CRÓNICA HOSPITALARIA (1)
Cuando padeces alguna enfermedad te das cuenta de que a tu alrededor hay muchas otras personas en tu misma situación. Pero hasta ese momento no lo sabías. ¿Por qué? Seguro que hay un cortocircuito por alguna parte; seguro que tus intereses no te ayudaban a adentrarte por esos senderos del conocimiento; seguro que las noticias que nos llegan no nos acercan el dolor sino tan sólo caminos de supuesta felicidad con precio tasado.
Por eso, hoy quiero contar mi experiencia en un hospital a lo largo de unos cuantos días. Algo sobre lo que no solemos escribir, pero que es tan real como la vida misma. Lo hago para ayudarnos a afrontar esa otra cara de nuestra existencia a la que no solemos dar mucha publicidad, si exceptuamos la que le dan los ancianos enroscados en sus múltiples dolores a los que escuchamos como al abuelo que cuenta sus batallitas que en nada parecen afectar a nuestra saludable vida corporal.
Por eso hoy quiero contribuir a acercar la enfermedad a nuestra vida diaria. No para fastidiarnos la tarde o por mor de exhibicionismo, sino para asumir que la vida también es eso, aunque nos esforcemos en potenciar cuerpos danone y lucirlos por las pasarelas callejeras. Soy partidario de la claridad, de la diafanidad, de no cambiar de nombre a lo que ya lo tiene, de mirar al dolor de frente aunque con respeto. “¿Qué le decimos a la gente?”, me preguntaban los que en mi parroquia conocían mis avatares corporales. Y yo siempre respondía: se les dice la verdad, que siempre es más bella que la ocultación que da pábulo a rumores de todo tipo. No estoy indispuesto, no estoy en observación para ver qué es lo que tengo: padezco cáncer de colon. Así, sin más. Así lo he dicho a cuantos me han preguntado. “Hace días que no te vemos por aquí, ¿has estado de vacaciones?”, me lanzaron al vuelo mis amigos de la carnicería. “Es que tengo cáncer y he estado ingresado en el hospital mientras me hacían pruebas para determinar su alcance”, contestaba yo ante la mirada asustada del buen dependiente, el cual, supongo que más por él que por mí, y tras superar unos instantes de estupor, añadía: “Y antes de descubrirlo, ¿tenías síntomas?”. Y yo se lo explicaba, sin caer en el morbo, pero con la naturalidad de quien sabe que es una putada pero no el fin del mundo. Y es por eso por lo que hoy voy a recordar, en texto fácil o ameno teñido incluso del humor irónico que me caracteriza, aquellos días de la segunda quincena de junio.
Cuando cerca de la hora de comer recibí una llamada del Miguel Servet para comunicarme-casi mandarme que a las siete de la tarde tenía que ingresar en el hospital, un cierto estremecimiento recorrió mi cuerpo y mente, dándome cuenta de que había llegado la hora de la verdad, que aquello iba en serio. Me llamaban para hacerme las pruebas pertinentes (que se suponía se agilizarían estando ingresado), una vez comprobada en la colonoscopia del lunes mi situación cancerosa. Rápidamente comuniqué a mi familia la inminencia del ingreso y se organizó un plan de acompañamiento para llevarme allí en coche.
Escoltado
por dos de mis hermanas subí a la planta
En la habitación 801 me encontré a un compañero de habitación unos diez años mayor que yo, tumbado en la cama pasando una mala tarde a causa de que lo estaban preparando con pócimas de sabor incierto a la prueba que iba a tener lugar al día siguiente. Con él estaba Maite, su mujer y una de sus hijas. Sin que yo les informara de nada, descubrieron que el nuevo vecino que acababa de llegar era un cura. ¡Para que luego haya quien diga que debemos llevar vestimenta oficial que nos acredite! Nos descubren incluso en la playa en traje de baño, o en un hospital en pijama, como era el caso. Deposité mis cosas en la taquilla que se me asignó, algunas de ellas inútiles porque había planificado mi “maleta” casi como si de un viaje de varios días se tratara, incluyendo hasta pijamas. Lo que hace el no saber y el ser novato.
Una vez empijamado, instalado y saludado, yo no sabía lo que había que hacer pues las enfermeras no me habían informado. Pero al poco vino una de ellas (o auxiliar, o qué sé yo, porque a los curas se nos conoce a la legua pero yo a lo largo de los días no llegué a apreciar con total precisión quién era médico, quién enfermera, quién auxiliar o incluso quién era celador; a las de la limpieza se las distinguía mejor por su uniforma azul, a diferencia del blanco de todas las anteriores), vino, digo, a tomarme la tensión que la tenía algo más alta que de costumbre. “Será por los nervios del ingreso”, me aclaró. Será, pensé.
A las ocho la cena. Se abrió la puerta y unos brazos amigos colocaron sobre nuestras mesillas un envase de plástico fuerte. Lo descubrías y allí estaba todo, como cuando te colocan la comida en el avión: una sopa tipo sémola, o a veces “ilustrada” (lo digo por las letras que contenía), o en ocasiones más cerca de un puré que de otra cosa. Pero sin sal. ¡Vaya! Un pescado hervido, aunque había días en que se convertía en un pedazo de carne, en una hamburguesa o incluso en salchichas. Y, lo mismo siempre, un yogurt sin azúcar para finalizar. Yo, que nunca perdí el apetito y que lo mantengo intacto también hoy día, atacaba presto y en cuestión de minutos incorporaba las viandas a mi sustancia, mientras el vecino no estaba para muchas bromas y cuando se disponía a iniciar el supuesto festín, yo ya había dado buena cuenta del mío. Esas comidas de hospital que repetían siempre el mismo esquema, fuera al mediodía o a la cena. Esos desayunos de café con leche y dos paquetitos de galletas no fibrosas. Esas merendolas a base de yogurt y otra ración galletil. ¡Cuánto agradecí a Mónica, la hija del vecino, aquella ración de tortilla de patata con la que nos obsequió una mañana en el desayuno, comiéndomela casi como a escondidas para no ser visto por las damas de blanco hospital!
Mis hermanas ya se habían marchado. La familia del vecino se nos despidió en torno a las nueve. Y empezó la noche a partir de aquel momento. Mi vecino no se movía de su lecho, los ojos cerrados como invitando a que yo apagara las luces, pero muy discreto. Yo en pijama como un gilipollas, sin nada que me doliera, sin un medicamento que llevarme a la boca, sin saber a qué costumbres agarrarme. No era cosa de encender la televisión pues era de pago, yo no tenía ficha y mi vecino tampoco lo hubiera agradecido. Salí al pasillo pero allí no había ambiente de nada, con las últimas visitas evacuando. Paseé como un zombi con rumbo a ningún sitio y opté finalmente por lo que me pareció más oportuno: encenderme la radio y tumbarme a escucharla.
Transcurridas como dos horas, yo sin dormirme, cambió repentinamente el panorama: se abrió con un cierto estrépito la puerta de la habitación, se encendieron todas las luminarias y algo que me pareció como una legión de enfermeras irrumpió de lleno en nuestra estancia. Cosas de los protocolos hospitalarios, ya lo sé. Su atención se dirigió hacia mi vecino, que cómo estaba, que le iban a cambiar el gotero y cosas así. Al final una me preguntó si quería tomar algo, pero yo no suelo hacerlo una vez acostado y rechacé con educación la inesperada oferta. Apagaron las luces una vez culminada su tarea y se marcharon; aunque no tardarían en volver, en ocasiones incluso reclamadas por el timbre de mi compañero.
Continuó la noche con dimensiones eternas. Yo no conseguía pegar ojo a causa de la novedad, de los asaltos nocturnos periódicos del personal hospitalario, de las visitas al baño (mi compañero con el gotero a modo de báculo episcopal) y sobre todo de aquella cama deformado su colchón por las múltiples ocasiones en que girando una manivela habían ido levantando su cabecera para facilitar la posición del paciente. Aquella noche el pasillo me pareció casi tan animado como mi calle en plenas fiestas del Pilar: se oía todo, las conversaciones, el abrir y cerrar puertas, las llamadas de teléfono, etc. A duras penas conseguí amodorrarme y de repente alguien me despertó a las siete de la mañana enfilándome con un gancho hacia mi boca. Adormilado como estaba reaccioné primariamente abriendo la misma sin más y que sea lo que Dios quiera. “El sobaco”, me dijo mientras me abría la camisa del pijama. Se trataba de la rutinaria y matinal toma de temperatura, inútil en mi caso ya que nunca pasé de 36 y ni siquiera era informado de la misma porque no merecía la pena. En cambio, mi compañero superaba los 38 y lo tuvieron unos días a base de medicamentos para rebajarle la fiebre.
Antes
de las ocho di fin a mi encamada, tan poco descansado
como cuando me acosté. Pedí gel para ducharme y me
dieron una esponja que ya lo contenía, aunque lo cierto es que nunca me
convenció este sistema y procuraba completarlo con jabón normal. Y a esperar lo
siguiente. Di vueltas y vueltas por los pasillos para estirar las piernas,
mientras escuchaba las noticias de la radio. A las nueve nos sirvieron el
desayuno y decidí organizarme el tiempo ya que nadie me lo organizaba. Me
agarré a
Mónica subía el Heraldo y me lo dejaba. Mi hermana me había regalado un libro de sudokus y todos los días solucionaba unos tres. Y yo me había traído varios libros, concluyendo el primero de ellos en mis primeras 24 horas hospitalarias. Paseaba con él entre las manos, como en la playa pero sin sol, resultando ser el intelectual de la planta. Y recibía visitas, cada día más frecuentes. O incluso me llamaban directamente al teléfono de la habitación, lo cual convirtió a Ana, la hija mayor de mi vecino, en mi mejor secretaria, que salía al pasillo para avisarme. Pero también me quedaba en la habitación conversando con Maite, la mujer del vecino, recordando sus orígenes que en parte pasaban por mi pueblo, Barbastro. Conversaciones de hospital, rellenando huecos de un tiempo que pasaba lentamente, añorando tiempos mejores, inciertas en perspectivas de futuro.
Nos
tomaron la tensión. Bajaron y subieron a José a la prueba de colonoscopia, le
aplicaban calmantes mientras su vientre se hinchaba más y más, punzándole en
ocasiones para extraerle hasta más de
(Continuará)
Pepe Nerín
13.7.2009