LA CARNE NO FUE DE TORO


Y la plaza se llenó hasta la bandera. Se iba a hablar de dinero, del acuerdo de los obispos con el Gobierno sobre este tema. Al retiro mensual de los curas de la Vicaría acudía el Obispo acompañado de altos ejecutivos de la Administración Económica de la Diócesis. Y allí nos dirigimos todos, hasta los que no solemos hacerlo asiduamente.

A las doce y media tomó la palabra el Vicario del ramo para cuadrar al toro en la plaza dando unos principios generales sobre el tema económico. Faena de aliño, sin más, introductoria, digamos. Algo me chocó, sin embargo: la fidelidad a las leyes económicas (las del sistema actual, se supone) era mencionada antes que la fidelidad a las enseñanzas de Jesús. Mero detalle en el que ni siquiera se detuvo el ponente. Y pasó los trastes a su seglar subalterno que se convirtió en espada y se las vio con el astifino.

Fue una faena técnica, haciendo un recorrido histórico que inició a comienzos del siglo XIX, especialmente en la desamortización de Mendizábal, siguiendo luego por diversos acuerdos económicos entre Estado e Iglesia para el sostenimiento del clero y del culto. Trató de desmontar una serie de tópicos que corrían entre los profanos alentados por medios de comunicación poco rigurosos: que si se trataba o no de privilegios, que si ahora íbamos a pagar el IVA cuando antes no lo hacíamos (punto en el que no acabé de aclararme porque, decía, aun cuando antes estábamos exentos de este impuesto en realidad lo pagábamos porque los contratistas nos lo imponían como "corbata", etc.: confié en que lo aclarara un poco más en el turno de preguntas que nos proponían dejarlo para el final porque seguro que había muchas), que si lo que nos daba el Estado en realidad no era tanto porque suponía un porcentaje pequeño del total del presupuesto de la Diócesis, que si lo de poner las cruces era una fórmula técnicamente bastante mejorable, que si... Su exposición resultaba pausada y llena de lógica, con pases como mandan los cánones y sin brindis al sol en plan populista. El público asistente atendía a la faena como quien oye una conferencia bien estructurada, aunque sin pasión.

A su derecha, el Arzobispo hacía gala una vez más de esa energía que acompaña su cuerpo valenciano. Se quitaba la chaqueta y el pectoral, subrayaba con gestos cabeceros determinadas afirmaciones del ponente, se levantaba y salía de la sala (¿a fumar un pitillo?), cerraba ojos e inclinaba algo la cabeza, movía la silla... Curiosamente no ocupaba el centro de la presidencia, como máxima jerarquía, puesto que tanto él como el Vicario lo cedieron al seglar que llevaba la voz cantante. Pero en cuanto éste terminó su discurso, el Arzobispo atrapó el micrófono, dijo aquí estoy yo y ahora me toca a mí daros mi palabra cualificada. Desapareció instantáneamente el ligero soporcillo que se había instalado en el graderío y nos dispusimos a apreciar la auténtica faena que, como de costumbre, no dejó a nadie indiferente. Así son las grandes figuras.

Y fue directo al grano cogiendo el toro por los cuernos. Nada de alegrías ni felicitaciones por el acuerdo alcanzado. Calificó al Gobierno de "cicatero" que no ha tenido en cuenta los grandes servicios, y grandes ahorros, que la Iglesia proporciona a la sociedad española. Y se alegró de que el ponente hubiera partido de la Desamortización del XIX porque en ésta basó principalmente la justificación del apoyo económico a la Iglesia con la que el Estado tiene contraída lo que denominó una "deuda histórica": es mucho lo que nos quitaron y poco lo que nos dan. Encima, aquella expropiación sólo benefició a unos cuantos burgueses que se enriquecieron a base de quedarse con las propiedades eclesiásticas a precio de saldo. ¿Y lo que el Estado se ahorra con los colegios, centros asistenciales, etc. de la Iglesia? Le salen mucho más baratos que los colegios y centros públicos. Tuvo el detalle, esta vez, de no citar al Gobierno por su apellido socialista, seguramente porque los Gobiernos de derechas antiguos y recientes han favorecido a la Iglesia todavía bastante menos, a pesar de su declarado catolicismo, teniendo que ser los de PSOE los que acabaran firmando los acuerdos con los obispos. ¡Y nosotros que estábamos tan contentos con la subida del porcentaje otorgado a nuestro sustento del 0'5 al 0'7! Nada, una miseria. Nuestro gozo en un pozo. A partir de ahora íbamos a depender de las veleidades de los "fieles" (así se les llamó durante toda la reunión), que, incluso, si el primer año eran generosos no nos beneficiaría para nada porque el Estado, abusón, se quedaría con la diferencia, aunque reconoció que el Ministerio de Cultura y la Consejera Eva Almunia nos aportaban cuantiosas sumas para restaurar nuestro patrimonio.

Pero la cosa no se paró ahí y el Arzobispo agarró la espada de matar. ¿Que habíamos obtenido 60 millones de euros por el antiguo Seminario? Esa cifra, fabulosa para un particular, ¿qué significa para toda una Diócesis como la de Zaragoza? Pues poder construir un nuevo Seminario, un centro de estudios y una residencia para no válidos, amén de algún templo. Y lo demás para ponerlo en Bolsa en papel seguro. Que no nos hagamos ilusiones de que van a revertir en una mejora de nuestro nivel de vida clerical. Se ponen donde nos den una renta aceptable que nos permita seguir tirando durante muchos años, que si ahora nos los gastamos llegarán a continuación las vacas flacas. Vaya. Pero lógica tiene, no cabe duda.

Y, de repente, caímos en la cuenta, pobres provincianitos, de que en realidad nosotros éramos el toro que se estaba lidiando. La espada de matar apuntó hacia nosotros y el prelado movió los pies en plan artista que va a rematar la faena. Que los curas hemos vivido en la parroquia alegre y confiada. Que eso de recibir la paga de la Administración eclesiástica que es algo muy cómodo, pero más bien una excepción comparado con lo que se hace por otros lares. No especificó cuáles ni nos sonaban. Por cierto, que los curas no recibimos un "sueldo" porque no existe una "relación laboral", sino digamos algo así como una "gratificación", a diferencia de los seglares que trabajan en entidades eclesiales, a los que hay que pagar religiosamente cumpliendo los debidos contratos. Adiós, pues, derechos laborales para los curas, ¿adiós también a la merecida jubilación? Abrió las puertas a un futuro en que cada párroco se busque la vida económicamente convenciendo a sus "fieles" parroquianos a que le mantengan. Y se lió con una subdivisión de parroquias a establecer según las posibilidades económicas de sus parroquianos fieles: que si de 1ª, de 2ª, de 3ª, que si a la vez se subdividen en A, B, C... Resonaba en la plaza aquello de las parroquias, de "ascenso", de "término", etc., propias de etapas ya muy lejanas en el tiempo. La Administración económica diocesana sólo tendría que hacerse cargo de los curas de parroquias sin posibles ni futuros, como, por ejemplo, la de pueblos minúsculos como Ariño, citado por él. Los restantes a recaudar fondos, además, eso sí, de pagar a tocateja la aportación parroquial al Fondo Común Diocesano. Rápidamente las acciones de nuestra Administración Diocesana subieron como la espuma, anticipando un futuro de esplendor funcionarial en la nueva sede de la "casa roja" de al lado del Obispado que se va a utilizar ya dentro de tan sólo un mes para dignificar las condiciones de trabajo de quienes nos arrastramos por estancias lúgubres y de baja tecnología.

El toro, asaetado por estocadas mortales, iba dando cabezazos buscando el chiquero en donde descansar para siempre. Sombras de abatimiento nublaban sus enrojecidos ojos. Sólo quedaría poco después el corte de aquellas orejas que acababan de escuchar los augurios de un futuro diferente pero no necesariamente mejor, y tal vez incluso del rabo porque la faena había sido verdaderamente redonda.

Ya no quedaban fuerzas, pero tampoco tiempo. Se abrió el "diálogo", la prometida tanda de preguntas. El Vicario de Zona consumió un turno agradecido con lo que achicó todavía más el ya limitadísimo horario; un cura amigo pidió que se nos diera por escrito la exposición del seglar para poder dar mejores explicaciones a la feligresía. Y, a continuación, el mismo Vicario, cortó sin más las expectativas de formular nuevas y apasionantes preguntas al decidir que ya era hora de comer, pues llevábamos un cuarto de hora de retraso. Nadie protestó pues había gana y necesitábamos reponernos, a pesar de las patatas fritas y frutos secos que nos habían aliviado a mitad de mañana. Y la suculenta comida (detalle a agradecer: la carne no fue de toro) llenó de alegría nuestros sufridos cuerpos y confusas mentes, servido por atentas religiosas con mucho oficio y completado por los bombones con que campechanamente nos obsequió el Arzobispo recién cumplidos sus 62 añitos en plena forma.

Me acordé de los políticos españoles que han tomado por costumbre dar comunicados a la prensa sin admitir a continuación preguntas, a pesar del enfado de los periodistas asistentes al acto. Y no puedo evitar todas las dudas que ante el tema económico me asaltan y que son muchas, lo cual es normal porque somos personas y creyentes que pensamos y razonamos, y porque no estamos ante cuestiones dogmáticas sino ante asuntos tremendamente discutibles aunque de gran transcendencia práctica y simbólica. Por ello, y como suele decirse o escribirse, lanzo estas preguntas a quien corresponda:

- No se mencionó prácticamente para nada a Jesucristo y a sus criterios evangélicos que podrían iluminar cuestiones tan claves como las económicas, lo cual no deja de ser sorprendente en una reunión de tan cualificados seguidores suyos. ¿Es que el Evangelio no es aplicable en este terreno?

- La palabra de un obispo en cuestión tan profana es tan aceptable o discutible como la de cualquier otra persona no especialista en la materia. ¿No podría dirigírnosla con un poco menos de tono de "aquí estoy yo, que soy el que mando"?

- ¿Nuestra jerarquía lo tiene tan claro que no necesita siquiera conocer nuestras preguntas, no digo ya nuestras opiniones, ya que nos quedamos sin la oportunidad de formularlas por no haber previsto tiempo real para ello? Las comunicaciones siguen siendo verticalistas, en una sola dirección y de arriba abajo, al menos en ocasiones como la descrita. Contrasta con el tono cordial y simpático que utiliza nuestro Arzobispo en la distancia corta.

- La postura de los negociadores eclesiásticos en esta cuestión, ¿es la única posible? ¿No se tiene para nada en cuenta que en la Iglesia somos muchos los que pensamos que es necesaria la separación Iglesia-Estado con todas sus consecuencias y que no debemos depender del mismo ni siquiera como recaudador de nuestros dineros?

- ¿Cómo es posible que casi 200 años después aún se siga invocando la desamortización de Mendizábal para tener derecho a resarcirnos del expolio experimentado? Lo sorprendente es que se pasa por alto que la Iglesia era uno de los mayores terratenientes del país y que esto no parece ser muy compatible con la pobreza evangélica. ¿Fundamos nuestras reclamaciones en lo que era evidentemente un abuso contra el Evangelio y contra los ciudadanos por parte de la Iglesia? Bendita desamortización que nos libró de riquezas antievangélicas, aunque técnicamente fuera una chapuza que favoreció a los ricos de entonces.

- ¿Se han captado las consecuencias que podría tener la subdivisión en categorías de las actuales parroquias, entre ellas la de convertirse en unos reinos de Taifas con diferencias significativas entre unas y otras y con unos curas convertidos a la fuerza en "peseteros"?

- ¿Los seglares sólo sirven para ser "fieles" y apoquinar económicamente? Suele ocurrir que quien paga manda. ¿Se piensa reconocerles el poder de decisión que les corresponde también en la Iglesia?

- ¿Qué significa eso de que los curas no cobramos un "sueldo" mientras que a los seglares hay que pagarles con todas las de la ley? ¿Es que volvemos a aquello de que la Iglesia son los curas? Y es que los curas, al mismo tiempo, somos trabajadores sin derechos, entre ellos los laborales reconocidos a cualquier trabajador?

De momento no hago más preguntas. Mejor cojo el Evangelio e intento entrar en oración apoyándome en quien dijo aquello de "Bienaventurados los pobres". Creo que nos queda mucho camino por recorrer.

Pepe Nerín

7.3.2007