CRÓNICA HOSPITALARIA (y 3)

 

            Aquel viernes de mi segundo fin de semana con permiso, mis hermanas prepararon una suculenta merienda cena, con la tortilla de patata como protagonista, para compensar las carencias alimenticias del hospital. Nos reunimos todos en mi casa y saboreé el placer de la recuperada “libertad” y la libertad de obtener “placer” con los alimentos. Se notaban mis diez kilos de menos y me convertí en insaciable. Tan es así que, una vez que se hubieron marchado, y llegada la hora habitual de la cena, ni Juan Carlos ni yo hicimos ascos a sentarnos de nuevo a la mesa y nos atrevimos con nuestra cena tradicional de siempre.

 

            De nuevo repetí en mi vivienda la sensación de provisionalidad, pendiente del regreso al centro hospitalario. Decidimos telefonear para solicitar que se retrasase mi reingreso hasta el lunes a las ocho de la mañana, pues esta posibilidad me la había comentado el mismo médico. Pero la enfermera que nos atendió no estaba por la labor, no hacía más que poner pegas y nos remitió al médico de turno, el cual, como no era su caso, optó por no comprometerse. Y tuvimos que regresar a última hora del domingo, todavía con más sensación de pesar que una semana antes. Al día siguiente la enfermera me comentó muy seria que qué hubiera pasado si me deja regresar el lunes y yo hubiera tenido un accidente en la calle el domingo por la tarde cuando figuraba que estaba ya ingresado en el hospital. Eso, ¿qué hubiera pasado? Opté por no discutir y no ir a contracorriente de la burocracia. Mi única rebeldía consistió en no colocarme la pulsera de identificación que debe llevar todo paciente (mi amigo Juan de la parroquia, enfermero también en el Servet, me reconoció que últimamente les insisten mucho desde arriba en la obligatoriedad de la pulsera), hasta que lo descubrió una auxiliar que me hacía la cama y me dijo muy seria que me la pusiera, que era obligatoria. Tuve que pasar por el aro pero haciendo que fuera ella, como autoridad suprema en aquel momento, ¡faltaría más!, la que me la colocara. Me permití una pequeña ironía: “¿Esto lo hacen para que si intentamos fugarnos suene la alarma al atravesar la puerta de salida?”. Ella, muy digna y tal vez con poca sensibilidad hacia la ironía, declinó responderme y me miró desde su superioridad. El reencuentro con los amigos de la habitación compensó el desagrado por tener que pasar una noche más con los sobresaltos que ya conocía. Pero en esta ocasión, ¡oh milagro!, el portátil se comportó y nos permitió a mí ver y a mi compañero oir (ya que no deseaba más) la final de la copa transmitida vía Internet.

 

            Volví a sumergirme en la rutina del hospital y lo malo es que no había perspectivas de que me aplicaran las dos pruebas que me faltaban. Llegó el martes y no hubo resonancia. Empecé a impacientarme pensando en que podía no terminar lo que faltaba aquella misma semana y que tendría que repetir en la próxima. Se me notaba. Aunque procuraba contenerme ya que la situación de mi compañero se volvía cada vez más dramática y no era cuestión de que yo me quejara de lo mío excesivamente cuando en realidad era una minucia comparada con lo suyo. Me comentaban que lo mío se había “traspapelado” y que no había manera de que mi nombre apareciera en las listas para ser convocado. Por fin se me anunció que el miércoles me practicarían la colonoscopia y que tal vez el jueves hubiera suerte y me hicieran la resonancia.

 

            Toda la mañana del día siguiente me la pasé bebiendo la clásica pócima cual “purga de Benito”. Pero comprobé que sabía mejor que cuando la tomé en mi casa. Me sacaban una jarra llena y tenía que bebérmela en hora y media. Luego descansé una hora y vuelta a tomar otra jarra. Y a continuación me sacaron dos calditos que me supieron a gloria y eso que no se trataba de un dechado culinario. Y venga a beber vasos de agua. A las dos menos cuarto me avisaron para bajar a practicarme la prueba, pero alegué que todavía seguía evacuando y que esperaran. Me dejaron para el final, para las seis de la tarde, pero ni con ésas conseguía echar de mí todo lo que llevaba acumulado. Temiendo que de nuevo la prueba no ofreciera la visibilidad requerida debido a los restos fecales (motivo por el cual la repetían ya que eso mismo había sucedido en la primera ocasión) llamamos para advertirlo a los que me estaban esperando en uno de los sótanos, mas éstos optaron por arriesgarse y sondearme. Estando yo en estos nervios se me aparecieron Inocencio y Félix, septuagenarios amigos parroquiales, cual Don Quijote y Sancho a tenor de su porte físico, y se originó una escena surrealista entre el candor del primero que me hablaba y hablaba (sin que yo pudiera prestarle demasiada atención dado mi aprieto) y la mudez del segundo quien, con sus conocidas dificultades auditivas, ponía cara de no entender demasiado lo que sucedía en aquella “venta” plagada de gente asaz estrambótica.

 

            En esta ocasión un celador me trasladó en silla de ruedas, pertrechado yo con mi bata por aquello de los fríos. A lo largo del inmenso recorrido yo intentaba apearme para facilitarle la subida por las rampas, pero el protocolo manda y él no aceptaba mi oferta apurando sus fuerzas al máximo mientras me comentaba que en estos hospitales uno sabe cuándo entra pero no cuándo sale, y que a él le ocurrió pasar como once meses en tan sanas instalaciones en una ocasión. Como a estas alturas yo ya estaba curado de espantos, no me afecté lo más mínimo y continuamos la carrera a toda máquina, él empujando con la lengua fuera y yo como un marqués sentado en mi trono.

 

            Al llegar a la sala de pruebas y tras pasar unos pocos minutos en el pasillo mientras terminaban con otro paciente, se me recibió como a un amigo de toda la vida y me encontré rodeado por un número de personas que casi me daba la impresión de que no cabían en la habitación. Aquello tenía como un aire de buen rollo, como si un grupo de amigos nos hubiéramos reunido para contemplar el vídeo de mis pobres intestinos. Todos me saludaban como si de viejos conocidos se tratara y en medio de ellos Juan Carlos parecía manejarse como pez en el agua. Me introdujeron en una diminuta estancia contigua para que me desnudara de cintura para abajo aportándome una discreta sábana con la que taparme púdicamente y unos peducos de plástico para los pies. Salí, me tumbaron y pusieron el gotero y un líquido secreto para inconcienciarme y empezó un espectá-culo (nunca mejor dicho) al que yo ingenuamente creí asistir como si me enterara de todo. En realidad no fue así, aunque sí fui consciente en su parte final pero sin sentir nada, ni dolor ni mucho menos angustia.

 

            La cosa terminó con el buen rollo inicial, buena señal por cierto. Y cuando yo creía que me podía levantar y marcharme (como había sucedido la primera vez) me hicieron trasvasarme horizontalmente a mi cama que estaba al lado (y que habían bajado para la ocasión) y me llevaron a una sala de reanimación, a unos boxes en donde me tuvieron una media hora ante mi sorpresa ya que no necesitaba reanimarme. Me medían la tensión mecánicamente cada poco tiempo, mientras yo contemplaba cómo a mi derecha y a mi izquierda sendos pacientes con aspecto bastante lamentable aguardaban, ellos sí, una reanimación que a mí me pareció poco probable. Terminado el plazo que me habían marcado me condujeron esta vez en mi propia cama a través de nuevo de innumerables pasillos y ascensores hasta mi habitación contemplando, tumbado como estaba, los numerosos techos de las plantas del hospital, pensando yo en mi interior que aquello me serviría de entrenamiento para cuando, en sentido inverso, me llevaran unos meses más tarde a la sala de operaciones.

 

            Cuando finalmente llegamos a la 801 me estaban esperando mis hermanas y cuñado y hasta una sacristana de mi parroquia, sorprendiéndose de mi buen aspecto y ganas de hablar, sobre todo porque entre otras cosas me dediqué a reanimar algunas caras que me miraban con ojos de preocupación. La enfermera mandó salir a todos y me desconectó el gotero, dejándome abierta la vía por si al día siguiente era preciso utilizarla. Al terminar me dijo que ya podía avisar a mi mujer para que entrara. “Gracias, pero soy cura”, le dije con una media sonrisa y ambos nos reímos del pequeño desliz debido a que, con el cambio de mes y la entrada en el veraniego y vacacional julio, había cambiado bastante el personal que nos atendía. Y como ya era la hora de cenar, y yo llevaba en ayunas todo el día, afronté con pasión culinaria el “banquete”, esta vez más abundante, que me sirvieron, con el añadido de que mis hermanas me habían traído algún que otro bocadillo y fruta para compensar el ayuno padecido.

 

            Al día siguiente tampoco pude disfrutar del desayuno puesto que me aguardaba la prueba de la resonancia, la cual se retrasó hasta pasadas las once y media. Me habían prevenido que me podía producir claustrofobia ya que me introducirían en una especie de ataúd de muy poco espacio; de que me ensordecerían con ruidos estridentes que resonarían (resonancia) hasta atontarme. Pero todo eran exageraciones. Me introdujeron en una caja-tubo cerrada, eso sí, pero abierta a la altura de mi cabeza, lo cual eliminaba la claustrofobia; escuché diversidad de ruidos, pero nada que ver con lo que pueda padecerse en una discoteca o en unas obras en plena calle. Lo peor fue estar tres cuartos de hora inmóvil. A la altura de mi mano derecha me colocaron una pera para que la presionara si no aguantaba y antes de empezar ya la había hecho sonar para pedir que me pusieran algo por encima pues me atacaban unas corrientes de aire frío que pensé que no las soportaría durante todo el tiempo; me pusieron una sábana y asunto solucionado. Y me preparé psicológicamente, consciente de que lo peor que podía hacer era concentrarme en la inmovilidad, por lo cual elegí un tema para pensar (y tenía muchos) que me duró la mayor parte del tiempo y al final jugué a buscar semejanzas entre los ruidos que escuchaba y los cantos de los pájaros.

 

            Con ésta se terminaban todas las pruebas previstas y puedo decir que no me provocaron dolor alguno, por lo cual recomiendo no acudir a ellas con prevención sino con una gran tranquilidad. Antes del scanner sí que me hicieron firmar mi conformidad con el hecho de inyectarme un líquido para provocar mejor el contraste y me avisaron de que en un momento determinado iba a sentir calor en garganta, pecho y genitales, pero que eso duraría unos instantes y desaparecería a renglón seguido como así ocurrió. El mayor dolor que pudieron provocarme fueron los pinchazos para instalarme el gotero, pero uno ya está muy acostumbrado a estas minucias y casi no lo sentí. En todo momento me valió mi serenidad y sangre fría ante el supuesto “peligro” e incluso tuve que tranquilizar a las anestesistas que en mi primera colonoscopia no acertaban a encontrar el lugar adecuado en el brazo para pincharme. Así es uno de chulo.

 

            La razón de mi estancia hospitalaria había terminado y podía marcharme. Pero la situación de mi compañero de habitación no me permitió disfrutar de la alegría de abandonar definitivamente la 801. Empezó a comentarse que podían quedarle tan sólo 48 horas de vida. Acudió una oncóloga nueva y se produjo un hecho delirante: confundida por los nombres de los pacientes (ambos nos llamábamos José) les comunicó a mis hermanas que se habían presentado complicaciones en mi estado, lo cual las sumió en una desasosegante inquietud que duró hasta que se deshizo el entuerto. La preocupación grave y real era la de mis amigas vecinas, hasta el punto de que una de las hijas me pidió que celebrara el entierro de su padre ya que no quería que en el tanatorio, al no ser alguien conocido, el funeral se convirtiera en algo estándar e impersonal. Yo había convivido con su padre, nos apreciábamos y aquello le parecía una garantía. Todo ello, estando él vivo en la cama de al lado de la mía, no dejaba de provocarme un punto de estremecimiento. Tengo que confesar que a él y a su familia dediqué mis pensamientos durante la mayor parte del tiempo que duró la resonancia.

 

            Cuando nos despedimos, nos apretamos la mano como último gesto de dos buenos colegas y nos dimos ánimo mutuamente, aunque ambos sabíamos que nuestra situación no era comparable. Nos despedimos hasta el lunes, día en que yo tenía que hablar con los médicos para que me entregaran el informe definitivo de las pruebas y mis perspectivas de futuro. Pero esta vez ya no me iban a guardar la cama, finalizando de este modo nuestra buena vecindad. Aquello tenía un cierto aire de final de trayecto, aunque confiaba en el reencuentro pasados unos pocos días. No fue así. El domingo recibí la llamada de una de sus hijas en la que me comunicaba el fallecimiento al tiempo que volvía a expresarme el deseo familiar de que yo fuera el oficiante en el tanatorio. Así, mezcladas vida y muerte, concluyó mi primera experiencia hospitalaria. Y si la vida nos va marcando, la mía se ha llenado de tatuajes imborrables tras esta pascua personal y comunitaria.

 

Pepe Nerín

16.7.2009

 

P.D. A causa del elevado número de enfermos en condiciones similares a las mías, mi tratamiento no comenzará hasta finales de julio y la operación no tendrá lugar seguramente antes de noviembre. Es cuestión de armarse de paciencia.