JAVIER CALVO

 

            Entre las decisiones que yo he tomado y que han marcado mi vida, además de la de entrar en el Seminario para llegar a ser cura, figura la de ir a estudiar a Innsbruck. Corría la primavera de 1969 y mi compañero de curso Teodoro Félix me comunicó que había aceptado una propuesta del profesor Javier Calvo para continuar estudios de teología obteniendo la licenciatura en la capital del Tirol austríaco. No me lo pensé dos veces y, aunque la oferta iba dirigida a seminaristas de la diócesis de Zaragoza y yo no pertenecía a ella sino a la de Barbastro, conseguí ser aceptado y meterme dentro del cupo, tras recibir el permiso de mi diócesis. No fui “enviado” por la diócesis, como el resto de mis compañeros, con todas las ventajas que ello suponía, sobre todo económicas, sino por mi cuenta, pero me daba igual. Atisbaba que salir al extranjero era en aquel momento una oportunidad única y que no debía desaprovecharla. Y no me equivoqué. A partir de aquel momento me puse a buscar libros para estudiar alemán y mis horizontes empezaron a cambiar, contando, por otra parte, con que yo era muy joven y no tenía siquiera la edad reglamentaria para ser ordenado sacerdote.

 

            Esta oportunidad, por tanto, se la debí a un cura con el que no tenía gran relación y con el que ni siquiera la tuve en los años siguientes. Javier Calvo había sido nuestro profesor de homilética, es decir, el que intentaba darnos las claves para una buena predicación. Lo recuerdo como alguien que introdujo en nuestra aula alguna novedad curiosa como fue la de lograr una pedagogía dinámica consistente, por ejemplo, en ejercicios prácticos en los que nos colocaba a tres alumnos para que diéramos una prédica al resto de la clase haciéndolo simultáneamente. Y allí nos tenías a tres hablando sin parar y tratando de evitar perder el hilo de cada uno de nuestros discursos, ya que de eso se trataba: de acostumbrarnos a pronunciar una homilía sin despistarnos por más ruidos o follón que hubiera en la iglesia. Siempre que me encontraba con Javier en años posteriores recordaba él mis movimientos de brazos y la expresión gestual que yo utilizaba en aquellas dinámicas y que a él le divertían cantidad.

 

            Volví a coincidir con él diez años más tarde cuando fui nombrado profesor de Sociología en el CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón). Javier era entonces director de este Centro y lo venía siendo desde su creación en 1970. Mi relación con él fue entonces, curiosamente, de oposición. Con algún otro profesor optamos por apoyar las posturas más radicales de algunos delegados de curso y pensamos que debía producirse un cambio en la dirección ya que considerábamos que Javier estaba ya amortizado tras diez años en el cargo. A pesar de que nuestra toma de postura y nuestras actuaciones en los claustros debieron producirle desazón, él nunca me reprochó mi actitud opositora de aquellos años, si bien es verdad que nuestras relaciones fueron escasas.

 

            Cuando a sus 70 años le llegó el momento de su jubilación como profesor se produjo un claro acercamiento entre nosotros debido al hecho de que yo en aquel entonces me puse totalmente de su parte para que pudiera conseguir una digna jubilación económica que no supusiera merma de sus ingresos, tal como estaba a punto de producirse. Me lo agradeció y desde aquel momento nuestras relaciones se hicieron mucho más entrañables.

 

            Pero no había llegado todavía el momento decisivo. Éste se produjo cuando los que habíamos sido enviados a estudiar al Colegio Canisianum de Innsbruck decidimos darle un homenaje convocando para ello a los que en un momento u otro habían tenido algo que ver con ese Centro. Y así fue como el 12 de noviembre de 2005 nos reunimos en los locales de Acción Social Católica en la zaragozana calle de Don Jaime los siguientes canisianos: Pepe Bada, Jesús Mari Alemany, José Vicente González Valle, Alberto Ruiz, Andrés Ortiz-Osés, Gregorio Muñío, Teodoro Félix, José Ángel Jiménez Alvira, Jesús Lorente, Ernesto Martín Peris, José Vicente Casanova y yo mismo para rendirle el homenaje que le debíamos. Javier lo pasó en grande y disfrutó de lo lindo rememorando viejos tiempos, visionando fotografías, degustando cerveza alemana, entonando canciones austríacas ("Das schönste aus der Welt ist mein Tirolerland..."), encendiendo velas, escuchando disertaciones llenas de inteligencia y humor, así como cenando todos juntos en un restaurante de la Plaza de La Seo.

 

            Cuando lo volvía a ver siempre me manifestaba lo bien que lo había pasado y con su sentido del humor me indicaba que si hacía falta no le importaría volver a recibir los homenajes que fueran con tal de repetir una experiencia tan entrañable. Ese “reencuentro” innsbruckés no se volvió a repetir pero sí que lo llevé en alguna ocasión a mi parroquia para que nos hablara de cómo dinamizar los consejos parroquiales, él que era experto en dinámica de grupos, que había escrito libros al respecto y que había comunicado su saber en numerosos cursillos tanto en España como en el extranjero, especialmente en América. Él, tan lleno de anécdotas jugosas, tan amigo de personas duchas en pastoral, como era el caso de Casiano Floristán, tan conocedor de una diócesis como la de Zaragoza en la que había desempeñado numerosos cargos, entre ellos el de Vicario de Pastoral.

 

            Hoy, día 6 de mayo de 2009, hemos celebrado su funeral en la iglesia de Santa Engracia, tras su muerte acaecida ayer mismo. Valgan estas insignificantes líneas como reconocimiento y homenaje a quien en un momento dado cambió mi vida gracias a su interés por ampliar los horizontes teológicos de los seminaristas zaragozanos de los años sesenta y posteriores. No te olvidaremos. Gracias, Javier.

 

Pepe Nerín

6.5.2009