia. Dios nos va llevando, como él quiere, hacia donde él quiere, y como nosotros nos vamos dejando llevar. Y de esa manera, si nos prestamos, nuestra vida va cuajando, cada vez más, en el estilo de la comunidad de Dios. No nos importan los resultados perfectos: estamos en el camino y en sus manos.

. La comunidad hay que vivirla los que estamos, aquéllos a los que la vida nos ha reunido. No hay que buscar comunidad de «elegidos», no hay por tanto que hacer «movimientos» de elección o de selección, captando gente selecta. Pero sí hay que ofrecerla a las personas, si quieren, para enríquecerlas: a todo el que busque con sencillez y verdad. Esa comunidad de «1os que estamos» es comunidad de Dios: Dios nos tiene y nos considera como su grupo, su comunidad, su familia, tanto como pueda ser la primera, la mejor que se quiera señalar. Ésta es nuestra comunidad, ésta es comunidad de Dios.

. El fundamento de todo es la elección de Dios. No somos comunidad porque valemos o porque nos hemos juntado gente muy "chula)", sino porque Dios nos quiere y nos ha elegido para vivir en el grupo de su Hijo, en su familia (del Padre), en su casa y en su pueblo. No es una casualidad, aunque puede que haya casualidades, que tampoco lo son; son las causas «segundas». Pero el resultado final, estar aquí juntos, es querido por Dios que nos quiere en comunidad. Es, pues, la vida la que nos junta; pero es Dios también, a través de la vida, el que nos junta. A través de esta comunidad formamos parte de la Iglesia universal, de su pueblo santo, de su comunidad.

. Pero, atención: si nos ha elegido para vivir en el grupo de su Hijo, tenemos que vivir como corresponde a ese grupo, como Jesús vivía. Eso es lo que al Padre le gusta. No vale aceptar la invitación a la boda y entrar sin traje de fiesta. Por tanto, aunque seamos pocos y tan limitados y tan pecadores, tenemos que dar lo mejor que tenemos. Confiados en él: no hay temor. Él nos ayuda, pero dando, en correspondencia humilde y agradecida, lo mejor que tengamos; lo que falte lo pondrá él.

. La comunidad es referencia en el barrio de Dios y de Jesús, de su modo de vivir. Nos tenemos que hacer conscientes de eso: en la parte de gozo que tiene (¡hacer presente al Señor y la vida del Señor!) y en la de responsabilidad que también tiene. Van a creer en el Señor si ven nuestro grupo atractivo -¡que se vive en grupo, que es una hermosa manera de vivir!-. Y no van a creer si no ven que vivimos en grupo, o ven un grupo odioso, estúpido, tonto o sin algo distinto.

Con muchas limitaciones, en nuestra parroquia se ha ido creando comunidad: experiencia de comunidad, ambiente de comunidad, gusto por vivir en comunidad, trato de comunidad, exigencia de comunidad; de tal manera que, cuando no se da, se experimenta como algo que falta.

Y nos interesa vivamente analizar por qué se ha ido creando comunidad, cuáles han sido las claves, para seguir haciéndolo.