EXPERIMENTAR A DIOS
(Resumen de un capítulo del libro "Los Cristianos del siglo XXI" de Luis González-Carvajal)
Cuenta este autor que en 1994 José Mª. Gironella interrogó a cien españoles famosos (igual que lo había hecho 25 años antes) acerca de su creencia en Dios. Casi todos los que se declararon creyentes dijeron no haber tenido nunca ninguna experiencia religiosa digna de mención. José Mª. Aznar añadió incluso: "Tampoco la espero ni experimento deseo alguno por ella".
Sin embargo, lo más importante de la fe no es la adhesión intelectual a unas verdades sino, precisamente, la experiencia íntima de Dios. Curiosamente, el hombre de la calle piensa que la experiencia de Dios es un fenómeno de tipo sentimental, propio de personas fácilmente sugestionables, y su espíritu crítico le lleva a desconfiar.
Para nuestro autor, la experiencia de Dios es, sencillamente, una experiencia humana con una interpretación religiosa. Y lo explica con un ejemplo personal: "Después de mi ordenación, varios amigos coincidieron en preguntarme qué se sentía 'siendo cura'. Al principio yo les respondía que me sentía a veces como un robot al que dirigían desde lejos. Me ocurrían cosas que no acertaba a expresar de otra forma. Por ejemplo, una tarde, cuando estaba a punto de comenzar la Eucaristía en la parroquia, llamaron desde el Hospital Oncológico provincial para ver si podía sacarles de un apuro, porque les había fallado el sacerdote que se había comprometido a celebrarla allí con los enfermos. No lo pensé dos veces. Encargué a un niño que estaba jugando a la puerta de la iglesia que buscara al otro sacerdote para que me sustituyera en la parroquia, cogí el coche y me fui al 'Onco'. Por el camino se me ocurrió pensar que había actuado con demasiada precipitación. Podría ocurrir que no encontraran al otro sacerdote y 'para vestir a un santo, desvestía a otro'. Pero, como la cosa ya no tenía arreglo, seguí adelante. Como otras veces, después de celebrar la Eucaristía en el salón de actos del Oncológico, recorrí las plantas llevando la comunión a quienes no podían levantarse de la cama. Al regresar al salón de actos estaba esperándome una mujer joven llorando como una Magdalena. Me explicó que no había pisalo la iglesia desde que salió del colegio -de hecho, estaba casada civilmente- y aquella tarde subiendo en el ascensor para visitar a su madre que estaba internada, oyó a unos enfermos que iban a misa y, sin saber muy bien por qué, les siguió. Algo le había impactado -no sabía si fue la homilía o al ver a enfermos como su madre participando en aquella celebración- y sintió la necesidad de reconciliarse con aquel Dios de su infancia que tan olvidado tenía. Quería confesarse allí mismo. Yo le dije que la confesión convenía madurarla un poco más. Estuvimos hablando mucho rato. Luego fue varias veces por la parroquia con su marido y acabó confesándose. Yo pensaba: '¿Quién me mandaría ir aquella tarde al Onco? (porque, tal como temía, en la parroquia se quedaron sin misa; no encontraron al otro sacerdote). Y respondía que me sentía como 'un robot dirigido desde lejos'". Pues bien, esto tan sencillo es la experiencia de Dios. Nada tiene que ver, por lo tanto, con visiones ni levitaciones, pero puedo asegurar que cuando se produce es una fuente de gozo inefable.
La Palabra de Dios descubre a los oyentes el significado profundo que los acontecimientos llevan en sus entrañas. Es en la oración meditativa donde el creyente, al confrontar su vida con la palabra de Dios, aprende a interpretar religiosamente lo que está viviendo; y de esta forma descubre que Dios es "más interior que lo más íntimo mío". En consecuencia, la fidelidad a la oración es una cuestión de vida o muerte para el creyente.