OPTAMOS POR UNA SÍNTESIS ENTRE LA FE Y LA VIDA
LO QUE NECESITAMOS
Si se trata de unir la fe y la vida necesitamos que ambas sean coherentes. Necesitamos llevar una vida desde nuestra juventud que nos impulse a vivir a tope.
Pero no desde la dispersión consistente en buscar multitud de sensaciones que atontan y se acaban en sí mismas dejando una especie de frustración y pérdida de tiempo; ni desde la huida por miedo o comodidad que lleva a no querer comprometerse con nada que suponga un salir de mí mismo y compartir lo que soy o tengo; ni desde el aburrimiento, el narcisismo, la moda, el replegamiento a mi pequeño mundo o la competitividad que todo lo aplasta incluyendo a uno mismo.
Necesitamos vivir a tope la vida plena que Dios nos ofrece desde el riesgo del amor y la acogida gratuita, el desprendimiento del compartir, el despliegue de nuestras posibilidades individuales y colectivas, la creatividad de lanzarnos a nuevas metas de transformación social teniendo como horizonte el Reino de Dios que esperamos muchas veces contra toda esperanza.
Y para unir la fe en Jesús muerto y resucitado a esta vida necesitamos un tipo válido de espiritualidad juvenil. Porque no toda espiritualidad vale ni es coherente con las diferentes opciones que hemos ido desarrollando.
La fe no puede ser un mero asunto privado de cada uno, que me afecta a mí y punto. Y tampoco puede ser algo separado de la vida: cuando estoy en la iglesia o en los locales parroquiales o con mi grupo de reflexión me siento y actúo como cristiano, mientras aparco todo esto cuando estoy en mi ambiente, con mis amigos, en el trabajo o en la Universidad. Hace unos años hicimos una encuesta en nuestra Universidad y nos encontramos con la penosa constatación de que los jóvenes cristianos que en ella estudiaban nunca se comprometían en la misma sino que dejaban eso para cuando estaban fuera de ella ya que de lo que se trataba en ese recinto del saber era simplemente de estudiar. Aguántalos.
¿QUÉ ESO DE UNIR LA FE Y LA VIDA?
Pues algo tan elemental como, por ejemplo, lo siguiente:
- Intentar descubrir a Dios allí donde se manifiesta: en mi vida y en la vida de los otros, en especial de los jóvenes.
- Intentar "leer" la vida desde la Palabra de Dios: es lo que se conoce como lectura creyente de la realidad. Mirar la vida en profundidad, más allá de su superficie y apariencias, para intentar verla con los ojos de Dios e interpretarla desde sus criterios.
- Pero también significa entender la Palabra de Dios desde nuestra vida y situación concreta: la mía y la de la gente joven. Que Dios nos habla a nosotros hoy y en nuestras circunstancias, y que según vivimos (cómo, dónde y con quién) resultará que la Palabra de Dios nos sonará de una manera o de otra muy diferente.
- Y significa también descubrir personalmente y ayudar a descubrir a los jóvenes que Jesús es la fuente y sentido de la vida. Que no es un añadido, una guinda o algo superfluo y fácilmente sustituible, sino lo más grande, lo que realmente puede llenarme, lo que me hace entender lo que pasa en toda su profundidad.
LO QUE NO NOS VALE
Si queremos unir la fe y la vida no nos va a valer cualquier tipo de fe o cualquier tipo de vida. Por eso es necesario que nos situemos siempre vigilantes ante ambas dispuestos a revisar todo lo que haga falta para conseguir una buena síntesis.
Por eso no nos vale una vida in-transcendente, es decir, no abierta a la transcendencia del Dios que está ahí en medio. Siempre se corre el peligro de enfrascarse tanto en la llamada "realidad" mundana, de "encarnarnos" de tal manera en los problemas, de "enfrascarnos" tan a tope en la transformación de esa realidad, que olvidemos la referencia explícita a Jesús, que olvidemos que no es suficiente cualquier ideología o cualquier motivación altruista si no nos sentimos limitados y sostenidos por el Espíritu del crucificado y resucitado.
Pero tampoco nos vale subir y flotar en las nubes en la ingenua creencia de que allí encontraremos a Dios, salirnos del tiempo agarrándonos a fórmulas válidas sin más para todos los tiempos. O sea, que no nos vale una espiritualidad desencarnada, en el aire, atemporal.
Necesitamos una espiritualidad basada en las Bienaventuranzas. Una espiritualidad que nos ayude a rezar desde la vida y hacia la vida, especialmente desde y hacia la vida de los jóvenes. En los últimos tiempos han ido proliferando grupos de oración y se publican bastantes libros y artículos sobre el tema. Demos gracias a Dios si esto nos lleva a descubrir que no podemos ser cristianos sin tratar íntimamente con El, sin centrarnos en la oración. Pero tengamos cuidado de no utilizar la oración como evasión o escapatoria, como mera práctica piadosa de devoción de obligado cumplimiento para una santificación personal tan vez insolidaria, como entretenimiento tras renunciar al compromiso, a mezclarnos con otros jóvenes, o como sustitución de todo un trabajo y misión de la Pastoral Juvenil. Hay gente que parece que reza mucho, pero...
Y necesitamos unas celebraciones en donde la fe y la vida se encuentren y fertilicen mutuamente. Hemos de atrevernos a afrontar los muchos problemas que presentan por lo general las actuales celebraciones en nuestra Diócesis: o están en el aire, o son reuniones de amiguetes, o meras asambleas en donde más que estar a la escucha de la Palabra de Dios nos escuchamos a nosotros mismos tan sólo. Y del terrible problema del aburrimiento de los pocos jóvenes que acuden a las misas dominicales, normalmente descomprometidas, ahistóricas, apartadas de la realidad juvenil, con una estética decadente, sin cauce de expresión juvenil, etc. Pobres y tristes misas no aptas para jóvenes porque tal vez no sean auténticas Eucaristías para nadie.
¿Cuándo conseguiremos reunirnos respondiendo a la invitación del Padre para darle gracias, alabarle, escucharle, interiorizar, traer nuestra vida y la de los jóvenes, comprometernos, etc.? Y no es cuestión meramente de organizar Eucaristías de jóvenes, sino desarrollar las posibilidades de la Eucaristía a todos los niveles.
Por otra parte, no debemos tampoco olvidarnos de recuperar un sacramento actualmente bajo mínimos entre los jóvenes (y entre casi todo el mundo): el sacramento de la Penitencia. En unos tiempos en que solemos echar las culpas de todo a otros sin reconocer nuestra propia responsabilidad, es preciso que reconozcamos personal y comunitariamente nuestro pecado y pidamos ayuda al Dios que nos lleva a cambiar y a reparar oportunamente la ofensa u omisión. ¿O es que no somos responsables, por ejemplo, de ninguno de los fallos del mundo juvenil?
Todo lo anterior necesitamos apoyarlo en una adecuada formación humana y teológica, formación, como dice el Documento Diocesano de Pastoral Juvenil, que "debe estar en íntima conexión tanto con la acción evangelizadora como con las vida de los mismos jóvenes" (p. 26).
Ojalá que, volviendo al citado Documento, consigamos así "el objetivo de conseguir personas creyentes, fieles a Jesucristo y comprometidas en la transformación de la realidad histórica en que les toca vivir" (p. 25).