"HAZ LO QUE PUEDAS"



Esto es lo que mi Vicario de Zona me dijo y me continúa diciendo ante el hecho de que en mi parroquia hayamos pasado de estar 4 curas a tan "sólo" 2. Oye, mira, haz lo que puedas, no te agobies, lo que no se pueda hacer pues no se hace y en paz. Éste es todo el convincente programa al que se me ha adscrito. Y no sé si será también el programa de mi Obispo ya que no ha debido considerar necesario conversar conmigo sobre la nueva situación puesto que no lo ha hecho.

Ante una realidad de envejecimiento eclesial y de disminución de efectivos, haz lo que puedas. Ante el reto pastoral de los inmigrantes, haz lo que puedas. Con respecto a la pastoral misionera, haz lo que puedas. De cara a la pastoral con jóvenes, haz lo que puedas. Y así podemos seguir.

¿Cómo es posible que las personas que dirigen nuestra Iglesia te dejen de esta forma en el vacío pastoral y humano más completo? Ciertamente, no es ningún drama que en una parroquia se reduzca a la mitad el número de curas. Y sin dramatismo lo estamos viviendo las diferentes personas que nos movemos pastoralmente en la misma. Lo que es un drama es la sequía de ideas pastorales entre quienes nos dirigen. Y les entiendo, porque después de llevar más de 20 años seguidos en los puestos de la máxima responsabilidad diocesana, ya sea como obispos o como vicarios, cualquiera acabaría en su misma situación.

Pero a nadie se le puede motivar con ese simple "haz lo que puedas", que, por otra parte, sugiere un espíritu de resignación inoperante y una estrategia (si se le puede llamar así) de retirada hacia la nada. El único horizonte que se nos hace ver es que donde había varios curas va a llegar un momento en que sólo haya uno; y eso como primer paso, porque, a continuación, viene unir varias parroquias con unos pocos curas, para luego quedar un cura para varias parroquias, y así hasta que el último apague la luz.

No podemos continuar así. Me niego a continuar así. No podemos vivir ni trabajar pastoralmente si no tenemos otros objetivos más estimulantes. No queremos ser los enterradores de nuestra Iglesia. Tenemos que marcarnos unos objetivos muy claros y acordes con la situación actual de la gente y de nuestra Diócesis. Tenemos que redefinir las tareas del clero e incluso su existencia si es necesario. Tenemos que asumir con todas las consecuencias la corresponsabilidad, sin distinción de géneros, razas ni edades. Tenemos que recuperar el entusiasmo y, hasta si me apuran, la conflictividad dialogal, producto de gente viva, con ideas, con ganas, con creatividad, con amor a Jesucristo y a su Iglesia, que no es precisamente este tipo de Iglesia silencioso y obediente, conservador y temeroso de salir de sus reductos y ámbitos institucionales, esa balsa de aceite, en definitiva, en que se nos ha estado convirtiendo.

No se trata de "haz lo que puedas", sino de hablar muy claro sobre la actual situación, de coger el toro por los cuernos y de intentar ir más allá de lo que se considera "posible" por unas mentes ya agotadas que lo que están pidiendo a gritos silenciosos es que se les conceda una merecidísima jubilación. ¡Ah!, y por si acaso, esto lo digo desde mi amor a la Iglesia actual y concreta, amor tan real como el de cualquier otro, a esa Iglesia, a esos cristianos, a los que no se les suministran suficientes motivos de esperanza.