La contradicción religiosa
de la derecha política
Por José
María Castillo
RD
Domingo, 6 de
septiembre 2009
En la
sociedad española (y en la de otros países cristianos), estamos viviendo en una
contradicción de la que muchos ciudadanos no se dan cuenta.
Con demasiada frecuencia ocurre que la gente de derechas suele estar más cerca
de la religión que los partidarios de la izquierda política. Y sin embargo,
también es frecuente que las propuestas económicas de la izquierda
suelen estar más cerca de los ideales sociales del Evangelio que los modelos de
gestión de la economía que propone la derecha, que precisamente es el
sector de la sociedad que más cuida sus relaciones con la religión y con
Al decir esto, conviene
no confundir las incoherencias éticas, en que pueden incurrir
los individuos, con los programas económicos que proponen los partidos políticos.
En cuanto a la ética individual, el que tenga las manos limpias, que tire la
primera piedra. Por eso me parece ridículo que en España llevemos ya meses encelados
en la discusión política que parece conceder una importancia decisiva
a los trajes que se pone el señor Camps o a los
enredos de la “trama Gürtel”. Por supuesto, estas
cosas son importantes tanto en la política como en la ética. Pero vamos a
ponernos en razón. Porque ahora mismo hay en juego, en la política española,
cosas mucho más serias.
Hace más de un siglo, Max Weber
(“La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Introd.) dijo que el
“afán de lucro” no tiene nada que ver con el capitalismo. La codicia no
es fruto del capitalismo, sino de la condición humana. De ahí que “se
encuentra por igual en los camareros, los médicos, los cocheros, los artistas,
las mujeres de mundo, los funcionarios corrompidos, los jugadores, los
mendigos, los soldados, los ladrones, los cruzados”.
Y Weber
concluye: “Por tanto, hay que abandonar de una vez para siempre una concepción
tan elemental e ingenua del capitalismo, con el que nada tiene que ver.. la “ambición”, por limitada que
sea; por el contrario, el capitalismo debería considerarse precisamente como el
freno o, por lo menos, como la moderación racional de ese instinto desmedido de
lucro”. Por supuesto, el capitalismo actual no es como el de hace un siglo.
Pero el fondo del problema, tal como lo plantea Weber,
sigue siendo el mismo.
Y ese problema se
reduce a saber si el factor determinante del crecimiento económico de
un pueblo está en la “riqueza del capital” o en la “responsabilidad de los
profesionales”. En el primer caso, puede ocurrir que en un país haya
grandes fortunas, pero ese dinero esté mal repartido, como ocurre en no pocos
países del Tercer Mundo. En el segundo caso, nos encontramos
con el modelo del norte y centro de Europa, en el que la prosperidad económica
se fundamenta, no sobre la base de la “riqueza” de unos pocos, sino sobre la
“productividad” de todos.
Lo que mucha gente no
imagina es que, detrás de estos dos modelos de “gestión de la economía”, hay dos
modelos también de “práctica de la religión”. El modelo de matriz
católica, que pone el centro de la religión en el culto, la piedad y
las devociones, destacando el puritanismo en todo lo que se relaciona con la
sexualidad. Y el modelo de matriz protestante, que insiste
sobre todo en que la profesión tiene un carácter religioso, de manera que hasta
la palabra alemana “beruf” significa, al mismo
tiempo, “profesión” y “misión”. Pero lo que más importa, en todo este asunto,
es que estos dos modelos de religión han configurado dos culturas: la cultura
protestante de los países del centro y norte de Europa, en la que se palpa en
los ciudadanos un sentido de responsabilidad en el trabajo profesional y en la
productividad; y la cultura católica de los países latinos (Italia y España son
ejemplo), en la que todavía se encuentran gentes de misa y rosario que, por
cualquier motivo, se buscan una baja laboral o, lo que es más grave, urden trampas
y mentiras en la gestión de sus asuntos profesionales incluso los más serios y
de más graves consecuencias. Max Weber
es muy duro cuando explica todo esto: “La riqueza constituye en sí misma un
grave peligro, sus tentaciones son incesantes, y suspirar por ella, además de
ser absurdo por confrontación con la ilimitada supremacía del reino de los
cielos, es también moralmente reprochable”. Hasta el punto de que, como es
sabido, los sínodos religiosos de los Países Bajos, desde 1574 hasta
1657, negaron la comunión a los “prestamistas”, a los empleados de los bancos,
a las mujeres de los “usureros” y a los propios banqueros.
El
hecho es que los países de tradición protestante son más ricos y en ellos la
riqueza está más y mejor repartida, en tanto que los países de tradición
católica tienen un potencial económico más bajo y - lo peor de todo - el
rendimiento profesional y la productividad son notablemente inferiores. Así las
cosas, la contradicción que se advierte en la derecha política española
resulta tan evidente como inexplicable. Por
una parte, se lleva lo mejor que puede con