HOMILIA DEL ARZOBISPO

(Eucaristía de la misa de apertura de los 50 años de la parroquia, el 14.1.2012)

 

Un saludo muy especial a D. Elías que nos acompaña esta tarde en la celebración de la eucaristía. Al Sr. Cura Párroco, D. José, y al Sr. Vicario Parroquial que le asiste y que comparte el ministerio con el Sr. Cura, D. Iván. Un saludo también muy entrañable a todos los sacerdotes que nos acompañan porque hay que reconocer que la convocación ha tenido un éxito especial, están prácticamente todos los párrocos, bueno algunos ya están con el Señor, pero muchos… Veo a D. Jesús, a D. Daniel, no me acordaré de todos, por supuesto. Otros que no han sido párrocos pero que han estado muy especialmente vinculados. Aquí veo a un hermano joven que ha sido párroco pero al que no había visto desde hace un par de años, D. José Manuel, claro. Es que está ejerciendo su ministerio sacerdotal en una diócesis sufragánea, en Tarazona. Bueno, pues no nos vamos a disgustar si alguno no es mencionado por el Obispo. Y después un saludo cordialísimo a todo el Pueblo de Dios aquí congregado (los curas también formamos parte del Pueblo de Dios).

 

Es un día hoy muy especial. Comenzamos hoy a celebrar… bueno, no me he acordado de saludar al Sr. Vicario Episcopal, pero él lo dispensará, a D. Javier. Hoy es el día de la apertura de este año celebrativo de las Bodas de Oro de la fundación de la parroquia. Se cumplen este año de gracia de 2012 los 50 años de la fundación de la parroquia. Nos situamos en 1962 cuando era pienso todavía Arzobispo Metropolitano de Zaragoza D. Casimiro Morcillo. El año pasado tuvimos 13 celebraciones de bodas de oro de 13 parroquias. Y este año pues abrimos las celebraciones de las bodas de oro de las parroquias o de fundación con ésta. Me han dicho que D. José pues tiene programados un montón de actos que con vosotros ha ido elaborando de forma que se va a tener la oportunidad de tener un año denso de celebraciones. Felicito a D. José y a la parroquia por estar todos tan vivos, tan frescos y por querer conmemorar, como decimos coloquialmente, como Dios manda pues esta efemérides parroquial.

 

Acabamos de escuchar un fragmento del Evangelio de Juan en el cual pues perteneciendo como pertenecía el apóstol Andrés, el que después sería apóstol Andrés, hermano de Simón el futuro Pedro, pertenecía al grupo de Juan Bautista, y estando con Juan Bautista de pronto Juan Bautista se dirige a Andrés y le dice “Mira, ahí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, refiriéndose al Señor, refiriéndose a Cristo. Dice el texto evangélico que Andrés dejó a Juan y siguió al Señor. Este hecho, el seguimiento de Cristo, es el que marca con claridad y lo que nos dice qué es una parroquia. Una parroquia es una comunidad de fieles. Dice el Código de Derecho Canónico que de carácter estable, que el Obispo confía a un presbítero al que pone al frente de esa comunidad estable de fieles para que esa comunidad con el presbítero a la cabeza, el presbítero que representa sacramentalmente al mismo Cristo, conduzca a esa comunidad hacia Cristo y al mismo tiempo convierta a esa comunidad en signo eficaz de la presencia de Cristo en el contexto en el cual esa comunidad está implantada. Vosotros desde hace 50 años aquí en este barrio de Delicias habéis sido una comunidad de creyentes que presidida por un sacerdote representa sacramentalmente al Señor y que le hace especialmente presente en la eucaristía y en los demás sacramentos; una comunidad que ha sido evangelizada y al mismo tiempo ha sido evangelizadora. Porque todos, queridos hermanos, en la comunidad cristiana bien hayamos recibido el sacerdocio real de Jesucristo a través de los sacramentos de iniciación cristiana, bautismo, confirmación, eucaristía, o bien pertenezcamos al orden sacerdotal, por tanto, participemos en el sacerdocio ministerial de Cristo, todos somos llama ardiente, antorcha de Cristo, signo eficaz de Cristo, y todos recibimos la llamada para anunciar al Señor, para celebrarle, para hacerle presente, para mostrarle como lo que Él es, el Cordero sin mancha ni arruga que quita el pecado del mundo. Eso es lo que vosotros, presididos por vuestros sacerdotes respectivos en cada momento, desde el año 1962, habéis sido siendo en esta barriada de Delicias. Signos vivos, testigos de Cristo, al que habéis anunciado a vosotros mismos para ir caminando en la perfección e ir logrando la santidad a la que estamos todos llamados, y al mismo tiempo para irlo mostrarlo a los demás. Cristo es la luz de las gentes, la luz de los pueblos y, por tanto, el cristiano ha de ser “cristóforo”, esto es, portador de Cristo ante sí mismo y ante los demás.

 

Esta parroquia ha estado especialmente viva, se ha distinguido por la evangelización constante y al mismo tiempo se ha distinguido mucho por el cultivo de todos los carismas. Recuerdo al principio de la eucaristía, en la monición introductoria, cuando D. José da a conocer las distintas realidades eclesiales que han ido creciendo en esta parroquia. No acaba nunca, siempre mentaba más y temía dejarse alguna en el tintero, diciendo que se había preparado perfectamente bien para no olvidar a nadie. Pero han sido muchísimas las realidades eclesiales mentadas. Si conectamos con el texto del Antiguo Testamento que ha proclamado la vocación de Samuel aquí el Señor ha ido llamando y todos han respondido, todos han sido plenamente conscientes de que por estar bautizados, por tanto, por participar en el sacerdocio real de Cristo, son sacerdocio creado, nación consagrada, pueblo escogido. Todos tienen un lugar, un puesto en la comunidad eclesial. Todos anuncian a Jesucristo, de forma diversa, por supuesto, pero todos.

 

Yo pido al Señor que, pasados estos 50 años, este carácter de la parroquia, de una parroquia evangelizada y evangelizadora, no se pierda. Que conservéis siempre ese ánimo y esa pasión de crecer en el conocimiento de Cristo y, al mismo tiempo, de anunciar a Jesucristo para que se cumpla la voluntad del Señor. Que no haya más que un rebaño y un solo pastor.

 

Vivimos tiempos significativos, mañana celebramos el Día de las Migraciones. El Papa ha escrito una carta muy importante, muy densa, en la cual pues nos dice, nos invita a que cuidemos a nuestros hermanos los inmigrantes, los que llegan de fuera de nosotros buscando trabajo; el trabajo está escaso, muy escaso, habida cuenta de la crisis en la que estamos envueltos, pero el inmigrante, el que viene a nuestras tierras buscando mejores condiciones de vida aún está peor de lo que estamos nosotros los nativos, por tanto tenemos que acogerle. Pensemos en lo que nos dice San Mateo en el juicio a las naciones: “Al final pues reunirá a unos y reunirá a otros y dirá a unos venid benditos de mi padre porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me distes de beber, estuve enfermo y me visitaste, en la cárcel y viniste a verme, fui forastero y me hospedaste”. Hay que acoger al inmigrante porque es un hermano nuestro, la imagen de Dios está reflejada en él como está reflejada en cada uno de nosotros. Que el Señor no nos diga al final “Vete lejos de mí porque tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me diste de beber, estuve enfermo y no me visitaste, en la cárcel y no viniste a verme, y fui forastero y no me hospedaste.

 

Aparte de que el forastero, el de fuera, el que viene a vernos, es el reflejo mismo de Cristo y no recibirle a él es no recibir a Cristo mismo que está especialmente presente en él, al mismo tiempo la presencia de tantos inmigrantes constituye, dice el Papa, una oportunidad para anunciar el Evangelio. Unos vienen de contextos en donde se ha anunciado el Evangelio muy bien, ha crecido el Evangelio y la conciencia de Cristo está especialmente despierta. Ellos vienen a nosotros y contribuyen a evangelizarnos. Hay otros, por el contrario, que vienen de fuera de nosotros de contextos fríos en donde todavía no se ha anunciado al Señor o si se ha anunciado pues no ha crecido la conciencia del Señor ni la fe en Él. Por tanto a éstos tenemos que salir a su encuentro para anunciarles el Evangelio.

 

Queridos hijos os deseo que viváis un año de celebraciones de esta gran efemérides de la parroquia que cumple 50 años de existencia. Que conserve la parroquia el carácter evangelizador que ha tenido y que conserve la parroquia el haber sido una comunidad en la que han crecido todos los carismas. Han crecido todas las formas de anuncio del Evangelio y en la que cada cristiano y cada fiel ha sabido encontrar el lugar que le corresponde en el Pueblo de Dios. Pedimos en esta eucaristía por todos los hermanos a los que se refería el Sr. Cura pues que ya han pasado de este mundo al Padre, de esta vida a la Vida Eterna. Y pedimos también, ¡cómo no!, por nuestros hermanos enfermos, por aquéllos que son probados especialmente por Dios como oro en el crisol, pedimos por ellos para que el Seños les cure y nos cure a todos de las enfermedades físicas y de las enfermedades espirituales, porque el cuerpo puede estar enfermo pero el alma está también enferma y necesita de curación.

 

Quiero felicitar al Sr. Cura por su gran ánimo y por haber trabajado como ha trabajado junto con su asistente, con su hermano de ministerio, en preparar este año celebrativo, porque va a ser un año extraordinario. Y aunque sé que no me lo perdonará, pero es igual, yo pido para nuestro párroco un fuerte aplauso. [Aplausos durante 38 segundos. El Obispo abraza al párroco].