HISTORIA SOCIAL DEL CRISTIANISMO PRIMITIVO

 

Editorial Verbo Divino, Estella 2001. Edición original: 1995. Páginas: 609

Autores: E. W. Stegemann y W. Stegemann. Ambos son profesores de Nuevo Testamento, el primero en la Universidad de Basilea (Suiza) y el segundo en Neuendettelau (Alemania).

 

RESUMEN DEL LIBRO

 

Economía y sociedad del mundo mediterráneo en el siglo I

 

La inmensa mayoría de la población se dedicaba a la agricultura y vivía en los pueblos (el 90 %). Las ciudades tenían una importancia económica, sobre todo en el terreno artesanal y comercial, y también como consumidoras de los productos del campo; en ellas vivía una minoría que incluía las élites que dominaban campo y ciudad en cuanto propietarias de la mayor parte de los bienes y de las tierras y en cuanto poseedoras del poder del control social. Se trataba de una sociedad pre-industrial.

 

No había mercados en el sentido moderno; las manufacturas no estaban pertrechadas, ni técnica ni económicamente, para la producción a gran escala. El transporte de grandes cantidades de mercancías era imposible. Las calzadas eran estrechas y mal conservadas. El comercio a larga distancia estaba claramente reservado a los ricos y sólo era económicamente remunerativo en el caso de productos de primera necesidad, que eran vendidos a la población a precios rebajados gracias a las subvenciones estatales, como en el caso del trigo procedente de Egipto o del norte de África, absolutamente indispensable para la ciudad de Roma.

 

En el siglo I los mayores terratenientes del Imperio Romano eran los emperadores, que amasaban grandes cantidades de tierra, tanto en Italia como en provincias, mediante confiscaciones o por vía hereditaria. A partir de mediados del siglo I se registra un incremento constante del arriendo de la tierra a agricultores libres. Estos pasaban grandes fatigas para reunir las cantidades adecuadas y dependían financiera y económicamente de los terratenientes. La inmensa mayoría de la población rural vivía entre el mínimo necesario para la subsistencia y el hambre. Las condiciones de vida en los centros urbanos de la parte occidental del Imperio Romano, especialmente en Roma, eran, en cierto modo, tolerables, no así en la parte oriental. Los soldados romanos debían ser alimentados por las respectivas provincias, por lo cual suponían un gran peso suplementario para las ciudades que hospedaban alguna guarnición y para los pueblos vecinos.

 

Lo que caracterizaba a la élite era la participación en el poder político, la riqueza y la consideración a causa de los propios orígenes. En la cima de la escala social estaría, según Juvenal, un hombre mayor, romano, patricio, nacido libre, rico y sin actividad profesional. La riqueza y los cargos políticos podían elevar de manera significativa a una persona en la jerarquía social, aunque su nacimiento no hubiera sido noble o hubiera practicado una profesión poco considerada.

 

Sólo los hombres podían ejercer las funciones políticas; las mujeres no podían llegar a ser senadores o caballeros, consejeros de las ciudades ni siquiera funcionarios de las mismas. La posición social de la mujer dependía, mucho más que la del hombre, de la familia en que había nacido o entrado por matrimonio.

 

La ropa era una propiedad preciosa que se llevaba siempre encima (quien tenía dos mudas las llevaba siempre una encima de la otra) o se guardaba incluso en un arca. La gente cambiaba rara vez de residencia y eran pocos los que subían o bajaban en la escala social, a no ser los del estrato superior. Sólo los ricos podían permitirse el consumo de carne y destacaban por su vestuario. La compra y el mantenimiento de un esclavo constituían un fardo notable. El hecho de ser esclavo no era el peor destino que cupiera imaginar: la pertenencia a una familia garantizaba un cierto sustento. Sólo intentaban huir los que tenían amos crueles e inhumanos. Peor estaban los que trabajaban en las minas, por lo general personas detenidas. Los esclavos y esclavas jóvenes eran usados como objetos sexuales por sus amos, y a veces también por las mujeres. Sólo hubo verdaderas rebeliones de esclavos en la Italia meridional y sólo en pocas provincias hubo rebeliones contra Roma con amplia implicación de la población local; sorprende la relativa calma de los miembros pobres del estrato inferior.

 

Historia social del judaísmo en la tierra de Israel y los seguidores de Jesús

 

Israel pasó en el último tercio del siglo IV a.C. de la dominación persa a la griega. Los dominadores fueron en primer lugar los tolomeos de Egipto y, a partir de la transición del siglo III al II, los seleúcidas de Siria. El ascenso de Roma aceleró el final del reino seleúcida, por lo que, tras la rebelión macabea de la mitad del siglo II, Judea pudo entrar en una fase de relativa autonomía bajo la dirección de los asmoneos. Pero, después de un período de menos de 100 años, el estado asmoneo cayó bajo la dominación directa de Roma y de sus vasallos.

 

El cambio decisivo tuvo lugar bajo la dominación tolemaica. El monarca y su familia influían decisivamente en la economía. Se reclamó como tierra perteneciente al rey el suelo del país conquistado. Todo lo que se producía se le debía en cierto modo al rey y había que hacérselo llegar, al menos en parte. Se concentró la tierra en manos de unos pocos grandes terratenientes. Aumentó la presión impositiva y fiscal. Bajo los asmoneos, los pequeños agricultores judíos gozaron, en apariencia, de un nivel de vida relativamente soportable, ya que fueron liberados, en gran medida, del peso fiscal impuesto por los seleúcidas.

 

Esta situación sufrió, a mediados del siglo I a.C., un cambio profundo por obra de Pompeyo que restableció las condiciones vigentes en tiempos de la dominación helenística. Herodes el Grande imitó a los soberanos helenísticos imponiendo tasas muy elevadas y confiscando enormes propiedades de tierras. El endeudamiento y la expropiación de los pequeños agricultores son los signos distintivos de la época romana. Se puede hablar de un proceso de empobrecimiento. Esto dio un notable impulso al bandolerismo y a la formación de movimientos revolucionarios.

 

En Israel el estrato superior estaba constituido desde la época persa por familias sacerdotales y, a menudo, también por familias no sacerdotales; pero lo que decidía la pertenencia este estrato era la estricta lealtad a la dinastía o al poder extranjero dominante. La pérdida del poder y de la influencia traía consigo la pérdida del patrimonio y de la riqueza, y a la inversa. La pertenencia a la casa reinante o al estrato superior significaba, además de la participación en el poder y la riqueza, la posesión de tierras. Herodes y sus sucesores no sólo poseyeron personalmente muchas tierras sino que también regalaron gran cantidad de ellas a sus funcionarios y protegidos.

 

El Templo era no sólo el único lugar del culto sacrificial sino también el centro de la vida del pueblo en todos sus aspectos. Para ser sacerdote o levita era preciso descender de una familia sacerdotal o levítica. Las sinagogas en Israel servían tanto para la lectura pública de la Torá y la enseñanza de los mandamientos como para la instrucción de los niños, así como para recibir a los forasteros, sobre todo a peregrinos judíos procedentes de la diáspora. Pudieron ser utilizadas también como centros de reunión local en circunstancias particulares y quizás también como lugar de custodia de distintos bienes comunitarios.

 

Los esenios de Qumrán realizaban una diferente exégesis de la Torá (Ley) y no estaban dispuestos a llegar a compromisos. Pensaban que sólo ellos representaban el pueblo de Dios o la comunidad de Israel, mientras que consideraban a todos los demás como la masa perdida que se ha desviado del recto camino. Pertenecían al estrato superior. Es erróneo suponer que practicaban la comunidad de bienes hasta el punto de suprimir la propiedad privada. Disponían de un notable poder económico.

 

Los fariseos eran conocidos por su esmerada explicación de la Torá y por la referencia a tradiciones especiales que no se encuentran en la misma. También tenían una rígida observancia  de las prescripciones relativas a la pureza ritual y a los alimentos, así como al pago de los diezmos. Procedían de los medios sacerdotales y de los escribas; estaban al servicio de la clase dirigente como burócratas, educadores y funcionarios.

 

Los saduceos eran un grupo antifarisaico dentro del estrato superior. Representaban una posición conservadora respecto a los reformistas fariseos. Rechazaban las creencias en los ángeles y en la resurrección.

 

Juan Bautista descendía de un tronco sacerdotal rural de Judea. Su movimiento tenía un cierto carácter carismático que siguió existiendo después de su muerte y también fuera de Israel. No contiene ningún programa específicamente socio-político, dirigido a la mejora de la condición socio-económica de las masas populares.

 

Los movimientos de resistencia antirromana eran conducidos en muchas ocasiones por miembros del estrato superior. Los bandoleros sociales se rebelaban contra la opresión y estaban ligados a la sociedad rural. Un semillero clásico del bandolerismo eran los pastores así como los mendigos, los agricultores reducidos a la miseria y los soldados desertores; el terreno de sus operaciones era de manera preferente las regiones de difícil acceso, como las montañas, las zonas pantanosas y los bosques, aunque también las regiones de la frontera.

 

Los objetivos elegidos por los sicarios no eran los romanos sino únicamente los miembros del estrato superior judío. Concentraban su acción en Jerusalén. Se oponían de manera decidida a quienes estuvieran dispuestos a someterse a los romanos. Reclutaban también a sus miembros del estrato superior.

 

La dirección, si no incluso la mayoría de los celotas, estaba constituida por sacerdotes, aunque no del alto clero ya que iban precisamente contra éstos. Actuaron en los años 66 al 70 d.C. Eran los más radicales de los rebeldes.

 

Los seguidores de Jesús en la tierra de Israel fueron objeto, como muy tarde a partir de los años 40, de disposiciones encaminadas al rechazo y a la exclusión. Entre ellos debemos distinguir un círculo amplio de protectores y simpatizantes, y un grupo más restringido de discípulos o seguidores, aunque los límites entre ambos fluctúan. Entre los seguidores se distingue, además, un círculo de discípulos que comparte con Jesús tareas carismáticas particulares y forman el complejo administrativo. Procedían todos originariamente de Galilea, de la orilla septentrional del lago de Genesaret. Sorprende que las capitales de Galilea (Séforis y Tiberíades) no aparezcan citadas como lugares en que Jesús ejerció su actividad.

 

Jesús era un artesano de la construcción: albañil, carpintero, carretero y ebanista al mismo tiempo. Debe ser colocado en el estrato inferior de la sociedad, igual que sus discípulos (a excepción de Zaqueo, aunque no era rico), incluidas las mujeres. José de Arimatea y algunos simpatizantes pertenecían al estrato superior local. La existencia errabunda de los seguidores de Jesús indica unas condiciones de vida por lo menos en el límite del mínimo vital, al tiempo que mantenían una relación crítica con el estrato superior y con los ricos. Se reprueba la riqueza, considerando como tal todo lo que rebasaba el mínimo vital o permitía vivir sin trabajar.

 

Forman un grupo de “desviados” pero que no tratan de romper con el judaísmo. No ponen en tela de juicio los elementos fundamentales de la fe judía.  En Jesús no se encuentra ningún vuelco programático hacia los no judíos. Lo que estaba en discusión no era la Torá sino la explicación de la misma.

 

Las reuniones y las comidas comunitarias eran ocasiones para tomar conciencia del contenido específico de la fe, de la enseñanza de Jesús por parte de sus seguidores. Tras la muerte de Jesús no cambió de manera significativa la situación social y económica de sus seguidores. Sin embargo, pasado cierto tiempo, empezaron a agregarse también judíos procedentes de la diáspora, probablemente un poco más acomodados. La vida comunitaria de la Iglesia se caracterizaba, además de por el compartir religioso y social, por un cierto compartir económico. El paso de los seguidores de Jesús al ámbito del judaísmo de la diáspora y de los no judíos está ligado, sobre todo, a las crecientes medidas negativas emitidas contra ellos.

 

Las consecuencias de la primera gran guerra de los judíos contra Roma (70 d.C.) fueron inmensas. La pequeña localidad de Yabne/Yamnia, situada en la costa de Palestina, se convirtió en el centro espiritual del judaísmo. En ella se procedió a dar forma normativa a la tradición religiosa. Se superó el fraccionamiento existente hasta entonces entre los diversos grupos judíos. La separación de las comunidades judías y cristianas tuvo lugar sólo a mediados del siglo II. Los conflictos entre ambas son sólo un aspecto de unas relaciones que fueron por lo general armónicas. Por lo menos hasta los años 132-135 d.C. debió haber comunidades de cristianos en Israel. El proceso de unificación con la consiguiente delimitación de la identidad judía fue determinante para la exclusión de los cristianos que infringían esta identidad de un modo o de otro, y lo fue menos el hecho de sus enseñanzas divergentes o sus convicciones cristológicas.

 

Historia social de las comunidades cristianas en las ciudades del Imperio Romano

 

Tenían 4 rasgos fundamentales: 1) estaban formadas por judíos y no judíos, predominando estos últimos con el paso del tiempo; 2) los judíos y no judíos establecen relaciones sociales ilimitadas; 3) son grupos minoritarios en el contexto de la mayoría social pagana; 4) existen junto a y además de las sinagogas de la diáspora. Desarrollaron cada vez más la idea de ser algo nuevo aunque con una proximidad específica al judaísmo. Los conflictos que tuvieron lugar en Jerusalén estaban relacionados sobre todo con los judíos que habían vuelto de la diáspora y habían entrado a formar parte de los cristianos; recibieron el nombre de “helenistas”. No obstante, históricamente fue en Antioquía (ciudad que mantenía muchos vínculos comerciales con Jerusalén) donde se formó por vez primera una comunidad de la que formaban parte “griegos”, es decir, gente no judía; y también en Damasco ocurrió algo semejante.

 

La palabra “Iglesia” significaba asamblea y también grupo o comunidad. Comunidades de cristianos surgieron en las sociedades mediterráneas del Imperio Romano probablemente ya a partir de los años 30. Las encontramos en principio sólo en áreas urbanas pero a comienzos del siglo II también en los pueblos. Las relaciones con los no judíos estaban sólo limitadas por las prohibiciones de relaciones sexuales y por participar en las comidas comunitarias organizadas por paganos. En Antioquía, sin embargo, empezaron a saltarse las prescripciones alimentarias, lo cual suponía una evidente desviación del comportamiento social judío.

 

Las reuniones de los cristianos tenían lugar por lo general en casas privadas, pero también había al aire libre o en locales y edificios alquilados; no había un verdadero edificio destinado propiamente a esta finalidad. Se celebraban de manera regular el primer día de la semana y estaban asociadas a una comida comunitaria. Estas asambleas de cristianos tenían cierta similitud con las asambleas de ciudadanos libres, propias de las ciudades del Imperio, pero en ellas participaban no sólo los hombres libres sino hombres y mujeres, libres y esclavos.

 

Los cristianos pertenecían a todos los estratos de la población, aunque en las comunidades paulinas se observa la ausencia del escalón más alto y del más bajo. La diferencia entre los miembros de la comunidad no era grande. La gran mayoría se ocupaban en el sector artesanal, en el estrato inferior pero por encima del mínimo vital. No había pobres de solemnidad, a no ser las viudas.

 

Al principio no hubo persecución contra los cristianos como tales sino más bien acusaciones por delitos concretos (p.e. no participación en el culto al emperador, provocación de desórdenes públicos…). Con Plinio (hacia 117 d.C.) cambia la situación sometiendo expresamente a juicio por el mero hecho de ser cristiano: se presenta a los cristianos como judíos rebeldes en el ámbito mundial y como partidarios de un judío que pretende ser rey, lo que constituía alta traición. Hay una clara tendencia hacia una creciente criminalización de los cristianos. Se les aplicaron los antiguos prejuicios contra los judíos. La población les cogió antipatía porque consideraban que pisoteaban o infringían las normas o reglas de la sociedad mayoritaria.

 

Roles y condición social de las mujeres en el mundo mediterráneo y en el cristianismo primitivo

 

En principio, el lugar de las mujeres era la casa y el de los hombres la vida pública, siendo éstos los dominadores. Las mujeres, no obstante, participaban en la vida pública en los más variados contextos, incluidas las cortes de justicia, y eran miembros de asociaciones sociales. Pero la administración de la ciudad estaba reservada a los hombres. No podían votar ni tomar la palabra en la asamblea popular, lo cual no significa que no tuvieran influencia política, sobre todo las de las familias dominantes de la élite. Participaban en las manifestaciones oficiales (p.e. en el teatro) y salían de casa por otros motivos. Participaban en las fiestas de manera activa (p.e. en los coros). Pero su presencia pública seguía siendo limitada respecto a la de los hombres o era considerada inconveniente y expuesta a la sospecha de ser consideradas como disponibles desde el punto de vista sexual (sobre todo en los banquetes). En las casas pudientes tenían reservada un ala o parte del edificio, mientras que esto no era posible en las de los pobres. Había también mujeres acomodadas que no necesitaban trabajar y que hacían trabajar a otros por ellas.

 

En el séquito de Jesús había también mujeres, aunque podrían ser más bien “acompañantes”. Pertenecían al estrato social inferior; su comportamiento en público inducía a considerarlas como mujeres de dudosa fama. Esto no significa que los seguidores de Jesús formaran un movimiento emancipado que perseguía a sabiendas la igualdad entre hombres y mujeres, ni tampoco eran un grupo que trataba de superar las normas patriarcales del judaísmo.

 

También desde el principio hubo mujeres en las comunidades de cristianos del Imperio y formaban incluso parte del núcleo constitutivo; la mayor parte de ellas pertenecía al judaísmo de la diáspora o a los círculos de simpatizantes del mismo. Pertenecían en su inmensa mayoría al estrato inferior. Entraron en la comunidad gracias al éxito de la misión entre los judíos de la diáspora y a la conversión de las casas. Se bautizaba del mismo modo a hombres y mujeres, tanto juntos como por separado, o casas enteras. El bautismo simbolizaba la unidad y la ausencia de diferencias. Las mujeres participaban también en las funciones directivas espirituales. A una mujer (Junia, Rom 16,7), incluso, se le atribuye de manera explícita el título de apóstol en el NT. Otras son llamadas colaboradoras en la proclamación de la misión. Una tal Febe (Rom 16,1s) era diaconisa, otras profetisas (1Cor 11,5). En Corinto participaban activamente en las asambleas comunitarias, pero pronto en las comunidades paulinas empiezan las restricciones hasta el punto que Pablo critica que oren y profeticen con la cabeza descubierta y les ordena que callen en la asamblea comunitaria (1Cor 14,33b-36). En el fondo está la sumisión de la mujer al hombre, que remonta a la creación (1Cor 11,8s). Pablo está en contra de que se intercambien los papeles masculinos y femeninos, de ahí su crítica a la homosexualidad. Todo lo más tarde a finales del siglo I el papel de las mujeres creyentes en Cristo fue adaptado de un modo todavía más decidido al ideal tradicional de la mujer.

 

Pablo no se opuso a la participación de las mujeres en el anuncio misionero o en las celebraciones cultuales, como ocurría en la cultura grecorromana. Sólo pide que las mujeres se pongan el velo y que callen en la asamblea comunitaria, siguiendo la cultura de la época. El apóstol estaba interesado en un comportamiento congruo, desde el punto de vista cultural, en vistas a la irradiación hacia el exterior de los cristianos. El creciente deseo de reconocimiento de las comunidades cristianas por parte de la sociedad mayoritariamente romana condujo a limar los comportamientos políticos y culturales de los grupos de creyentes en Cristo.