FALTA LIDERAZGO

 

            En nuestra querida Iglesia da la impresión de que vivimos una época de camino hacia no se sabe dónde. La situación no es nada fácil en estos tiempos en que ha dejado de tener vigencia la Iglesia llamada de “cristiandad”, es decir, una Iglesia que ocupaba una posición predominante en la sociedad, y monopolizadora en su ámbito religioso, y cuyos valores impregnaban todo el tejido social, una Iglesia a la que se pertenecía desde el hecho del nacimiento por el simple dato de ser ciudadano, en nuestro caso español. Pero no sé si todo el mundo se ha enterado, incluídos bastantes de nuestros dirigentes. Hay incluso quien va más lejos y llega a comparar el actual papado con la época soviética de Chernenko previa a la llegada de Gorbachof y su perestroika o cambio: las estructuras se habían anquilosado de tal forma que eran incapaces de dar más de sí mientras todo el mundo percibía que la solución no estaba en anclarse en el pasado, en repetir y repetir, sino en asumir la realidad y abrirse al futuro con todos los cambios, muchos de ellos muy profundos, que todo ello iba a llevar consigo. Pero nuestras actuales cúpulas no parecen estar por la labor y suelen confundir la eternidad con el inmovilismo, con riesgo de acabar como la mujer de Lot convertidos en estatuas de sal.

 

            Jesucristo admiró a cuantos topaban con Él porque hablaba con autoridad, y no como los escribas y fariseos que sólo sabían repetir citas de memoria para tratar de frenar cuanto les parecía contrario a la ley. Jesucristo atrajo a muchas gentes a las que aportó esperanzas de mejorar su situación concreta, gracias a que afrontó sus diversas situaciones tratando de sanar lo que estaba enfermo, recuperar lo que estaba perdido, poner en primer plano a quienes siempre han sido relegados. Jesucristo deslumbró presentando a Dios como al buen Padre suyo y de todos, un Dios misericordioso que declaraba su predilección por los humildes y marginados. A Jesucristo le seguían, en definitiva, porque demostraba ser el Camino, la Verdad y la Vida. Era el buen pastor y ejercía como tal, que, traducido al lenguaje actual, sería en buena medida como el buen líder que sabe dónde va y que sabe ayudar a los demás a encontrar las soluciones que hoy en día se necesitan.

 

            A mí me resulta muy difícil ver la imagen y el estilo animador de Jesucristo en muchos de nuestros dirigentes eclesiales, obispos incluidos. A veces parece que se pretenda que personas que han superado ampliamente los 80 años puedan asumir un rol de liderazgo dinámico y motivador en esta época en que todo se tambalea. No es de recibo que personas de tan avanzada edad lleven las riendas de la Iglesia: de sobras tienen ganada su jubilación y no pueden tener los reflejos ni la capacidad para procesar las múltiples informaciones, actuaciones y hechos vitales que tienen lugar en una organización con más de mil millones de personas en todo el mundo. No es de extrañar que abunden los fallos “diplomáticos” por llamarles de alguna forma, el no tener en cuenta detalles importantes o el no entender sensibilidades tan plurales.

 

            Pero a nivel de diócesis el panorama no parece ser muy distinto en cuanto a ausencia de liderazgo. No es suficiente con decir que nuestro programa es el Evangelio o meter a los fieles en un proceso de reflexión sobre objetivos y acciones que más parecen un conjunto yuxtapuesto de buenos deseos pastorales que un incidir sobre las claves que marcan nuestra decadencia y oscurecen nuestro futuro. No se les conoce sugerencias de soluciones concretas a la crisis socio religiosa por la que atravesamos, no hacen declaraciones que sugieran clarividencia, no se acercan a la realidad concreta socio-pastoral para animarnos a afrontarla, no provocan entusiasmo ni siquiera ilusión, por desgracia desde hace mucho no se espera de ellos apoyo, escucha o propuestas pastorales. Con todo ello, cada parroquia trata de apañárselas pastoralmente como puede y hace tiempo que se ha dejado de mirar hacia la Plaza de La Seo confiando en que de allí le lleguen iniciativas que merezcan la pena. Curiosamente, de lo único que parecen venir aportaciones es de cuestiones técnicas referentes al tratamiento de la información. Tuvo que ser un técnico perteneciente a una empresa que trabaja en estas cuestiones para el Arzobispado el que nos visitara, nos hiciera preguntas, anotara respuestas y nos suministrara sugerencias al respecto. ¿Por qué lo que es posible en este ámbito no lo es en el terreno pastoral?

 

            Necesitamos líderes con visión de futuro y conocedores de nuestra trayectoria en el pasado. Líderes con ganas de avanzar y no de permanecer siempre en el mismo sitio. Líderes creativos para inculturar el Evangelio en las nuevas realidades socioculturales. Líderes que dediquen tiempo a analizar la realidad con un mínimo de método, que se acerquen a ella no como quien condesciende, que lo hagan no con los prejuicios negativos que tantas veces acompañan a nuestros próceres sino con un amor profundo tratando de descubrir a Dios en medio de ella. Líderes que sepan escuchar, hacer preguntas para aclararse mejor; que sepan reflexionar y rezar sobre ella. Líderes que sean capaces de detectar las zonas “calientes” y de tratar de diseñar soluciones imaginativas. Líderes que tengan libertad porque renuncian a hacer carrera eclesiástica. Líderes optimistas y con ganas de aprender porque no lo saben todo. Líderes que sepan hacer propuestas ilusionantes. Líderes que se dejen evaluar y acepten con agrado las críticas cargadas de razón. Y, al mismo tiempo, líderes conscientes de que no pueden caminar solos, de que necesitan ser acompañados. Si no se vive el ministerio con este o parecido espíritu lo que se suele hacer es simplemente ocupar un cargo.

 

            El otro día debatíamos un grupo de curas sobre esta cuestión que yo les planteé y mis compañeros preferían más bien destacar el trabajo de las bases en nuestra Iglesia. Pero yo creo que son dos caras de una misma moneda y que ambas partes se necesitan: los obispos necesitan creyentes mayores de edad capaces de ir hacia delante, libres de palabra y de hechos, sin que grave sobre ellos la tutela permanente de sus dirigentes; y, al mismo tiempo, los grupos de base necesitan el estímulo episcopal, el del hermano mayor, para sentirse fortalecidos y animados a seguir adelante. Ambas partes nos podemos orientar, ayudar, robustecer.

 

            Lo que está lastrando y mucho nuestro caminar es la mala imagen que se han ganado nuestros obispos con actuaciones y declaraciones que, pretendiendo unos objetivos importantes para ellos, han terminado por ser un boomerang que los ha descalificado ante la opinión pública y ante muchísimos ciudadanos y creyentes. Si antes de tales prácticas hubieran dialogado con las bases en las que hay creyentes de todos los colores, seguro que actualmente la realidad sería muy distinta y contaríamos con unos líderes episcopales con el prestigio con que los necesitamos. Porque los necesitamos.

 

Pepe Nerín

7.4.9