KIM PHUC
Nos hemos vuelto a estremecer ante la tele viendo las
imágenes que habían colgado en las que un chaval apaleaba a otro mientras era
animado por un cámara que, con su móvil en ristre, captaba las imágenes
vergonzosas mientras decía “Este vídeo valdrá millones”. Al parecer el agresor
se vengaba del otro chaval porque éste había dado un fuerte empujón a su
hermano pequeño y también esto fue registrado por un móvil. La cosa era en
Galicia. No se trataba de extranjeros ni inmigrantes sobre los que recaen
últimamente las sospechas de muchos de los desaguisados que vivimos. Eran dos
adolescentes, gallegos de pura cepa, los que protagonizaban unos minutos de
imágenes tristes que a todos los adultos nos han tenido que hacer pensar. Me
acordé entonces de otras imágenes de las que había hablado días antes con unos
chavales, eran las imágenes de Kim Phuc.
Tal vez lo recuerden los que ya peinen
canas, Kim Phuc era la
famosa niña vietnamita que aparecía huyendo desnuda de un bombardeo con las lágrimas y horror en el rostro. La
foto ganó muchos premios al mostrar el sinsentido de la guerra que destruía la
vida de criaturas. Estremeció a occidente y parece que la foto fue clave para
la retirada de los americanos de Vietnam y el restablecimiento de la paz.
La instantánea está tomada el 8 de
junio de 1972. Kim Phuc con
su familia se había refugiado en el templo al oír que se acercaban aviones
norteamericanos. Acababan de desayunar. Vieron que un avión se acercaba cada
vez más. Ella y otros niños salieron aterrorizados del templo; entonces el
avión dejó caer cuatro bombas. La criatura se vio rodeada de fuego por todas
partes; según contaba tiempo después, sintió fuego en su brazo izquierdo y
pensó “Ya no seré normal, ya tengo quemaduras”, las ropas ardieron en un santiamén,
pero Kim agradeció a Dios que sus pies no se habían
quemado y podía seguir corriendo desnuda junto con sus hermanos y su primo. Su
abuela corría junto a ella con un nieto despellejado por el Napalm. Llegó la
niña hasta donde encontró un soldado y, tras pedirle agua, se desmayó.
Mucho tiempo después despertó en un Sanatorio;
Nick Ut, el reportero que
captó la famosa fotografía, la llevó -ya inconsciente- en su coche al Hospital.
Allí estuvo 14 meses y fue sometida a 17 operaciones. Todo era dolor y picazón.
Su brazo, axila y cuello se contrajeron, quedó discapacitada y tenía que hacer
rehabilitación a todas horas.
Se
bañaba en una solución especial que hacía que saltara la piel muerta y que las
enfermeras la fueran cortando para prevenir infecciones. Sufría dolor y
pesadillas mientras alimentaba el odio y se preguntaba por qué le había tocado
a ella.
Fue en esa época de rencor y rabia
cuando se reencontró con la historia de Jesús de Nazaret, apaleado y
crucificado. Al ver a Jesús crucificado, descubrió su propia dignidad de
persona humana. Su fe encontró en el drama luminoso de Jesús una referencia
permanente. Comenzó a ayudar a las víctimas del napalm, se convirtió al
cristianismo y, siempre según lo que ella cuenta, Dios tocó su vida y a través
de la solidaridad con otras víctimas, empezó a albergar sentimiento de paz y de
perdón.
Se casó en Cuba con un vietnamita con
quien ha tenido dos hijos. Estudió en la universidad de
En 2002 Kim
pudo realizar un sueño. Le quedaba la lección más grande de su vida: perdonar
al que años atrás la dejó sin nada. Fue al encuentro del piloto estadounidense John Plumer, que era quien había lanzado
las cuatro bombas sobre su pueblo y su templo 30 años atrás. El piloto se
acercó a ella llorando y, antes de que Kim abriera la
boca, el soldado le preguntó si la perdonaba. Kim Phuk contestó que sí. Se abrazaron y lloraron juntos.
Luego ella dijo “Si la niña de la foto
es capaz de perdonar, os aseguro que cualquiera puede hacerlo. Os aseguro que
cuando cambié el odio por el perdón, me sentí como en el cielo”.
No sé, viendo las cosas que nos toca
ver y sabiendo que los chavales son sensibles a todas ellas, me ha parecido
importante recordar a Kim Phuk.
Cuando parece que el odio, la violencia y la venganza se convierten en un
lenguaje habitual en algunos medios, creo que es gratificante recordar el
testimonio de la niña de la foto. Esa foto nos mira hoy a todos y nos recuerda que nada nos hace tan humanos
como el perdón.
Josan
Montull.