IGLESIA ORANTE Y CELEBRATIVA:



Superar el sacramentalismo rutinario y acartonado, la sensación de repetición rutinaria de nuestros ritos. No podemos favorecer con sacramentos o devociones la conciencia o práctica de búsqueda individual de la salvación por parte de los cristianos. Tenemos que favorecer lo comunitario junto a la personalización y vivencia personal (no individualista) de la fe.

Llevar a cabo un análisis detallado de las celebraciones religiosas para ver si conectan realmente con la sensibilidad y con la vida de las personas. Esto es especialmente urgente en el caso de la Eucaristía, pero también en la celebración de los restantes sacramentos. En cualquier caso convendría tener muy en cuenta las opiniones de aquéllos que han ido abandonando sus prácticas religiosas.

Sería bueno realizar igualmente un amplio estudio sobre las prácticas "devocionales" organizadas desde los agentes pastorales así como sobre la "religiosidad popular".



Desarrollar una cultura litúrgica diferenciada y moderna, que se pueda liberar del verbalismo intelectualista de las últimas décadas y ni se contente con pensar que el rito por sí sólo ya produce efectos cuasi mágicos ni se degrade hasta convertirse en un mero espectáculo.

Rescate del símbolo. Redescubrimiento del símbolo y la estética.

Urge recuperar la dimensión corporal, musical y festiva en muchas de nuestras liturgias y celebraciones. Celebración festiva de la fe.



Superar incluso la liturgia para nacer a la celebración. Hace falta una celebración que incorpore los siguientes elementos: se celebra la resurrección del Señor; se celebra la presencia de su Espíritu en nosotros, que nos hace exclamar "Abba, Padre"; se escucha la Palabra; se da pie a la participación de todos, con especial actuación de algunos de los presentes; se desclericaliza la celebración (el presbítero preside, pero no tiene que hacerlo todo); se parte el Pan (si es una Eucaristía); se incorpora lo que vivimos personal y socialmente; el mundo entra en la celebración; se presentan signos y se hacen gestos que ayuden a ponernos en contacto unos con otros, todos con Dios, y todos con nuestro mundo; salimos con la invitación de ver a Dios en todas las cosas, y a todas en Él.



La Eucaristía. La credibilidad tiene que hacerse patente en el momento en que se reúnen los cristianos: la Eucaristía de los domingos. Es precisa una gran renovación de nuestras misas en sus aspectos formales y de compromiso, como celebración de muerte y de resurrección, como momento especial de encarnación de Dios en los creyentes que nos reunimos en su nombre.

Eucaristías festivas, más participadas, dinámicas, vivas, creativas, llevando a ellas los problemas y siendo origen del compromiso cristiano (Sínodo Diocesano de Zaragoza, nº 71).



La Penitencia. Renovación del Sacramento de la Penitencia. Mi experiencia me indica que la mayoría prefiere una forma distinta a la de la confesión individual, incluso los que aún se confiesan. ¡Qué pena que nos veamos "atrapados" en la cuestión de la "forma" del sacramento, mientras el personal ha ido abandonando en su casi totalidad su "práctica"!

"Fomentar en las parroquias la liturgia penitencial, tanto comunitaria como individual" (Sínodo Diocesano de Zaragoza, nº 76).



La oración. Hacer invitaciones individualizadas a hacer experiencias específicamente cristianas. Ello implica algún modo de oración. Una acción pastoral que no desembocase en la experiencia interior y en la oración cristiana acabaría por revelarse como ilusoria.

Orientar y ayudar a buscar e intentar experiencias de Dios, o a ser consciente de las mismas. En este sentido los sacerdotes y animadores en general deben intentar ser "maestros" de oración. Pero para ello es fundamental ser primero "personas" de oración.

Ser "personas" de oración no creo que pueda reducirse a cumplir con el rezo del oficio divino diariamente o decir misa todos los días. Muchas veces sientes la impresión de toparte con curas bastante "rezadores" pero aparentemente con poca profundidad creyente o de participación en la vida de Dios. Muchas formas de oración no transforman realmente al orante ni lo identifican cada vez más con el Cristo muerto y resucitado (recordemos la parábola del fariseo y el publicano). Por ello creo que debemos hacer un esfuerzo de clarificación en esto de la oración; aprender no simplemente nuevos métodos (aunque sea interesante conocerlos y practicarlos), sino, sobre todo, "entrar" en oración en espíritu y en verdad; saber combinar la oración individual con la comunitaria; y saber unir en ella la fe y la vida (una oración en medio de la vida, teniéndola muy presente, especialmente la vida de los pobres; y una oración comprometida con la vida, que lleva a compromisos basados en la fe).

Necesidad de conjugar la oración y la política, el Abba y el Reino, la fe y la justicia. Sin olvidar el espíritu crítico, la fraternidad y la fiesta en una Iglesia espacio de libertad.



Reestructuración de las actividades pastorales de la Basílica del Pilar que favorezca la identidad de la Iglesia en Aragón, eliminando privilegios, ostentación y comercio (Sínodo Diocesano de Zaragoza, nº 80). Y que ayuden a clarificar el papel de María.