GESTOS DE ESPERANZA

 

Uno

 

Son compañeras de trabajo y además, amigas. Su labor en el departamento de pediatría en el Hospital tiene de vez en cuando un momento de reposo cuando toman el café. Una charla, unas palabras, alguna risa, una preocupación compartida mientras se apura el último sorbo y de nuevo al curro, que hay que estar siempre vigilantes.

 

Pero un día una de ellas dice ¿os imagináis que cada semana prescindiéramos de lo que nos cuesta el café de un día y lo guardáramos para algún proyecto solidario? Y dicho y hecho, no se sabe muy bien cómo, pero el caso es que conectan con un desvencijado hospital infantil que las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta llevan en Etiopía, y aquel café ahorrado se convierte en un gesto sencillo de solidaridad con chavalillos que tienen Sida y han encontrado alrededor unas monjas buenas que les tratan con cariño y profesionalidad aunque con pocos medios. La pediatría de un Hospital español mira a un Hospital infantil que está a kilómetros de distancia y ya son 25 los profesionales sanitarios, médicos, enfermeras, auxiliares…, los que hacen de ese café prescindido un acto de dignidad.

 

Dos

 

Tienen de 18 a 20 años y son noctámbulos y divertidos. Carolina, Pablo y Juan saborean la juventud al lado de sus amigos y, como no puede ser de otra manera, convierten la noche del sábado en un espacio de identidad donde la amistad se callejea y se celebra entre sorbos y risas. Nunca es tarde para llegar a casa, siempre hay tiempo para la última broma. Pero, mira tú por dónde, al cabo de pocas horas empuñan sus guitarras y animan la eucaristía dominical de un grupo de cristianos que les mira con admiración y gratitud sin acabar de entender cómo es posible en estos tiempos trasnochar y, a la vez,  madrugar para llegar a una misa. Es difícil saber la extraña fórmula para dormir muy poco y tener luego buena voz, para sonreír en la calle y sonreír también en la Iglesia.

 

Tres

 

Ha acabado la carrera y sus padres le pagaban un viaje, pero él, sorprendiendo a más de uno, ha hecho el viaje a un país latinoamericano donde ha estado todo el verano enseñando a leer a chavales de la calle. Mientras este año va haciendo pequeños trabajos que le salen aquí y allá, se está preparando para ir un año entero a su Sudamérica amada a compartir la vida con unos misioneros que están dejándose la piel por los más pobres. Hay quien piensa que para esto no le hacía falta estudiar una carrera tan larga…, pero a él se le ve más feliz que nunca y no se cansa de repetir que entre los chavales con los que estuvo este verano aprendió tanto como en la Universidad.

 

Y más

 

Sólo hay que levantar los ojos. A nuestro alrededor se agolpan los testimonios sencillos de gente buena y generosa que, con su trabajo y su cariño, hacen que la vida sea más humana. Nos los encontramos cada día, nos cruzamos con ellos. Son maestros que se desviven y, además de enseñar, escuchan y quieren; son abuelos que esperan en las puertas de las Escuelas a sus nietos que les saludan con la sonrisa y el beso; son vecinos que siempre están al lado y uno sabe que puede contar con ellos; son catequistas, voluntarios, monitores, sanitarios, tenderos, policías, tenderos, artistas…, gente que ha hecho de la solidaridad y la sonrisa una manera de vivir. Alegran la vida, la llenan de pequeños gestos que nos recuerdan que somos seres humanos, capaces de amar y perdonar, de sonreír y llorar.

 

Gracias a Dios no son famosos…, ni importantes. Son sólo personas buenas. A veces podemos tener la sensación de que están extinguidos. Pero no es cierto, están aquí, entre nosotros.

 

No cabe duda. Hay que saber mirar.

 

Josan Montull

1.12.2009