ESTAMOS METIDOS EN UN JARDÍN

 

Atravesaba yo uno de esos momentos de desgana televisiva cuando, de repente, tras ir correteando vagamente de cadena en cadena, di con mis ojos en un sacerdote joven y rubio, guapo de los que gustan en las pantallas, pulcramente vestido de negro (“color súper actual de moda”, como él mismo proclamó) y con la tirilla blanca reglamentaria en el centro de su impoluto cuello, que se estaba sometiendo a las preguntas de un grupo de críos avispados y azuzados por el presentador a quien le interesaba que funcionara el espectáculo. Uno de ellos se lanzó a la ofensiva feminista: “¿por qué no hay mujeres curas?”. El presbítero respondió sin inmutarse: “porque Jesús lo quiso así”. Di un brinco en mi asiento y me eché las manos a la cabeza pensando que de golpe y porrazo el colega vestido de negro acababa de convertir en persona antipática para muchísimas mujeres al Jesús de Nazaret que tanto hizo para tratarlas, quererlas y reconocer su dignidad en pie de igualdad con los varones. O sea que la culpa es de Jesucristo y de su machismo, comentarían cabreadas.

 

¿Cómo puede afirmarse tan alegremente que la voluntad de Jesús ha sido y es la de excluirlas del sacerdocio? Con el mismo razonamiento podría decirse que Jesús quiso que sus presbíteros fueran judíos, ya que los doce apóstoles así lo eran, o que no superaran una edad determinada, la comprendida entre la gama de las de los doce, o que fueran tanto solteros como casados, ya que ésta era la situación variopinta de aquellos primeros varones. Pero eso no se argumenta ni se quiere considerar, porque les complicaría la existencia a tan reputados teólogos, exégetas o juristas. Lo único importante parece ser la condición sexual, como si el Maestro estuviera obsesionado con ese tema que tanta preocupación origina al parecer a muchos de los actuales jerarcas eclesiásticos.

 

En cambio, personas como este cura dan por supuesto que Jesús ordenó sacerdotes (los doce apóstoles) y que dejó dogmáticamente establecidas sin posibilidad de variación sus características personales: sexo, estado civil, edad, etc., cuando la realidad es que elige a los Doce como símbolo del nuevo Pueblo de Dios frente al antiguo Pueblo que era Israel sustentado sobre sus 12 tribus, número que simbolizaba la totalidad. Da la casualidad que los 12 eran varones, porque en aquella sociedad machista el símbolo no hubiera sido entendido si hubiera incluido alguna mujer. Ahora estos neocóns interpretan el símbolo literalmente (algo absurdo porque deja de cumplir su función) con lo cual no entienden nada de nada y se quedan tan panchos, con la letra pero sin el espíritu. Jesús establece una Nueva Alianza, un nuevo Pacto entre Dios y los seres humanos, hombres y mujeres, una Alianza no exterior sino interior, grabada en lo profundo de cada uno, y que es ofrecida a todos, cualquiera que sea su condición, sexo, edad, estado civil, nacionalidad, clase social, etc. ¿A qué viene tanto discriminar en la Iglesia por razón del sexo?

 

Precisamente, este último trae a mal vivir a muchos de nuestros católicos obispos que tienen que hacer frente a la ola de acusaciones y de pesquisas judiciales a propósito de los abusos pederastas de algunos de sus presbíteros o incluso de ellos mismos. También ayer escucho y leo la noticia: la policía judicial belga interviene en la sede de la Conferencia Episcopal de ese país, mantiene a los prelados en la misma sin dejarlos salir del edificio mientras dura la búsqueda de pruebas de reprobable conducta pederasta o de ocultación culpable que se extiende incluso hasta el interior de la tumba de uno de sus cardenales difuntos. Protesta el Vaticano pero no puede impedir que sus obispos, como todos los ciudadanos, hayan dejado de ser intocables, aunque ya no lo eran desde el momento en que algunos de ellos han tenido que renunciar a su sede al descubrirse, y confesar de propia voz, que en el pasado han practicado abusos sexuales con jóvenes o niños. Tremendo varapalo para la credibilidad de nuestros pastores episcopales.

 

A partir de todos estos escándalos los mismos obispos, y no sólo los curas (que ya lo estábamos), caen bajo sospecha y eso tiene unas consecuencias que trastocan el entramado de honor, incluso de honor divino, del que se habían ido rodeando a través de los siglos. Ya no basta ser obispo para tener derecho al título de “excelentísimo y reverendísimo”, título hueco, rimbombante y fatuo donde los haya. A partir de ahora habrá que demostrarlo, y no sólo con la recta ortodoxia, con no apartarse ni una coma de los dogmas de la Iglesia interpretados literalmente y en una sola dirección (que parece que es lo que en definitiva más les importa para no ser criticados por los de arriba), sino con la recta “ortopraxis”, es decir, con una conducta evangélica que sirva de ejemplo para todos. A partir de ahora, su pretensión de ser “obedecidos” no pueden tratar de obtenerla por el mero hecho de su cargo o de un juramento de los curas en su ordenación sacerdotal, juramento obligado por las circunstancias en ese momento, sino gracias a su identificación con el Jesucristo que dio su vida por todos, que la compartió con los más pobres situándose entre los últimos, que no buscó nunca su propio interés sino ponerse en línea con los deseos de Dios, su Padre.

 

Tiempos fuertes, éstos que nos ha tocado vivir. Tiempos que requieren mucha fuerza de voluntad y valentía para afrontar la realidad tal como es y para cambiar en nuestra Iglesia tanta porquería (como afirma el Papa Benito), tantos pequeños dogmas, tanta interpretación interesada ideológicamente. Tiempos fuertes para establecer unas nuevas relaciones de amistad, fraternidad y colaboración entre los obispos y el resto de los miembros de las comunidades cristianas (porque os queremos como a hermanos mayores que debéis ser, ayudando fraternalmente a los pequeños en lugar de desconfiar de nosotros, p.e. de los Clubenitos, con la insidia de que os denunciamos ante Roma, según me han comentado, lo cual me ha entristecido profundamente y choca radicalmente con todo lo que vengo afirmando en contra de las denuncias). Tiempos fuertes para que todos, incluidos los obispos, nos remitamos de lleno a Jesús y a su Evangelio para tratar de encontrar respuestas y salidas dignas de este “jardín” en el que nos hemos o nos han metido.

 

Pepe Nerín

26.6.2010