CRÓNICA HOSPITALARIA (2)

 

            El permiso de fin de semana resultó ambivalente. Por una parte, recobré mi identidad casera, mi territorio, mi libertad de movimientos y, especialmente, mi cama y la tranquilidad de no ser sobresaltado varias veces a lo largo de la noche. Dormí de tirón, espanzurrado en cama normal, envuelto en el silencio. Recobré las comidas con sabor, sin restricción de sal ni de cantidades. Mi ordenador y el correo electrónico. Recuperé sobre todo el contacto humano sin restricciones de horarios. Me acosté como de costumbre, es decir, dos horas después de lo que solía hacerlo en el hospital. Volví, en definitiva, a reencontrarme con mis circunstancias, incluidas las altas temperaturas de las que en mi habitación de enfermo me había librado.

 

            Pero, al mismo tiempo, pendía sobre mí, cual espada de Damocles, la orden de regresar el domingo a las siete de la tarde, lo cual convertía en provisional lo que hasta pocos días antes era lo normal en mi vida. Y el reloj comenzó a convertirse en un enemigo implacable, no tanto el sábado pero sí el domingo. Jugaba en contra mía y yo lo sabía. Era de nuevo el recluta al que poco a poco se le iba acabando el permiso.

 

            Por otra parte, me sentía débil y con la tensión sanguínea por los suelos. Me acerqué al Pilar para dar gracias y asistir a la eucaristía dominical, al no encontrarme con demasiadas fuerzas para acercarme a mi parroquia. ¡Hay que ver lo que desgastan tan sólo dos días en un centro hospitalario!, aunque habría que añadirles el resto de la semana desde que el lunes se me detectó el tumor. Permanecí la mayor parte de la misa sentado, “escuchando” una misa correcta pero fría para lo que yo estoy acostumbrado y sin acabar de integrarme en un templo tan distinto al de Begoña.

 

            Mis sobrinos vinieron a buscarme para subirme de nuevo al hospital. Previamente me ayudaron a desconectar la batería de mi coche, habida cuenta de que no iba a poder utilizarlo en una larga temporada. Juan Carlos me acompañó hasta la habitación, a la que me fui acercando como veterano que ya conoce el camino, y fue testigo de la nueva entrega del pijama y material complementario. Tuvimos un reencuentro gozoso con la familia de la habitación, a la que al irme había confirmado que me guardaban la cama ante la alegría de ellos.

 

            La rueda volvió a girar con la toma de tensión y la cena frugal a las ocho. Tras la misma todo pareció acelerarse y me tumbaron en la cama para practicarme un electrocardiograma que debí superar con éxito ya que nunca más volvió a hablarse del mismo. La noche se adueñó de nuestras vidas repitiendo las escenas ya conocidas y por la mañana me extrajeron sangre antes de levantarme para llevar a cabo un análisis tumoral de la misma.

 

            A partir de aquel momento ya no hicieron nada más conmigo si bien a última hora me confirmaron que al día siguiente me harían la prueba del scanner. Yo era consciente de que en gran medida se estaba jugando mi futuro porque quedaba pendiente una cuestión fundamental: saber si el tumor estaba localizado y circunscrito a una zona o si por el contrario había metástasis. Por eso fueron unos días de cierta preocupación, agudizándose entonces mi sensibilidad para captar no ya sólo lo que me iban diciendo de palabra los médicos sino especialmente lo que yo intuía a través de su lenguaje corporal. Es muy importante, por consiguiente, que los que se acercan a los enfermos transmitan con palabras y gestos mensajes positivos. Mi madre siempre decía que cuando visitáramos a un enfermo no fuéramos con cara de tristeza sino a transmitirle alegría, no a contarle penas o casos dramáticos semejantes al suyo sino a infundir esperanza y actitudes positivas ante la vida, no con cara de angustia sino de vitalidad. El enfermo capta las miradas de los otros tanto como sus palabras y yo percibía cuándo una visita venía con “miedo” a verme (miedo a encontrar una persona sumida en el dolor, en el desánimo, miedo a no saber qué decir o qué sé yo) y cuándo lo hacía con serenidad y ganas de serme útil en mi posible recuperación. También mis hermanas tuvieron visitas de todo tipo, algunas plañideras, mientras esperaban a que yo saliera de alguna de las pruebas. A algún amigo tuve que cortarle cuando relató situaciones que erizaban los pelos y yo recordaba el calvario que pasó mi madre cuando al morir mi padre las visitas de pésame no hacían más que aportar escenas truculentas, como si eso fuera aquello a lo que las costumbres obligaban.

 

            El horizonte comenzó a despejarse cuando se me confirmó que el análisis de sangre no había dado cifras desmesuradas sino más bien comedidas. Las caras de los sanitarios comenzaron a emitir luces más brillantes. Al día siguiente el scanner descartó la metástasis y una sensación de alivio recorrió todas mis venas. Una celadora que arrastraba a un paciente en silla de ruedas me acompañó por mil y un pasillos, ascensores y laberintos hasta la sala en que iba a ser contrastado. En la antesala me rodearon otros también con su silla y yo de nuevo descubrí que mi situación era privilegiada pues todos los recorridos los hacía por mi propio pie. Con todo, lo que sí se produjo fue una inmersión lingüística en sus conversaciones que siempre giraban en torno a las circunstancias sanitarias de cada cual. Descubrías al veterano que ya había pasado por la prueba varias veces, al amargado que no acababa de aceptar su situación y se lamentaba de sus males, a la mujer que trataba de darse ánimos a sí misma sintiéndose en buen estado de forma. Finalmente, la prueba resultó sin complicaciones y realizada por un enfermero que desde el comienzo me inspiró confianza. ¡Qué importante es que los sanitarios te traten con naturalidad, con semblante agradable, conversando contigo como si tal cosa!

 

            Y entonces empezó una larga espera antes de que me realizaran las dos pruebas que me faltaban: la resonancia y una nueva colonoscopia. El martes a las diez reforcé mi papel de “paciente” viendo cómo pasaba ese día y los siguientes sin que fuera reclamado a nuevos análisis. Pero ya para entonces los medios a mi disposición habían aumentado y el tiempo no se me hacía largo sino que casi me faltaban horas. Juan Carlos me convenció de que me vendría bien disponer de un ordenador portátil y Ana Delia me prestó el suyo, con lo cual se me abrió una ventana más al mundo y tuve acceso a toda la prensa diaria sin necesidad de pasar por el kiosco, así como a mi correo electrónico e incluso a los partidos de la Copa Federación que se transmitían vía Internet desde Sudáfrica. Bueno, eso parecía en principio, porque luego resultó imposible ver en él la derrota de España ante los yankis y tuvo mi sobrino que comprar una carísima ficha para utilizar la tele de la habitación con permiso de mi vecino. Pero a partir del día siguiente se cumplió el colmo de un hospital: meter en él un ordenador y sacarlo infectado de virus hasta el punto que quedó bloqueado. Se lo comenté al doctor en su visita diaria pero estaba claro que hasta allí no alcanzaba su competencia.

 

            Fuera de los que compartíamos habitación  y de los familiares, el hospital estaba lleno para mí de personas sin nombre. Bueno, conocía el del jefe médico de la sección, porque figuraba en un tablón a la entrada de la planta, pero desconocía y desconozco el de su médico auxiliar, el de las enfermeras y del resto del personal sanitario. La mayoría de ellos, en cambio, sí que me llamaban por mi nombre y algunos conocían mi condición de cura, lo cual no les alejaba de mí sino más bien yo percibía todo lo contrario. Los pacientes, todos en pijama, no nos conocíamos por el nombre pero a base de toparnos en los pasillos nuestras miradas se iban tornando cada día más amistosas y nos saludábamos sin apenas intercambiar conversación. Pero nos sabíamos colegas que comparten una situación no deseada ni envidiada. El dolor y las situaciones difíciles acercan a las personas y eso fue lo que nos sucedía.

 

            No todo era tristeza ni preocupación. En absoluto. Había momentos divertidos, como cuando las auxiliares nos hacían las camas y se organizaba como una especie de tertulia en torno al fallecimiento de Michael Jackson, a las curas contra el cáncer en Estados Unidos de la Rocío Jurado o en torno a lo que fuese. Entonces se creaba un cierto ambiente marujil que resultaba simpático. La mujer de la limpieza era un encanto a la par que sumamente discreta y respetuosa; te despedías de ella al marcharte de permiso y te saludaba al lunes siguiente preguntándote cómo había ido mi vida extrahospitalaria. Pero de ninguna de ellas llegué a conocer el nombre.

 

            Las visitas fueron en aumento a medida que el personal llegaba a conocer mi ingreso. La primera visita era la de Ramón, a las ocho de la mañana antes de incorporarse a su trabajo en la Universidad, trayéndome el periódico e incluso croasanes con los que complementar mis frugales desayunos. El primer día me cogió a medio afeitar y tuve que acompañarle pasillo arriba pasillo abajo con media cara afeitada y la otra sin rasurar. Me sentía como S. Felipe Neri que salía de esa guisa a la calle para que se riera de él el personal cuando captaba que su fama subía como la espuma entre la gente. Yo no lo hacía por eso, sin embargo, sino por no forzar al amigo a esperarme, a parte de que en pijama todos nos parecemos bastante. Hubo quien me regaló algún libro. Mis hermanas, por supuesto, me aportaron las galletas que compraban en la tienda mejorando la calidad de las hospitalarias, y las que me correspondían acabaron en medio de una tertulia de mujeres nicaragüenses, una de las cuales visitaba a mis vecinos. Me prestaron un ipod (no sé muy bien si se llama así o mp3) para escuchar radios y músicas. Pero lo importante era la presencia de personas amigas que me hacían compañía, empezando por mis hermanas que no faltaban ningún día y por Juan Carlos que, al trabajar en quirófanos del Servet, aprovechaba sus tiempos libres para estar conmigo. Gentes de la parroquia, amigos de toda la vida, mi vicario de zona, colegas en el sacerdocio, parientes, personas que me daban ánimos aportándome su propia experiencia, como Marita, con metástasis desde hace años y que me invitaba a luchar contra viento y marea. “Y si tuvieras metástasis tampoco se acaba el mundo”. Cualquier hora les era favorable y a mí nunca me parecieron inoportunas, marchándose algunas cerca de las diez de la noche. Bastantes vinieron a visitarme en fines de semana sintiéndose frustrados al no encontrarme. Yo, que coordino el equipo de visitadoras de enfermos de la parroquia, nunca me volqué tanto en mis visitas a los hospitales y pienso que recibí una gran lección de dedicar tiempo y apoyo a quienes lo necesitan por su situación de debilidad. Y los que no podían acercarse me llamaban por teléfono, sumando su voz amiga a la gran sensación de compañía que yo experimentaba.

 

            El médico, en su visita diaria, cada vez me dedicaba menos tiempo una vez que me confirmó mi estado. Le pregunté si me iba a recuperar y me contestó que a recuperar y a curar. “¿Cuándo estaré curado?”, le insistí pensando en el día en que podría volver a trabajar en la parroquia. “A nadie consideramos curado de cáncer antes de 5 años”, me respondió. “Hay que seguir haciendo revisiones para evitar que el mal pueda reproducirse”. Me aclaró que para reincorporarme al trabajo necesitaría de diez a doce meses y me adelantó el proceso a seguir: primero radio y quimioterapia para reducir el mal, luego operación y tras ella de nuevo quimioterapia. Todo esto me lo expuso con serenidad y seguridad al tiempo que le quitaba dramatismo. Ésta fue la conversación más larga que tuvimos y en los días sucesivos hablábamos de los virus del ordenador, al tiempo que casi me pedía perdón por el retraso del resto de las pruebas. Estábamos ya a jueves y no me habían reclamado para la resonancia por lo cual solicité irme de nuevo a mi casa ya que la próxima prueba se retrasaría como mínimo hasta el próximo martes. Le pareció normal mi solicitud y me dijo que esperara hasta las tres de la tarde, pasada la cual podría irme. Comí y aguanté hasta ese momento y cuando iba a despedirme de la enfermera de la barra, ésta prohibió mi marcha alegando que el médico no le había entregado mi solicitud de alta voluntaria. Frustrado volví a mi habitación y no pude escaparme hasta el viernes, tras recibir las disculpas del médico por la poca diligencia con los papeles.

 

            Lo único positivo de la demora era que ello indicaba que no se consideraba urgente mi situación. En cambio, la de mi vecino empeoraba por días. De nuevo tuvieron que hacerle una punción para extraerle líquidos del vientre y la preocupación aumentaba en los rostros de los familiares. Cuando le metieron un parche de morfina aquello indicaba que no había remedio. Él no deseaba más que salir de aquel recinto y disfrutar en su casa de Arguis, en su huerto y con los suyos. Pero todo apuntaba que difícilmente iban a cumplirse sus sueños. Sus mujeres mantenían el tipo con elegancia y con especiales muestras de cariño, le lavaban y cuidaban con esmero, pero cuando salían de la habitación les faltaba poco para desmoronarse. Una tarde me contó su historia mientras perdía su mirada en el techo, sus traslados como director de banco, los trabajos y operaciones de su mujer, el nacimiento de sus hijos, su nuevo piso en el que tan a gusto se encontraba y yo me limitaba a hacer de notario no oficial dando fe de que su vida había tenido sentido.

 

(Continuará)

 

Pepe Nerín

14.7.2009