Ideal de Granada, 14-1-2008
José Mª Castillo
Dijo
Jesús: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no,
sino espada. Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará
dividida: tres contra dos y dos contra tres; se dividirá padre contra hijo e
hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra la
nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 51-53),
“así que los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt
10, 36). Jesús dijo además: “No llaméis padre a nadie en la tierra, pues uno
solo es vuestro Padre, el del cielo” (Mt 23, 9). Y
algo más sorprendente: “Un discípulo le dijo: Señor, déjame ir primero a
enterrar a mi padre. Jesús le contestó: Sígueme y deja que los muertos
entierren a sus muertos” (Mt 8, 21-22). Más aún:
“Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.
Jesús le replicó: Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el
Reino de Dios” (Lc 9, 61-62). Y todavía, un relato
desconcertante: “Llegó su madre con sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron
llamar. Una multitud de gente estaba sentada en torno a él. Le dijeron: Oye, tu
madre y tus hermanos te buscan ahí fuera. Él les contestó: ¿Quiénes son mi
madre y mis hermanos? Y, paseando la mirada por los que estaban sentados en
corro en torno a él, añadió: Mirad a mi madre y a mis hermanos. Pues el que
cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es hermano mío y hermana y madre”
(Mc 3, 31-35). A todo esto hay que añadir que las
relaciones de Jesús con su familia no fueron buenas: “Entró en casa, y se
reunió tal multitud que no podían ni comer. Sus familiares, que se enteraron,
se pusieron en camino para echarle mano, pues decían
que había perdido el juicio” (Mc 3, 20-21). Después
fue un día a su pueblo, Nazaret, “se puso a enseñar
en la sinagoga” y el resultado fue que “todos se escandalizaban de él”. Y Jesús
dijo: “Sólo en su tierra, entre sus parientes y en su casa desprecian a un
profeta” (Mc 6, 4). Y es que, según el evangelio de
Juan, “ni sus parientes creían en él” (Jn 7, 5).
Está
claro que, para Jesús, ni la familia es intocable, ni la familia es lo primero,
ni las relaciones de parentesco son lo principal. Para Jesús, lo determinante
no son las relaciones de familia, que son obligatorias legal y socialmente a
cambio de ofrecer una forma de “seguridad social” (J. P. Meier).
Para Jesús, lo fundamental son las relaciones de fe, que son libres y se basan
en el amor mutuo, la “relación pura”, que resume la religión entera (Mt 7, 12; Lc 10, 27-28). En el
fondo, esto es lo que quiere decir Jesús cuando dice que el marido no puede
repudiar a su mujer “por cualquier causa” (Mt 19,
3-6).
Hasta
el año 845, los cristianos se casaron como se casaban todos los ciudadanos en
los tiempos del Imperio Romano. Incluso después de tantos siglos, el matrimonio
se justifica por razones de derecho civil, no por argumentos teológicos. Así
consta en los “Decretos Pseudoisidorianos”
(F. G. Le Brass). En el reinado de Pipino el Breve, y por influencia de san Bonifacio, se
originó dentro del Imperio Franco una evolución hacia la consecución de un
control eclesiástico sobre los matrimonios. En los siglos XI y XII,
Si
durante tantos siglos no estuvo clara en
Ahora
bien, si Jesús fue tan crítico e incluso tan duro con la institución familiar y
las relaciones de parentesco; y si además
Jesús no tuvo familia. Dejó la familia en que vivía, no se casó ni formó un hogar. Todo lo que ata: ataduras familiares, políticas, religiosas…, no brota del Evangelio, sino de otros intereses. Entonces, ¿de dónde viene lo de la “familia cristiana”? ¿de Jesús? ¿de los obispos? La familia es necesaria. Pero que nunca sea un modelo de familia que somete, que ata y que impone un modelo de política y de sociedad.