Me identifico completamente con este artículo y le doy rango de editorial
Fundamentalismo a la carta
EUSEBIO LOSADA 'UXE' /MIEMBRO DEL FORO KRISTAU SAREA
El Correo Digital, 13.12.2005
La espiritualidad vivida desde la fe como confianza en Dios tiene tal fuerza liberadora que es uno
de los motores que empujan la corriente humanizadora que recorre toda la historia de la
Humanidad. Lo que en estos albores del siglo XXI está en franca decadencia no es la
espiritualidad en cuanto búsqueda y anhelo de profundidad, de horizontes de esperanza, de
sentido y de vida plena. Lo que no resiste ya los embates del viento de la autenticidad es la
religión si se entiende como sistema de encorsetadas doctrinas, dogmas inmutables, anacrónicas
normas que más que liberar esclavizan y son fuente de exclusión de las personas, de lenguajes
lejanos a la vida, de liturgias cuyo fin son ellas mismas, de poder que se resiste al cambio para
no perder su parcela del mismo. El mal mayor para toda buena espiritualidad, a mi modo de ver,
es el fundamentalismo; y especialmente para la espiritualidad cristiana, que la mina hasta hacer
de ella una mera caricatura. No creo que el mayor enemigo de la fe sea la secularización de la
sociedad, que tiene aspectos positivos y negativos; mientras que el fundamentalismo es siempre
negativo porque es causa de intolerancia, división y enfrentamientos.
Estábamos tan acostumbrados a calificar como fundamentalistas e integristas a otros, fuesen
miembros de otras tradiciones religiosas, de lo que denominamos sectas, defensores de ciertas
ideologías políticas, que no nos parábamos a pensar y a reconocer que ese mismo fenómeno se
produce en el interior de nuestros propios grupos e instituciones. Veamos cuál es su raíz
psicológica, su postura filosófica, su modo de comprender los textos referenciales y su utilización
del lenguaje.
La raíz psicológica de los fundamentalismos -religiosos o no- es el miedo. Y en el saco de los
miedos están el miedo a lo diferente y a los diferentes (causa primera de las discriminaciones),
el miedo a pensar con autonomía desde la propia conciencia personal, el miedo a la inseguridad,
el miedo al pluralismo por lo que puede implicar de perder significatividad y protagonismo, el
miedo a la libertad, el miedo a la verdad en cuanto que la realidad puede ser de modo distinto a
como yo la veo, el miedo al cambio y a perder poder, el miedo a amar y a ser amados, que lleva
consigo el gozo y el sufrimiento... Cuando nos sentimos dominados por los miedos se paraliza
nuestra conciencia, esa situación nos infantiliza y pone frenos a nuestra madurez emocional e
intelectual. Los mecanismos de defensa que utilizamos van desde la negación de la realidad
misma hasta la adhesión a normas 'seguras', pasando por la proyección de nuestros miedos en
otros, intentando desplazarlos de nosotros mismos, y el autoritarismo. Todos los sistemas
totalitarios manejan a su gusto el miedo colectivo y lo incentivan; en ello se juegan su propia
supervivencia. A ello han jugado también las religiones cuando han funcionado como sistemas
de dominio y control de las personas y de los grupos humanos. A unos y a otros les interesa
tratarnos continuamente como cuando se trata mal a los niños, como quienes han de ser
adoctrinados y no escuchados, como los que han de permanecer callados y sumisos ante la voz
de la autoridad competente. Ni que decir tiene que el miedo también puede suscitar mecanismos
positivos, como el arrojo, la valentía, la resistencia al mal, el atrevimiento y la prudencia activa.
El fundamentalismo es una postura que, filosóficamente, absolutiza lo que es relativo y relativiza
lo que es absoluto. ¡Cuántas veces hemos sido testigos en otros o sufridores en nosotros mismos
de las sacudidas en forma de amenaza, de represión de la libertad, de reducción al silencio, de
abuso de poder, de exclusión e incluso de violencia física por parte de personas que absolutizan
una ideología o una religión ideologizada y dogmatizada con todo su sistema de doctrinas
pretendidamente inamovibles! ¿Puede haber algo más relativo? Incluso se invoca, en vano, el
nombre de Dios, y se deja de lado lo absoluto del amor, de la fraternidad, de la igual dignidad
de todas las personas. Por lo que respecta a la fe cristiana esas actitudes y comportamientos se
encuentran muy lejos de la espiritualidad de las Bienaventuranzas, que lo relativiza todo al
servicio de los pobres y los excluidos, de la justicia y la paz, de los que sufren, de la misericordia
como amor de entrega. Las iglesias cristianas, si son comunidades de Jesús, no están al servicio
de sí mismas, sino de la liberación y humanización de las personas y los grupos humanos; no
desde el miedo sino desde el amor, como primera y principal virtud humana y cristiana.
Si por algo debiéramos ser perseguidos los cristianos no sería por las alianzas con los poderosos,
ni por contribuir a la perpetuación del injusto sistema capitalista en sus nuevas versiones, ni por
ahogar libertades personales. La persecución nos vendría por estar con los pobres, con los
desheredados, con los sin tierra, con los emigrantes, con los desechados por la sociedad; por
defender y practicar la igualdad de hombres y mujeres (empezando por nuestras propias iglesias
y comunidades), por la aceptación y el reconocimiento en igualdad de las personas homosexuales
y de otras orientaciones (que son iguales a las demás personas también en lo que a la madurez
se refiere), por practicar la laicidad y la presencia transformadora en la sociedad, por reconocer
y valorar el pluralismo y ejercitar la democracia y la horizontalidad en el interior de nuestras
iglesias y en la vida social y política, por practicar la no violencia activa, por responder a los
'nuevos desafíos en un mundo que ansía la paz'. ¿Somos perseguidos por esto los que nos
llamamos cristianos?
Es propio de los fundamentalistas religiosos no tener en cuenta la historicidad y el carácter
situacional y cultural de los textos de los libros sagrados, elevando lo que no hay por qué a la
categoría de universal para todos los tiempos o interpretarlos como un código de normas morales
intangibles y sacadas de su contexto, haciéndoles decir incluso lo que no dicen. Sin embargo, la
carta del fundamentalismo está servida y en nuestro propio mesón. Los platos no son nada
sabrosos. No merece la pena hacer aquí un elenco de frases que hemos tenido que oír y que hacen
que a muchísimos cristianos con sentido común de nuestras comunidades les chirríen sus
tímpanos. Continuamente se olvida lo que es de verdad absoluto para el seguidor de Jesús: el
amor y la fraternidad, la comprensión y el respeto, ayudar a poner en pie al hermano herido,
colaborar en elevar la dignidad no reconocida o pisoteada. Esto sí que recorre toda la
espiritualidad del Evangelio como columna vertebradora.
Hay un fenómeno nuevo en los fundamentalistas de nuestra época. Se trata de la apropiación de
un lenguaje que no les corresponde, contaminándolo y vaciándolo casi de contenido para
defender lo que se quiere defender. Así, palabras como 'dignidad', 'liberación', 'igualdad', 'no
discriminación', 'comunión', 'democracia' son utilizadas desde posiciones fundamentalistas para,
a renglón seguido, no reconocer la igual dignidad de toda persona, para negar derechos civiles
o religiosos (y dones del Espíritu en cada persona, sea de la condición que sea), para mantener
privilegios de unos sobre otros, para obstaculizar el funcionamiento democrático y horizontal en
el interior de las confesiones religiosas e iglesias, para seguir discriminando a la mujer, para
controlar a las personas y no permitir la libre expresión...
La 'comunión' es entendida desde esta posición como sumisión ciega a doctrinas y a cadenas
jerárquicas, no como lo que es su sentido cristiano: unidad de fe y amor, unidad en la pluralidad
(que ha de ser reconocida y valorada como riqueza). Usadas de esta forma, se convierten
prácticamente en palabras vacías, no creíbles, que desprestigian a las personas que las pronuncian
y a las instituciones a las que pertenecen. Ello influye a la baja en la estimación social de las
Iglesias, provocando más abandono de esas instituciones o defección práctica por parte de
personas creyentes y dificulta enormemente la labor de la transmisión de la fe a generaciones
enteras de jóvenes y adultos. Tristemente, coinciden y se alinean con las corrientes más
conservadoras, las más reacias a los cambios humanizadores y a los vientos de libertad.
Ninguno de nosotros está libre de caer en intransigencias y actitudes cerradas, excluyentes e
integristas; quizá yo mismo haya contribuido a ello en algún momento, consciente o
inconscientemente. Los tics verticalistas, de dominio sobre otros, de manipulación de las
personas o de imposición anidan fácilmente en este barro del que estamos hechos. En nuestro
caso, el de las iglesias cristianas, el agravamiento actual de las posiciones fundamentalistas en
su interior quizá se trate de los últimos coletazos de un sistema que se desmorona por sí mismo;
quizá sean sólo los antepenúltimos. En todo caso, yo los interpreto como señuelo para volver a
la autenticidad de las propuestas del Evangelio, para reformular nuestra fe, para situarnos en la
sociedad al estilo de Jesús de Nazaret, perseguido por los fundamentalistas de su tiempo -dirigentes político-religiosos y sus seguidores-, para convertirnos a los pobres y a los excluidos,
para dejar a Dios ser Dios y no manipularlo a nuestro antojo. Y la razón de esta sensibilidad es
el seguimiento a Jesús, el compromiso con el ser humano y el amor a mi Iglesia; un amor que me
duele si percibo que su barca pierde el norte.