JASC


Debo confesar, aun con un cierto rubor, que últimamente me estoy reconciliando con la televisión. A la que siempre se me había presentado como un enemigo ideológico a batir, le estoy encontrando una cierta funcionalidad en mi vida. Es un instrumento utilísimo y funcional para garantizar un sueño reparador en cualquier momento de la tarde. Sentarse delante de la tele y escuchar el arrullo de sus estulticias salpicadas de los más diversos anuncios me comporta un sueño feliz que únicamente termina cuando alguien, viéndome dormir y creyendo hacerme un favor, apaga el receptor, la cual cosa me despierta en el acto y me provoca una cierta mala uva.

Por eso digo que me he reconciliado con el medio. Por lo demás, no, en absoluto; sigo teniendo con la tele la misma inquina que hace tiempo; me molesta que me digan lo que debo comprar y -lo que es peor- lo que debo pensar; me hieren la inteligencia esos concursos en los que todo el mundo ríe y aplaude cualquier cosa y me cabrea la violencia de los prepotentes que imponen la ley a mamporros. Siento pena por los que van allí a contar sus intimidades y exponen las vergüenzas al sol mientras unos espectadores se emocionan y se sorben el moco.

Tal vez sea un problema mío, pero suelo tener la sensación de que los realizadores de muchos programas están convencidos que quienes van a seguirle en televisión son un poco tontos y se tragan cualquier cosa. Ese supuesto menosprecio es lo que me mosquea y enseguida me pone en guardia.

Pero las cosas de la vida me han llevado a que últimamente haya pasado durante quince días bastantes horas ante el televisor. Y así he asistido a toda esa feria de vanidades que va desfilando en la pantalla.

Lo que más me ha sorprendido ha sido la gran cantidad de series llamadas juveniles en la que grupos de adolescentes van abriéndose paso a la vida en medio de los estudios en sus Institutos en los que se entrecruzan una multitud de historias y aventuras.

Y sin que sea casualidad, los adolescentes de las diversas series (que, dicho sea de paso, se convierten en modelos de identificación de tantos chavales) tienen unas características muy comunes. He encontrado las siguientes:

- Son de un ambiente socioeconómico medio o alto.

- Las familias suelen tener problemas de rupturas y separaciones que son llevados con mucha entereza.

- Los profesores y profesoras son muy comprensivos y tolerantes. Rozan a veces la complicidad en algún momento turbio de la vida de los chavales.

- Se rinde un culto extraordinario a la belleza y a las modas.

- Aparece de refilón algún problema de tipo social, pero lo que más llena la vida de esos jóvenes son sus aventuras y desventuras amorosas. Es lo que llena más parte de su vida y, consecuentemente, del tiempo de emisión televisiva. Los guionistas trazan los mil y un cruces amatorios entre los chavales. Se aman, se odian, se juntan, se separan, ríen, lloran, comentan unos y otras, traman venganzas, se confiesan sus secretos y actúan como intermediarios para que los amores lleguen a buen puerto, se achuchan y se desprecian; la amiga del amigo que ayer se enrolló con uno hoy aparece subyugada por el encanto del chico nuevo que es enemigo del que antes fuera su amigo… Un galimatías, vamos.

- La problemática religiosa está absolutamente ausente. Sencillamente no aparece.

Y esto, oiga usted, vuelve a rebelarme. No es que me guste a mí que aparezcan jóvenes que rezumen una piedad almibarada y mema. No. Me parece absolutamente perverso que se borre de la vida esa dimensión religiosa que hay en cada ser humano y que se acentúe un estilo de vivir melifluo, descomprometido y terriblemente ambiguo como el que viven esos adolescentes de diseño.



Pero, señores guionistas, les aseguro que hay chavales cristianos. Parafraseando lo de aquella generación JASP (Jóvenes, aunque Sobradamente Preparados) hay -se lo puede usted creer- una generación JASC de jóvenes sobradamente cristianos. Tienen esa edad de los chavales de las series, se reúnen en grupos y comentan su historia, van a sus escuelas e institutos y tiene sus preocupaciones por el estudio y el mañana; también se enamoran y tienen sus subidas y bajadas de estado de ánimo, pero, le aseguro, suelen ser más fieles y tomarse más en serio la ternura que los chavales de la tele; les gusta vestir con dignidad, pero son mucho más discretos; creen en Jesús de Nazaret e intentan vivir su fe con la coherencia que les permiten sus años; se reúnen con otros grupos para compartir iniciativas, van tomando paulatinamente compromisos para crear corrientes de solidaridad; rezan y celebran la fe, aunque a veces se aburran en la Iglesia; entre sus amigos adultos hay curas, animadores, catequistas, educadores y educadoras, que les quieren y no les bendicen todo lo que hacen, sino que les ayudan a crecer; intentan -casi no me va a creer, señor guionista- organizar el tiempo libre de otra manera intentando no sucumbir permanentemente al estilo de diversión que tipos como usted les programan. Son jóvenes; chicos y chicas, con sus historias y sus contradicciones; se sienten parte de una Iglesia que también tiene Historia y contradicciones. Le aseguro que los hay; los conozco; existen, señor guionista; aunque a usted le paguen para no describirlos en la pantalla, existen. Estos chicos y chicas JASC son mucho más auténticos que sus personajes. Los suyos, permítame que le diga, son los JASG (con G de Gilipollas).





JOSAN MONTULL