LA COSA RELIGIOSA
(Andrés Ortiz-Osés, 23.11.2007)
Que Dios me
ayude en mi búsqueda de la verdad:
y me
proteja de quienes creen haberla encontrado.
(Vieja oración inglesa)
La cosa religiosa se remonta al proceso de hominización de la humanidad, de modo que cabe decir que el
hombre se diferencia de los animales por su religiosidad, entre otras cosas
adyacentes. En efecto, el hombre es un animal religioso o religado a cierta trascendencia,
llámese Dios o Diosa, Numen o Demon, Sagrado o Ser.
La apertura radical al Otro (Otredad) define al
hombre, frente a la cerrazón animal y a la inmanencia animalesca.
Por eso es tan importante la religión y las religiones, porque pueden propiciar
la emancipación del hombre y su liberación humana o bien encerrarlo animalescamente en una red dogmática que lo atrapa inmisericordemente.
Nuestra religión occidental es la cristiana, aunque en medio
de otras religiones que la circundan, y a las que debe tener en cuenta
ecuménicamente, es decir, dialogalmente. Un tal diálogo se basa en el criterio
fundamental de si son positivas o negativas, biófilas
o necrófilas, abiertas o cerradas, vitales o antivitales,
humanas o inhumanas: un criterio que sirve de baremo crítico o diacrítico para
todas las religiones y, por lo tanto, también para la nuestra cristiana. Y aquí
comienzan ya los devaneos y las disputas, las cuales deben zanjarse
democráticamente de acuerdo a dicho criterio fundamental, criterio fundamental
que trata de evitar precisamente todo otro criterio fundamentalista, dogmático
o fanático.
Y bien, en el caso de nuestra religión cristiana hay que
concelebrar su capacidad emancipatoria y liberadora, arquetipificada por Jesús de Nazaret,
aunque también su capacidad dogmática y autoritaria, archisimbolizada
por la Inquisición.
Por lo que concierne al cristianismo católico, este segundo
elemento negativo obtiene tintes propios, ya que se trata de una Iglesia aún no
reformada, como las Iglesias protestantes, siendo por consiguiente una Iglesia pre-reformada de signo pre-moderno.
De ahí sus dificultades con la modernidad y con la democracia, con la Ilustración y la Posmodernidad,
con el pensamiento libre y el espíritu abierto. El peligro de quedar desplazada
a ámbitos retardatarios o tercermundistas resulta muy real en nuestros días,
sobre todo entre nosotros.
Sobre todo entre nosotros: en la Iglesia española cuyo
catolicismo arrastra una historia tradicionalista unida a una visión imperial o
imperiosa del mundo, una visión eclesiástica de carácter integrista pero no
integrador de los disidentes o simplemente diferentes, reprimiendo u oprimiendo
el pluralismo ecuménico abierto y conciliar o conciliador. Parece como si en
nuestra Iglesia nacional hubiera un equívoco, ya que el Evangelio afirma que
Cristo fundó su Iglesia sobre una Roca, pero no exactamente sobre este Rouco nuestro. Se trata de una Iglesia roqueña y
berroqueña, enrocada y enroscada en sí misma, ensimismada y al margen del
río/ría del devenir humano-mundano.
La genialidad de la Iglesia es habernos trasmitido la historia de
Jesús de Nazaret, el gran liberador. Pero a menudo el
Jesús de nuestra Iglesia no parece el Jesús evangélico emancipador sino un
Jesús canónico o canónigo, un chantre o cantor de un Dios pontificio de rasgos
pontificales ya que, siendo omnipotente y todopoderoso, no parece poder
salvaguardarnos de los males extrahumanos que nos afligen, al tiempo que su
Iglesia tampoco nos salvaguarda de los males humanos que nos circundan. Pero
entonces resulta arrogante el dicterio de la Iglesia, según el cual fuera de la Iglesia no hay salvación:
pues si fuera de la Iglesia
no hay salvación , dentro de la Iglesia no hay
solución. A no ser por la disolución
natural de sus actuales representantes tan anticuarios.
He aquí que el Dios-amor de la Biblia cristiana se ha
reconvertido en un Dios que prohíbe, fustiga y castiga casi todos los amores
por pecaminosos. Con lo interesante que sería una auténtica postura cristiana
que, en estos tiempos de dispersión y disipación, predicara/practicara una
actitud evangélica respetuosa con las fuentes sexuales de la vida, pero sin
posturas rígidas ni farisaicas, ventilando los problemas del hombre en este
mundo y aún no en el otro. Y es que el problema de la moral católica
desmoraliza a tantos: los usos eclesiásticos son rehusados y sus modos, maneras
o mores resultan rémores, o sea, rémoras en el contexto de
nuestra peregrinación por este extraño mundo.