Garzón, la derecha y el franquismo
JOSEP
RAMONEDA 21/10/2008
El
juez Garzón ha decidido poner nombre a los crímenes del franquismo: crímenes
contra la humanidad. Y la derecha se ha puesto histérica. La primera función
del juez es tipificar los delitos, es decir, identificarlos. Si algo raro hay
aquí es que 70 años después del triunfo de la rebelión militar ningún órgano
judicial hubiera querido o podido ni siquiera ponerles nombre. Algo repara
Garzón con su última extravagancia.
Los
aduladores y detractores del juez Garzón varían según la circunstancia. Los que
ahora tratan de ridiculizar sus últimas actuaciones le ensalzaban como un héroe
nacional cuando eran los socialistas los que estaban en su punto de mira.
Garzón es un personaje peculiar, sin duda. Pero a estas alturas ya le conocemos
todos. Sobre su personalidad exhibicionista o su carácter narcisista se han
dicho un montón de vulgaridades. En un mundo en el que mandan el oro y la
insolencia algún rasgo caracteriológico particular
hay que tener para enfrentarse con determinados delitos. Y a Garzón debemos que
el GAL no quedara impune, que la presión sobre el entorno judicial de ETA haya
llevado a esta organización hasta la asfixia, que no todos los mafiosos vivan
tranquilos, que Pinochet sufriera un arresto y unas
detenciones que no reparan sus crímenes pero ponen a su imagen en su sitio, y
así sucesivamente. Algún coraje se necesita para estos desafíos en un mundo que
está pagando estos días las consecuencias de una gran quiebra moral de buena
parte de sus élites.
Sin duda, la
actuación de Garzón contra los responsables de los crímenes franquistas es
discutible desde un punto de vista jurídico, con solventes argumentos a favor y
en contra. Sin duda, se puede preferir mirar el dedo -los trámites- que la luna
-los crímenes del franquismo- y ridiculizar el hecho de que Garzón haya pedido
verificación de la muerte de Franco. Es curioso, sin embargo, dicho sea al
paso, la asociación de figuras que Esperanza Aguirre hizo: Franco y Napoleón.
Nunca Franco llegó tan alto ni Napoleón tan bajo. Pero políticamente, en la
medida en que este país no ha querido, hasta el día de hoy, afrontar la realidad
de los crímenes de la dictadura, la decisión de Garzón merece por lo menos
consideración. Así lo han entendido algunos medios de comunicación extranjeros
para los que es difícil comprender el temor reverencial al franquismo que la
derecha ha impuesto a este país. Y que ha impedido que España elaborara el
duelo de aquel período.
De todos los
argumentos contra la acción de Garzón respecto a los crímenes franquistas, el
más ridículo de todos ellos es el que le acusa de abrir heridas felizmente
cerradas. Es una falsificación interesada de la realidad, que hay que
relacionar con el intento sistemático de la derecha de hacer una lectura de la
transición con un solo objetivo: blanquear el franquismo. Las heridas del
franquismo nunca han sido cerradas. Simplemente, han sido tapadas. Este tipo de
heridas sólo se cierran si un país las afronta abierta y lealmente, con
voluntad de comprensión y con generosidad. Aquí no ha habido luto. Aquí
simplemente lo que hubo durante la transición fue una amnistía, reforzada con
un compromiso tácito de amnesia, arrancado bajo el chantaje del ruido de sables
y del riesgo de un golpe de Estado. Las relaciones de fuerzas impusieron una
amnistía que era humillante para los demócratas: sus delitos cometidos durante
el franquismo -la inmensa mayoría de los cuales no lo hubieran sido en una
sociedad democrática- fueron amnistiados al precio de aceptar la impunidad para
los crímenes del régimen franquista. A eso, por generosidad de la izquierda se
le llama reconciliación. Una reconciliación que lo menos que se puede decir es
que fue bastante poco equitativa.
Otro de los
argumentos detrás de los cuales le gusta parapetarse a la derecha es el de la
simetría. Hubo crímenes por todas partes: por el lado de los republicanos y por
el lado de los rebeldes. Hasta aquí nada que objetar. Sólo que no vale olvidar
todo lo demás. Que los rebeldes se levantaron contra un régimen democrático
legalmente constituido. Que las atrocidades del lado republicano se terminaron
con la guerra y fueron cruelmente sancionados por el nuevo régimen o pagadas
con el exilio por los que pudieron escapar. Y que las atrocidades del
franquismo siguieron practicándose durante la legalidad que ellos instalaron,
con y sin simulacros judiciales. Con lo cual la simetría se desploma
rápidamente.
Una de las
virtudes que tiene la acción de Garzón es que mucha gente se va a retratar.
Porque aquí el problema no es una decisión judicial que en cualquier caso llega
tarde y que todos sabemos que no irá más lejos de una reparación simbólica. El
problema es la relación entre la derecha española y el franquismo. O más
precisamente: la incapacidad de la derecha española de aceptar que tiene raíces
en el franquismo y que éste forma parte de su tradición. En España
desgraciadamente escasea, a derecha e izquierda, la tradición liberal. La
derecha española se ha movido casi siempre de la mano de
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