DALE TU MANO AL INDIO
(Artículo que publiqué en el número 1 de la revista "Qué flipe, Felipe", de marzo 1987)
Cada vez que nos juntamos hay quien me pone verde a los curas. Bueno, no siempre, pero algo así. Y yo en medio, aguantando, cura también. ¡Qué flipe, Felipe! Lo peor es la distancia, me dicen, y el bla-blá de los sermones (como si oyeran alguno), o la hipocresía, el rollo de las misas, el chupar del bote y la falta de enrolle vital, y cosas por el estilo. Vale ya, tíos, me doy por enterao, que a veces algunos sois más clericales que otra cosa, tanto hablar de curas, lo cual no deja de ser un aburrimiento como otro cualquiera.
A mí lo que de verdad me interesa es vivir, y hacerlo con gente que arriesgue por lo menos un poquillo para lograrlo. Por eso estoy aquí, con los Felipes y Felipas, preguntando el porqué de tantas actitudes, cual si fuera un crío impertinente que quiere saberlo todo y algo más. Riéndome de tópicos baratos; pateando calles entre adolescentes colgaos en las aceras al salir de los millones de bares nuevos de este nuestro Casco Viejo de Zaragoza. A veces busco inútilmente entre los viejos bancos de la iglesia a algún Felipe despistado. Otras veces nos pegamos una charrada con quienes abandonaron los estudios para iniciarse de aprendices, creyendo liberarse de algo por ese mero hecho; o compartes el mal rollo que te cuentan de un amor apasionado que no llega a puerto. En ocasiones observas impotente una cogorza de aquél al que ya puedes decirle, que le da igual. Y casi siempre intentas analizar con ellos lo que pasa para ir descubriendo el fondo de la cuestión e intentar no resignarse ante el mismo.
Lo pasas bien, aunque a veces te cabreas, pero no demasiado. Hoy nos juntamos el ciento y la madre. ¡Hola!, me mira una muñeca nueva casi sin verme. Mañana apenas somos tres y sentimos ausencias que impiden avanzar, que ya está bien, que llevamos una marcha muy arrastrada y todo nos cuesta meses. Hoy puede ser un buen día, plantéatelo así, y la gente alucina y colabora cantidad. Ayer, las caras lánguidas, flipadas, que me tengo que ir y adiós muy buenas. Hoy pinchas; mañana no me toques; ya está el tío éste preguntando; hemos ganado y somos los mejores; a mí me gustan más los perdedores. ¡Qué demasiao! Bueno, el que se pica ajos come; que no es mejor el que nunca te lleva la contraria.
Lo mejor son ellos mismos; lo peor, lo que les venden, por la vía que sea. Y la comodidad, y el todo está manipulado, y las soluciones fáciles que otros les endilgan. ¡Qué flipe, Felipe! ¿Qué miedo abandonar el grupo en algún rato y mirarse al espejo contemplando su mueca! ¡La soledad no!. Grita Felipe. Sobre todo llamadme cuando salgáis de casa.
Aún llevan velas al santo, algunos/as, para que les apruebe o para qué sé yo qué interés interesado. ¿Entenderemos a Dios alguna vez? Es como el que le pide al santo que acierte la quiniela, y el santo le recuerda que al menos se esfuerce en rellenarla, que luego ya veremos. Es que Dios no está en las nubes, ni es un primo, ni un funcionario al que se le pueden comprar favores. Es como un calambre que te hace saltar; pero, a la vez, como una balada que te impulsa a soñar y enamorar; y en ciertos momentos como una gran carcajada lanzada en cascada sobre cualquier orden que nos negociemos. ¿Por qué no te miras hacia dentro? ¿Y si le dieras tu mano al indio de la esquina? Incluso podrías atreverte a crear ya de una vez. Y camina, Felipe, aunque te canses. Que Dios está ahí mismo, solidario, al paso. Que no es de piedra.