J. M.
Castillo, Religión Digital 11.05.10
En
El
prefijo griego hiper significa
"exceso". Los ejemplos que pone el Diccionario de RAE son muy claros:
HIPERtensión, HIPERmercado,
HIPERclorhidria, términos que indican
"superación ", "demasía" o "exceso". Pues bien,
esto es lo que le pasa a
Pero,
volviendo a los sacramentos, si se piensa despacio, lo que uno ve en las
parroquias, es que la gran mayoría de la gente acude a ellas porque allí es
donde se administran los sacramentos: bodas, bautizos, comuniones. También va
mucha gente a los entierros, que en definitiva son una misa, "misa de
difuntos". Y los domingos y "días de precepto", los que siguen
fieles a eso, van a alguna iglesia a "cumplir con el precepto". Por
supuesto, en las parroquias se organizan reuniones: de catequesis, de Cáritas, de tal cofradía... Pero también es cierto que
muchas de esas reuniones giran en torno a loa sacramentos: reuniones de
preparación al bautismo, a la confirmación, al matrimonio... No es ningún
disparate decir que, si en una parroquia se suprimieran los sacramentos, ¿no
sería eso algo así como dejar al párroco y su parroquia en el paro? ¿no se quedaría aquello en una especie de vacío, sin saber
qué hacer, ni el cura ni los feligreses?
La cosa
está clara:
De
momento, sólo quiero fijarme en un punto, que me parece capital. Me refiero a
que la práctica de los sacramentos, tal como está organizada, es UN INSTRUMENTO
DE CONTROL Y DE PODER, que resulta sumamente eficaz para que el clero pueda
imponerse y dominar a los laicos. No discuto ahora el valor sobrenatural de los
sacramentos. Lo que digo es que los sacramentos están legislados y controlados
(por la autoridad jerárquica) de forma que practicar los sacramentos equivale a
someterse al clero. Porque es el clero el que los administra. Y los administra
de manera que el cura puede negar el bautizo, la boda, la comunión... a quien
considere (según las normas establecidas e interpretadas por el cura de turno)
que no es digno, por ejemplo, de comulgar o de recibir la absolución de los
pecados en un confesionario.
Este
asunto es muy serio. Y en Roma lo toman así, muy en serio.
La
consecuencia es que quien quiere seguir siendo católico, no tiene otra salida
que aceptar este sistema, someterse a él sin protestar, y, para casos
"especiales", buscarse un cura amigo, a ver si se atreve a que le den
la comunión a un amigo homosexual, a un divorciado, a..., ¡cualquiera sabe!
En todo
caso, es evidente que el control de