IGLESIA DIALOGANTE:
Culturalmente en diálogo con el mundo:
Acabar con el inmovilismo doctrinal que impide a la Iglesia conectar con el mundo. Por ejemplo en la doctrina familiar y la orientación sexual. Mejorar la relación con el cuerpo y la sexualidad.
Superar la desconfianza ante la ciencia y el progreso.
No descalificar de entrada, tanto teológica como pastoralmente, nuestra cultura actual.
Convertir a la Iglesia en espacio privilegiado para el desarrollo de todas las fuerzas creadoras de nuestro tiempo. Invitar a gente creativa, animar la creatividad. Conocer y dialogar con las nuevas estéticas y con el arte actual.
Contacto con determinados hechos culturales y, a la vez, resistencia frente a determinadas tendencias culturales dominantes. Parcial desobediencia cultural.
Conocer y dialogar con las nuevas estéticas y con el arte actual.
Colaborar con las instituciones y asociaciones que promueven los derechos humanos.
Presencia y relación con el mundo estudiantil y cultural.
Promover la participación de las personas en su desarrollo cultural (Sínodo D., nº 49).
Y en diálogo con otras religiones (ecumenismo):
La misión de la Iglesia pasa ahora por el diálogo. Quien dice diálogo dice propuesta y no imposición.
Diálogo entre las Iglesias cristianas.
Aceptar como un hecho enriquecedor el pluralismo religioso.
Es necesaria tanto una teología como una praxis renovada de las religiones. Hay que encontrar un equilibrio entre la aceptación de que el cristianismo no es la única vía de salvación y las pretensiones de universalidad y de plenitud que sostiene el cristianismo. Las misiones deben replantearse en este nuevo contexto. Facilitar el diálogo ecuménico en nuestro barrio.
Iglesia comunicativa:
Revisar la presencia de la Iglesia en los medios de comunicación.
No puede significar seguir un modelo sectario y ponerse al servicio de fuerzas e intereses reaccionarios.
Hay que optar por la entrada de la renovación y de la juventud. No pueden ser siempre los mismos los "anunciadores oficiales". Habría que fijar plazos rigurosos en el ejercicio de los cargos directivos de los medios de comunicación.
Saber utilizar los medios de comunicación: los escritos, hablados o audiovisuales, incluido Internet. Los programas de radio o TV específicamente religiosos no suelen caracterizarse por una gran audiencia, y no debido sólo a las horas de emisión cuanto al interés periodístico o informativo. Les falta "garra", como suele decirse. Les falta seguramente "debate", lenguaje vivo y dinámico, etc. De los medios escritos puede decirse otro tanto.
Convendría organizar cursillos para los curas y agentes de pastoral sobre la práctica de la comunicación y sobre la utilización de los medios audiovisuales.
Conviene revisar muy a fondo la forma y contenidos de los programas religiosos en radio y TV así como de los medios de comunicación escritos. ¿Es que sólo es religioso lo específicamente eclesial y oficial? ¿Es que sólo hay una manera ortodoxa de exponerlo?
Acercar la información religiosa a la gente. También en la parroquia.
Profunda autocrítica de nuestros mensajes.
Analizar el lenguaje que utilizamos. Anunciar está relacionado con comunicar, decir algo a alguien, transmitir un mensaje, el cual debe poder ser captado por aquéllos a los que va dirigido. Tiene que ser, por tanto, inteligible, presentado de forma que conecte, o mejor, que se exprese con las categorías de los oyentes. A poder ser, por tanto, con el lenguaje que utilizan los ciudadanos.
Analizar nuestros gestos. Pero el anuncio no se transmite únicamente por medio de la expresión oral. Se dice también mucho con los gestos, con las posturas. Influye así mismo la situación del que recibe el mensaje, e incluso los "ruidos" que interfieren y dificultan la captación del mismo.
Hacernos preguntas: ¿comunicamos, conectamos, con la gente?, ¿transmitimos algo?, ¿se capta el mensaje?, ¿se nos entiende?, ¿usamos el lenguaje de la calle?, ¿nos limitamos a hablar?, ¿suscitamos la fe?, ¿mediante qué gestos comunicamos el mensaje?, ¿desde dónde lo hacemos?, ¿qué actitud tiene el personal hacia el mensaje y hacia nosotros?, ¿qué reproducen los oyentes?, ¿qué "ruidos" estorban la captación del mensaje?, etc.
Cuidar las homilías. Se mantiene esa imagen del cura que habla mucho, suelta muchos rollos, pero aburre y no dice nada interesante para la vida cotidiana. Se suele utilizar un lenguaje distinto, un argot que no siempre es inteligible para la mayoría de las personas, sobre todo cuando nos metemos en términos teológicos. El ejemplo más significativo es el de las homilías: en muchas ocasiones los asistentes a misa simplemente desconectan y esperan a que el cura la termine. No abunda la capacidad de síntesis, de decir con pocas palabras lo esencial del mensaje de Jesús. Seguramente, si no somos claros es porque tampoco lo debemos tener muy claro.
Desarrollar una serie de actitudes:
No somos los detentadores de la verdad: somos buscadores de la verdad, incluso de la cristiana (o especialmente de ella). Y debemos buscarla con otros, no aislados.
Tono de naturalidad. Hay demasiado "engolamiento" en nuestras celebraciones, discursos o gestos. Se pone un tono nada natural, de mucha artificialidad, un tono "clerical" o "monjil".
A la hora de comunicar algo hay que insistir especialmente en la esperanza y no en el pesimismo: fijarse sobre todo en los aspectos positivos, tanto de la Iglesia como de la sociedad. Lanzar ideas con vistas al futuro, rezumar ilusiones y no frustraciones.
Un nuevo modo de hablar de Dios:
Estamos retados a ofrecer un nuevo modo de hablar de Dios audible y comprensible para nuestros contemporáneos.
El discurso sobre Dios tiene que ser aproximativo y escasamente afirmativo.
Afrontar preguntas: ¿dónde está Dios?, ¿quién es Dios?, ¿qué significa, por ejemplo, que Jesús es Hijo de Dios?, ¿para qué sirve Dios?, ¿qué significa la "providencia" de Dios?, ¿cómo interviene Dios en el mundo?, ¿en qué consiste ese encuentro con Dios en el "cielo"?, ¿es posible creer en el "infierno"?, ¿era Jesucristo Dios?, ¿qué significa lo de la "resurrección?, y tantas otras.
Revisar la imagen de Dios. ¿Es Dios para la gente un "padre", tal como insistimos con más frecuencia?, ¿tiene un valor positivo para muchos el concepto de padre cuando hay tantos divorcios y separaciones, o en esta época en que se rechaza el "paternalismo" o se une la idea de padre con la de autoritarismo?, ¿es Dios "juez", en estos tiempos de desconfianza hacia la justicia?, ¿es "todopoderoso", con lo que la palabra "poder" connota?, ¿es un "extraterrestre"?, ¿es...?
Se hace imprescindible clarificar la idea de Dios, destacando sus rasgos más convincentes para los hombres y mujeres de hoy. Hacer comprensible y cercano al Dios Padre de Jesucristo, Padre del que vino a servir, Padre que ama sin límites y que participa en nuestras vidas por el Espíritu de su Hijo.
Denunciar imágenes de Dios que no tienen nada que ver con esto y que acaban por alienar a la gente, sobre todo cuando lo alejan de ella, la atemorizan, etc.
Dios como misterio de amor y fundamento.
Es sobre todo la idea cristiana de Dios la que a muchos les resulta tan ajena a la vida, tan abstracta y racional, tan poco cargada de vida, experiencia y misterio... En las misas infantiles y juveniles que yo celebro me pregunto cada vez más si no estaremos haciendo otra cosa que prolongar la clase de religión o los trabajos de grupo, si estaremos realmente acercando a los niños a Dios en cuanto amoroso e insondable misterio de toda nuestra realidad, de modo que puedan rezarle personalmente a Él, que puedan entablar amistad y confianza con Él, que puedan sentir en Él los latidos y las energías curativas de la vida. ¿No estaremos utilizando la palabra "Dios" en nuestras misas y en nuestra proclamación de modo en exceso profesional y profano, de modo que apenas se perciba su honda plenitud de sentido? A nosotros los cristianos nos toca volver a hacer perceptible para nosotros y para los demás a Dios como ese amor, fundamento de toda la realidad, que en todo está y en todo se derrama. A nosotros los cristianos nos toca redescubrir y hacer a los demás descubrir que en Él, no en la naturaleza ni tampoco en nosotros mismos, radica el misterio último y más hondo que sana y salva a nuestro mundo. Pero para eso tendríamos que estar mucho más arraigados en ese fundamento, por ejemplo guardando silencio, meditando, orando, practicando la respiración del alma.
Dios salvador. La oferta de salvación supone aceptar la existencia de un Dios salvador (actitud psicológica) y asumir un estilo de vida que puede significar bastantes cambios, según de donde se parta. Hay muchos que de hecho (según las encuestas) aceptan la existencia de Dios. Pero, ¿qué idea tienen del mismo? Nosotros tenemos que ayudarles a concebir a Dios como salvador, no lejano sino cercano y encarnado en la vida de la gente, presente por medio de su Espíritu, no poderoso sino que se hace pequeño entre los pequeños, pobre entre los pobres, para el que lo más importante es el que nos queramos y obremos en consecuencia. No es fácil, sin embargo, cambiar la imagen que cada uno tiene de Dios.
Dios de vivos. Potenciar la idea de un Dios de vivos, que no provoca la muerte de nadie, que no nos "quita" a los que mueren, que no nos maneja como a marionetas.
Dios presente. Profundizar en lo que significa la presencia de Dios en el mundo y en cada uno de nosotros.
Dios servidor. Abandonar la idea de "poder" y destacar la idea de "servicio" en Dios.
Dios más allá de la muerte. Aclarar y actualizar la presentación de la vida más allá de la muerte: el sentido de la resurrección, del "cielo", del "infierno", del "juicio final". En definitiva, toda la cuestión de los llamados "novísimos".
Jesucristo Hijo de Dios. Clarificar el sentido de la divinidad de Jesucristo, la unión en él de Dios y el hombre. Esto es especialmente necesario en los tiempos actuales (tiempos antropocéntricos) en que a muchos les resulta especialmente difícil aceptar que un hombre pueda ser Dios, y más bien se ve a Dios como una creación del hombre.
La Iglesia debe revisar la imagen que da de Dios. ¿Qué pasaría si los creyentes, y especialmente aquéllos que son más identificados con la Iglesia, como obispos, curas y religiosos, viviéramos clara y visiblemente, por identidad con nuestro Dios, por amor a El y como respuesta agradecida a su salvación, e incluso como plasmación de esa misma salvación, una vida encarnada entre la gente, alejada de palacios, de burocracias, de influencias, del poder, en definitiva, que viviéramos entre los pobres, no en el centro sino en la periferia? Es verdad que hay creyentes que viven esto consecuentemente. Pero lo que se "ve" es el poder de la Iglesia "oficial", su situación en el centro y no en la periferia. Si no cambiamos esta imagen (y no cosméticamente, sino un cambio fruto de una transformación real) no pretendamos convertir a nadie, porque si lo hacemos será hacia nuestros ídolos no hacia el Dios salvador que da su vida muerto en una cruz como un peligroso delincuente que ha desafiado el orden establecido.
Afrontar el agnosticismo, "pasar" del tema, de profundizar en el asunto. ¿Somos capaces de interesar a la gente con la realidad de Dios?, ¿qué argumentos utilizamos, si es que utilizamos alguno, no ya para "probar" sino incluso para "sugerir" que Dios existe?, ¿y qué Dios es para nosotros éste que sugerimos o afirmamos abiertamente que existe?, ¿vivimos nosotros los creyentes como si Dios existiese?, ¿en qué se nota?, ¿tenemos realmente experiencias de Dios?
Descubrir el estilo de nuestro diálogo con los agnósticos: en qué se debe apoyar, qué argumentos utilizar, cómo presentar ante ellos la realidad de Dios, etc.
Una nueva manera de hablar de la salvación:
Preguntarnos qué le dice la palabra salvación a la gente. ¿No vivimos una época en que estamos escarmentados frente a los "salvadores"? Los mortales, ¿queremos que nos salven o que nos dejen en paz? ¿Qué representa la salvación en situaciones de marginación y de guerra?
Y una pregunta clave: ¿tenemos los creyentes conciencia de salvación?, ¿vivimos la salvación que Dios nos ofrece?, ¿se nos ve como a personas salvadas?, ¿es creíble nuestra oferta de salvación?
Preguntarnos en qué consiste la salvación. ¿La salvación en la otra vida o ya la salvación en ésta y qué tipo de salvación en ésta?, ¿salva la Iglesia o salva Dios, y de qué modo?, ¿de qué nos salva?, ¿en qué se nota?, ¿estamos ya salvados?, ¿se trata de una salvación individual o colectiva?, ¿qué es eso de que Dios nos salva en Jesucristo?
Salvación y felicidad. Anunciar la salvación no consiste en decirle a la gente que tiene que ser buena, ni tampoco de dar lecciones de moral, aunque del anuncio de salvación se deduzcan luego consecuencias de tipo moral. Se trata de comunicar un mensaje de "salvación", y creo que ésta es la palabra clave; un mensaje directamente relacionado con la vida de los ciudadanos, con su forma de vivir, con un cambio en sus vidas que lleva a la felicidad. Quiero unir especialmente la palabra salvación y la palabra felicidad. El gran anuncio de Jesús es el de "bienaventurados", es decir, dichosos, es decir, felices. Se anuncia una felicidad que ofrece Dios, como un regalo, y no precisamente por mérito nuestro.
Salvación, felicidad y alegría. Felicidad no es únicamente alegría pero la incluye necesariamente: una Iglesia triste no es un sacramento de salvación, y yo creo que hay demasiada tristeza en nuestra Iglesia, o al menos aburrimiento. La felicidad no es meramente "pasarlo bien", pero también lo incluye. La felicidad lleva consigo una sensación de satisfacción en el sentido de concordancia entre tus actos y el sentido que tú le das a la vida (es lo contrario de frustración). Comporta un sentimiento de armonía contigo mismo y con tu entorno.
Salvación y liberación. La idea de salvación va unida también, por pura lógica, a la de "liberación". Dios nos salva, es decir, nos libera, nos libra de algo para ofrecernos algo o Alguien (en definitiva, a sí mismo). Nos libra de todo aquello que nos impide ser felices. Eso se ha llamado tradicionalmente liberación del "mal". De donde se deduce la exigencia, por una parte, de analizar en profundidad la vida y realidad de la gente para inducir de ahí las realidades que causan infelicidad en las personas, y, por otra, la de descubrir directamente, a través del mensaje revelado y que se explicita en la Sagrada Escritura, qué entiende Dios por felicidad y qué es aquello de lo cual nos quiere liberar. Las dos vías no son opuestas sino complementarias. La salvación de Dios va dirigida a las personas "concretas" no en abstracto, en su situación concreta. La otra es pura teoría salvadora sin incidencia en la realidad. Por eso hay que conocer bien los dos términos: Dios y su salvación, por un lado, y la gente tal cual es, por otro.
Nuestra oferta debe ser siempre de salvación. La dificultad no puede convertirla en algo más parecido a un apaño o consuelo para seguir viviendo, en unas costumbres legitimadas por una tradición de muchos siglos, sino en un horizonte de esperanza basada en Alguien capaz de transformar la vida e incluso la muerte.
Debemos profundizar en la esencia de lo que constituye la "salvación" que Dios nos ofrece. Tener muy claro en qué coincide con la realidad actual de la vida de las personas para alabarlo y potenciarlo, para descubrir la presencia del Reino de Dios en la vida de la gente y reconocerlo y proclamarlo como tal; y en qué supone una clara alternativa, para proclamarlo sin rebajas.
Nos salva Dios en Jesucristo su Hijo. Esto significa que Jesucristo debe colocarse en el centro de nuestra vida, y que debemos anunciarle a El y colocarle a El en el centro de la vida de la gente. No nos salvan los santos, ni los sacramentos, ni el papa o los obispos, ni nuestras prácticas religiosas.
Vivir la salvación. No podemos presentar a nadie una oferta de "salvación" si previamente nosotros no intentamos vivir esa misma "salvación". Es fundamental, por tanto, una revisión a fondo de nuestra "espiritualidad", entendida ésta como "estilo de vida en el Espíritu de Jesús" y no como mero conjunto de prácticas religiosas.
Es imprescindible dar credibilidad a lo que hacemos y llevamos entre manos. La primera credibilidad a ofrecer es la de nuestro estilo de vida. Es necesario un gran debate diocesano sobre el estilo de vida cristiano que deberíamos llevar en estos momentos.
Necesidad de salvación. Todos, incluida la jerarquía (obispos y curas) necesitamos ser salvados. De lo contrario se actúa como "profesionales" de la religión. Si no vivimos esta conciencia de la necesidad de salvación en nuestras propias vidas no habrá nada que hacer.
Salvación ya en "esta" vida. No podemos potenciar la idea de una mera salvación "extraterrestre", en la otra vida. La oferta de salvación de Dios comienza ya en esta vida y llega a su plenitud en la otra. Pero comienza en ésta. Y tiene consecuencias en ésta (y no sólo "espirituales" o mentales). Es una salvación que "transforma" la realidad (para mejor), y si no lo hace es que no es salvación. No valen, por tanto, las evasiones ante la realidad, ante los problemas sociales. Una salvación puramente "espiritualista" no es creíble.
No podemos presentarnos como "salvadores". En primer lugar, porque no lo somos. Y en segundo lugar, porque esa actitud repele. Nosotros simplemente tenemos que ser instrumentos en manos de Dios para acercar esa salvación que El nos ofrece. Y esto lo hacemos como Iglesia de Jesús, que no es una "garantía" de salvación sino una comunidad que tiene que llevar adelante una "tarea" recibida.
La oferta de salvación debe ser presentada en un ambiente de total libertad. Es una "oferta", no una imposición. Y hay muchas maneras de imponerse, como, por ejemplo, lo hacen las técnicas publicitarias. No se trata de "vender" nada ni de "conquistar" a nadie. Tampoco consiste en "dar la paliza", "acorralar", hacer "propaganda", perder la timidez y adoptar posturas "combativas" (Iglesia "militante"). Se trata, me parece a mí, de vivir la alternativa cristiana en amor y en verdad, de forma que por su autenticidad y contraste salvador llame la atención; de "dar razón de nuestra esperanza" viviendo encarnados, con medios sencillos, sin buscar rentabilidades humanas, acompañados de una gran paciencia, humildes pero esperanzados, convencidos pero respetuosos.
Conviene estudiar en profundidad la oferta de salvación que presentan en estos momentos otras confesiones religiosas (incluidas las "sectas").
La oferta de salvación implica, para el que la acepta, un cambio de comportamientos. Aceptar la salvación es lo contrario de acomodarse, de instalarse burguesamente. No se trata de cambios llamativos por llamativos. Es mucho más que una estética. Es seguir el camino de Jesús (ser sus discípulos). Es no centrar la vida en uno mismo sino en los demás. Es un estar atentos a los estilos de vida y a las estructuras que se oponen a la felicidad de la gente. Es un presentar alternativas de vida que vayan en esa dirección, alternativas no individualistas sino de vida comunitaria. No podemos ser sacramento de salvación si nos conformamos con lo que existe, si nuestro estilo de vida no se diferencia apenas de un estilo de vida acomodado y capitalista. Y no podemos pretender ilusionar a los jóvenes si no vivimos primero y luego les presentamos alternativas fuertes de vida de seguimiento de Jesús. Por eso es fundamental analizar en profundidad nuestro estilo de vida y hacerlo con valentía y sin hipocresías. A esto somos llamados todos, aunque tengamos 70 años, y aunque seamos obispos o vicarios. Eso es tomarnos en serio el sacramento de la Penitencia. Está en juego totalmente nuestra credibilidad.
La Iglesia como sacramento de salvación. Pero a Dios no se le ve mientras que nosotros somos bien visibles. Y por eso la Iglesia, los creyentes, debemos ser "sacramento de salvación": a través de nosotros tiene que hacerse claramente visible esa salvación de Dios, esa felicidad que Dios quiere regalarnos. La consecuencia es obvia: si nosotros no vivimos realmente felices no podemos ser sacramento de salvación.
Asumir el rechazo a la oferta de salvación. De todos modos, frente a la oferta de salvación por parte de Dios (y que nosotros los cristianos debemos hacer "creíble") puede encontrarse el rechazo a aceptar ser salvados o necesitar serlo. La creciente conciencia de la dignidad personal, el sentido autosuficiente que anida en nuestra civilización, el énfasis puesto en la afirmación de que prefiero cometer mis propios errores (el "derecho a equivocarse") y otras consideraciones, aparte de la prevención justificada hacia los que se presentan como "salvadores", todo ello hace que mucha gente no esté dispuesta a acoger la salvación con los brazos abiertos, y mucho más si pone en cuestión unos modos de vida.
En diálogo evangelizador con los "alejados":
Necesidad de una pastoral misionera. Si algo tenemos cada vez más claro es que no podemos limitarnos a atender con servicios religiosos a las personas cristianas de toda la vida que acuden regularmente a nuestras celebraciones. Pero si esto es evidente, si insistimos constantemente en la necesidad de una pastoral misionera, cada vez parece haber más distancia entre los deseos y la realidad. El clero, por supuesto, se limita normalmente a los de "dentro"; y los cristianos, los cuales por su vida y trabajo están mucho más en contacto con los de "fuera", no sé si tienen ideas claras acerca de lo que deben hacer.
Clarificar el sentido de la pastoral misionera. Me imagino que la concepción tradicional de "hacer apostolado" es la que en todo caso puede que prevalezca, pero, a diferencia de la actitud de las sectas, supongo que no tiene gran cabida el proselitismo. En cualquier caso es posible que pastoral misionera consista para bastantes más bien en hacer oir su voz en la sociedad, en tener influencia social o invitar a otras personas (no a muchas, me imagino) a venir a la iglesia (con resultados evidentemente no muy alentadores). No creo que el normal de los cristianos piense en pastoral misionera en términos de anunciar a Jesucristo estando entre la gente, analizando su situación, solidarizándose con sus problemas, participando en sus luchas, etc. Con todo, qué duda cabe de que muchos cristianos dan un testimonio de solidaridad y de preocupación por los demás en cosas pequeñas y en asuntos que luego no son conocidos pero que sí son reales. Pero da la impresión de que la preocupación mayor se centra en el hecho de ver que los jóvenes no acuden por la iglesia y que el personal cada vez está más envejecido y siempre se ven las mismas caras, sobre todo cuando hay que realizar algún tipo de compromiso.
Salir de nuestros reductos. La gente a la que como Iglesia somos enviados a anunciar la salvación de Dios no es únicamente, claro está, aquélla que acude a misa los domingos. La mayoría está fuera. Muchos se han apartado hace ya tiempo de las prácticas e incluso creencias religiosas. Otros, y cada vez más, ya no han tenido acceso a una educación o cultura religiosa. No podemos limitarnos a lo "fácil" de repetir una y otra vez ceremonias y ritos, convivencias, charlas o retiros para los "ya convencidos", sino salir de nuestros reductos, esos reductos que nos dan seguridad.
Cambio de mentalidad en los curas (y no curas) de cara a una pastoral misionera. Especialmente el estamento clerical debe abandonar los hábitos mentales de considerarse por encima de los mortales por el hecho de "manejar" lo religioso, de creerse en posesión de la verdad y de pertenecer a la más antigua y asentada de las organizaciones sociales frente a la cual las demás parecen cosas de pardillos. Estos hábitos son muy difíciles de abandonar, a pesar de la constatación de que el "barco" no va muy boyante. Por otra parte, ¿cómo cambiar cuando se está ya a punto de jubilarse, como le sucede a gran parte del clero? ¿Cómo sumergirse los curas en la realidad social abandonando las apoyaturas de prestigios sociales, tan acostumbrados a ser gente importante y considerada por los demás?
Corregir nuestra manera de ver a los "alejados". Esta multitud no puede seguir siendo considerada, desde la mera perspectiva de los "puros", como un montón de "cadáveres de archivo", de "cristianos sobre el papel", de "paganos" bautizados pero no convertidos. Lo primero que hay que hacer es juzgarlos, desde su propia perspectiva, como un enorme contingente (en sí mismo muy diferenciado) de "simpatizantes" o de simples "miembros inactivos" que quieren absolutamente que en nuestra sociedad exista esa Iglesia institucional y los valores que ella representa, y que desean en ocasiones recurrir a ella, pero que por lo general no están dispuestos en absoluto a dejarse reeducar y convertir en cristianos activos, que es lo que a veces nos empeñamos en conseguir con nuestra catequesis sacramental. Si no relativizamos nuestras propias pretensiones y no somos capaces de aceptar su perspectiva, por muy decepcionante que nos resulte, a la larga acabaremos perdiendo uno de los más importantes puntos de contacto pastoral con los hombres de nuestra cultura.
Debemos plantearnos muy seriamente cuáles son nuestros objetivos misioneros, qué es lo que queremos conseguir, respecto a todas las personas del barrio o demarcación parroquial que están ausentes de la vida parroquial, ya sea porque son cristianos no practicantes o bien porque sean de otras confesiones religiosas, o bien porque no tengan fe. Habría que elaborar un plan concreto. "Hay que abrir en toda la Diócesis un proceso de misión e ir más allá de los contextos en que habitualmente ha actuado la Iglesia" (Sínodo D. nº 20).
Es necesaria una ingente labor de reevangelización de las viejas cristiandades.
Preparar a los agentes pastorales de cara al diálogo y la acción pastoral con las personas que, cada vez más, ni siquiera han recibido una "socialización" religiosa.
Equilibrar el tiempo que emplean a acciones "intraeclesiales" (formación, celebración, etc.) y el que dedican a la pastoral misionera.
En diálogo con las otras parroquias del Arciprestazgo y Vicaría en orden a racionalizar la pastoral y distribución de tareas sectoriales.