¿QUÉ HACER PASTORALMENTE HABLANDO?

EVALUACIONES Y PISTAS (1)

 

            En anteriores editoriales he ido destacando la importancia de “repasar” adecuadamente lo que llevamos entre manos en las parroquias y en cualquier grupo o movimiento religioso así como en las estructuras diocesanas. Sería bueno dedicar tiempo a ir evaluando lo que hacemos y cómo lo hacemos para que todo esté en consonancia con el gran objetivo de la pastoral: la evangelización. Hoy me permito dar algunas pistas para esta mirada crítica sobre nuestra realidad parroquial y parto para ello de la realidad de mi propia parroquia.

 

- Catequesis de 1ª Comunión: dura dos años y está pensada para chavales a partir de los 8 años juntamente con sus propios padres. Las sesiones se realizan desde octubre a mayo, los martes a las seis y cuarto de la tarde. Un martes acuden los padres para reflexionar junto con el catequista que les pone la parroquia sobre el tema correspondiente que ellos luego tendrán que desarrollar con su hijo en casa; el martes siguiente acuden los chavales para completar con ellos lo que han realizado en casa con sus padres.

 

Tras el primer recelo de los padres que piensan que puede tratarse de una encerrona, el ambiente es muy positivo y las evaluaciones finales así lo manifiestan. Lástima que no acudan todos los padres, algunos ni en pareja ni solos, especialmente en casos de inmigrantes o de familias más desestructuradas. Por otra parte, se les invita a todos a participar en la misa de doce de los domingos, como algo lógico y en línea con lo que trabajan durante la semana, pero sólo acude una minoría.

 

El esfuerzo es importante, sobre todo por parte de los catequistas, los cuales son personas dinámicas pero ya mayores de sesenta años. ¿Y los resultados? Qué duda cabe que se aprovecha el tiempo con padres y chavales, pero se echa en falta la continuidad una vez que los niños han recibido la primera comunión, si bien hay que tener en cuenta que en nuestra parroquia hay un “salto” entre este momento y la edad de 14 años en que pueden incorporarse a un proceso de Confirmación. Eso no quiere decir, no obstante, que si hubiera algún grupo o grupos de poscomunión, el éxito estuviera garantizado.

 

¿Merece la pena todo este esfuerzo?, porque hay que tener en cuenta que no hay parroquia que no organice sus grupos de primera comunión. ¿Estamos empleando personas y esfuerzos en algo que queda “cortado” posteriormente, personas y esfuerzos que se podrían emplear en otras actividades pastorales más supuestamente imperiosas? ¿Estamos atrapados por el hecho socialmente relevante de las primeras comuniones y al que supondría un “escándalo” dejar de lado? ¿Tiene fundamento este destacar lo de la “primera comunión” que ciertamente no tiene relevancia en los Evangelios? Y, en el caso de que haya que hacerlo, ¿debemos limitarnos a lo que hacemos (de lo cual no estamos insatisfechos) y dejar de lado una actuación que englobara también la incidencia sobre la realidad infantil y familiar del barrio?

 

- Guías: se trata de un grupo extraparroquial que utiliza unos locales parroquiales que ponemos a su disposición para que eduquen en el tiempo libre a chavales y adolescentes. Realizan actividades durante todo el año, especialmente los fines de semana. El contacto con la parroquia es mínimo ya que tan sólo les vemos cómo juegan en el patio cuando salen a él. No participan en ninguna actividad parroquial. Junto a este grupo, hace unos años funcionaban igualmente los Scouts.

 

Hasta hace un año la parroquia disponía de su propio club de tiempo libre al que se le denominaba “El Corrillo”, que incluso organizaba una tanda de campamento en verano y que proseguía la labor que unos cuantos años antes realizaba otro club de tiempo libre parroquial bajo el nombre de “Godedima”. La inestabilidad de estos grupos ha sido debido a la situación sociolaboral de sus educadores: jóvenes cuya vida y actuaciones, así como su disponibilidad, venía interferida por su acceso a un puesto de trabajo o por la pérdida de su soltería. Por otra parte, eran más celosos de su autonomía como grupo que de su integración parroquial, con las lógicas excepciones. La no continuidad de sus dirigentes, por las razones anteriormente dichas, condicionaba la continuidad del grupo y al final se llegaba a su disolución.

 

En la parroquia hemos estado preocupados por esta realidad y siempre hemos considerado que, si bien la labor en el tiempo libre es importante y la llevaban con dedicación encomiable, echábamos en falta una actividad evangelizadora de la infancia y preadolescencia, aspecto que los educadores consideraban que les sobrepasaba o a la que simplemente no estaban dispuestos (a excepción de algunos). Por ello hemos hecho esfuerzos por motivarles a ella e incluso se llegó a formar un grupo con chavales que el año anterior habían recibido la primera comunión.

 

Hace un año diseñamos un proceso evangelizador de chavales en línea con lo que se ha venido realizando desde el Movimiento Junior de Acción Católica, es decir tratar de evangelizarlos desde su propia vida sin seguir para ello temarios catequísticos como en la primera comunión. Tenemos claros los objetivos y la metodología, pero el problema es la ausencia de personas (especialmente de 25 a 40 años) que quieran llevar adelante este proceso comprometiéndose como educadores que acompañen grupos. Es una pena ya que en las evaluaciones con los padres de primera comunión siempre aparece por su parte el deseo de que sus hijos sigan siendo acompañados por la parroquia una vez terminado el proceso de preparación para la primera comunión. Últimamente se va viendo la posibilidad de que se comprometa una pareja de inmigrantes que están desarrollando una labor muy activa en la pastoral parroquial y en sus estructuras.

 

Estamos convencidos de que el “vacío pastoral” que se produce en la infancia adulta y en la preadolescencia no favorece el proceso evangelizador de estos chavales, la mayoría de los cuales “desaparecen” tras recibir su primera (y para algunos “última”) comunión. Pero el envejecimiento general de los parroquianos, incluido el de los más activos, nos está impidiendo afrontar debidamente esta realidad que no es para ser afrontada por educadores mayores en edad ya que conlleva no simplemente tener sesiones en una habitación cerrada sino salir al barrio, convivir con los chavales en diversas horas, jugar con ellos, etc. Por otra parte, tampoco consiste en salir a la “caza y captura” de educadores jóvenes e implicarlos sin más en una tarea que requiere dotes de acompañamiento y talante evangelizador. Y, especialmente en nuestro barrio, hablar de chavales de estas edades es toparnos con la realidad de la inmigración ya que esta población es la que aporta rejuvenecimiento al barrio en contraste con el envejecimiento de los “indígenas”.

(Continuará)

 

Pepe Nerín

23.4.2009