Rafael Aguirre, El Correo 24.10.11
ETA “ha decidido el cese de su actividad armada” porque
ha sido derrotada por el estado de derecho, por la policía, los jueces, las
leyes, la unidad de las fuerzas democráticas y la colaboración internacional.
Pero hemos asistido a un gran montaje para ponerle puente de plata a la
organización terrorista en su salida y para legitimar su historia y su causa.
Ha sido un vodevil en tres actos de pésima calidad, porque el autor, el guión y
el desenlace estaban cantados desde el principio. La conferencia de Aiete del lunes constituyó el punto máximo del montaje,
con cinco personalidades internacionales y con una representación social y
política del País Vasco, que terminó con una declaración que recogía, en sus
formulaciones y contenidos, las posturas de la izquierda abertzale, la
cual –segundo acto del vodevil- al día siguiente aceptaba jubilosa los
principios que ella misma había encargado leer a unos figurantes contratados al
efecto (varios de ellos políticos jubilados, profesionales de la “paradiplomacia”, que dan conferencias y ofrecen
asesoramientos a través de empresas que gestionan sus servicios). El tercer
acto, el más esperado, el que nos tenía en vilo, que no sabíamos ni cuándo ni
en qué términos se realizaría tampoco se ha hecho esperar. ETA aprovecha el
puente que se le ha tendido, anuncia el cese de su actividad armada (¿pero
va a continuar con otras actividades?, es una incógnita en el aire) y
reivindica su causa y su historia: “la lucha de largos años ha creado esta
oportunidad”. ¿Se lo creerán?
El comunicado de ETA acepta plenamente el itinerario
marcado por la declaración de Aiete. Si deciden dejar
las armas definitivamente no hacen falta ni tutores, ni mediadores, ni
“comités de seguimiento” (la empresa de la “paradiplomacia”
ofrece sus servicios con esta expresión en el punto 5), porque un estado
democrático tiene instrumentos para gestionar la salida de estas situaciones:
el cumplimiento de las leyes, receptividad a los cambios de las personas y de
las circunstancias, mantener la memoria de las víctimas y hacer justicia. Una
incógnita es hasta que punto calará el montaje con que se ha querido disfrazar
la derrota de ETA o si se impondrá la verdad de los hechos. Dicho montaje
consistía en legitimar la historia de ETA y su causa para que cambiasen
de métodos y dejasen actuar a sus herederos políticos. Para ello se
distorsionaba gravemente la realidad: se hablaba de “la última confrontación
armada en Europa” y se ultrajaba la memoria de las víctimas del terrorismo, que
en un día como hoy deben estar especialmente presentes en nuestro recuerdo. La
sociedad vasca –contra lo que tantas veces se dice- no ha sido beligerante
contra ETA más que en escasos momentos puntuales.
Ha preponderado el pasar de largo, el no enterarse del
sufrimiento de las víctimas y de los miles de amenazados. Me temo que ahora
sean muchos los que premien a los organizadores del montaje como si hubiesen
sido ellos los que nos han quitado esta losa de encima. Ha acabado el
terrorismo de ETA, pero importa mucho la forma como socialmente se perciba su
fin. Creo que fue un error coadyudar al montaje de Aiete, porque se contribuía a legitimar el relato de una
ETA, que estaba abocada dar el paso que ha dado. Me pregunto, por ejemplo, ¿qué
pintaba allí un representante cualificado de
Las disputas partidistas a que hemos asistido, carentes de
carácter propositivo y llenas de hostilidad sectaria, deberían desaparecer en
todas las cuestiones, pero particularmente en la que nos ocupa. Además, en la
sociedad vasca, tenemos que prepararnos para un complejo y largo proceso de
afianzar y ampliar las bases de la convivencia, lo que implica un
aprendizaje democrático y moral. La democracia no es una táctica, sino una
cultura y un convencimiento. La página de ETA no se pasa como si nada hubiese
ocurrido –ahí están sus víctimas para recordarlo- y sus secuelas tendremos que
curarlas con el trabajo de todos.