J. Mª. Castillo. Religión Digital
26.06.11
Una de las cosas más extrañas, que están sucediendo en
España ahora mismo, es el silencio que mantienen las religiones ante la crisis
(económica y política) tan delicada y difícil que estamos viviendo en nuestro
país y en toda Europa. En privado, todo el mundo opina sobre estas cosas. Pero,
como instituciones, ni
Por supuesto, yo entiendo perfectamente que las religiones
no sepan qué decir en una situación como ésta. Porque el problema de fondo que
se debate - el problema que han planteado las concentraciones de los
“indignados” en las plazas de nuestras ciudades - es el problema de la democracia.
O, para decirlo con más precisión, el problema que consiste en saber cómo
podemos recuperar y poner en práctica los ideales y las aspiraciones de la más
auténtica democracia participativa, la democracia en la que los ciudadanos
podamos participar de verdad y efectivamente en la toma de las decisiones
políticas y económicas que nos afectan a todos. Pero, entonces, si ése es el
problema más serio que se plantea en este momento, ¿qué nos van a decir sobre
ese asunto unas instituciones - tal es el caso de las grandes confesiones
religiosas - que no son en absoluto democráticas? Es más, ni lo son, ni pueden
serlo. Porque las religiones, por su misma razón de ser, se explican y
funcionan a partir de un Absoluto, representado en la tierra por hombres
“sagrados” y “consagrados”, que, si quieren ser fieles a su sagrada misión en
el mundo, no tienen más remedio que transmitir a sus fieles verdades absolutas
y decisiones divinas, ante las que nadie puede rechistar. Por eso entiendo
perfectamente que lo mejor que pueden hacer los “hombres de la religión”, en
una situación como ésta, es quedarse callados y no opinar. Porque, ¿qué pueden
opinar sobre la “participación popular” quienes tienen su razón de ser en la
“intervención divina”?
Y que nadie eche mano de la fácil escapatoria de la
neutralidad. Que nadie diga, por tanto, que los “hombres de la religión” no se
meten en estos asuntos porque ellos se ocupan de las cosas del cielo y no se
entrometen en las de la tierra. No creo que, a estas alturas, haya gente tan simple
como para decir semejante estupidez, cuando sabemos de sobra que la historia
dice exactamente lo contrario. Pero, sin entrar en análisis más profundos de
este asunto, ante todo hay que recordar que, en política, no es posible
neutralidad alguna. Porque quien dice que no se mete en política, por eso
mismo, ya se ha metido en política hasta las cejas. La presunta apatía política
es complicidad con el poder establecido y con todos los atropellos que el pode
político comete, sea de la tendencia que sea.
La situación que estamos viviendo es seguramente el mejor
test para medir la autenticidad de las religiones. No digo de los dirigentes
religiosos, sino de las religiones en sí mismas. Y por encima de las
religiones, la autenticidad del Dios que nos presenta cada religión. No
pretendo, ni decir ni insinuar, que hay religiones verdaderas y religiones
falsas, dioses verdaderos o dioses falsos. El que se mete por ese camino
debería saber que se mete en un callejón sin salida. Por ahí, al menos hasta
ahora, no hemos ido a ninguna parte. O mejor dicho, eso es lo que nos ha
llevado a violencias tan brutales, que da vergüenza recordarlas. No, por ahí
no. Cuando hablamos de religión y de Dios, la pregunta que hay que afrontar no
es la pregunta por la verdad, sino la pregunta por la utilidad. La religión, mi
religión y mi Dios, ¿de qué nos sirven y para qué nos sirven? Nos hacen más
respetuosos y tolerantes, más buenas personas y, sobre todo, ciudadanos más
responsables y sensibles ante lo que nos rodea?
Allá las cabezas pensantes con sus elucubraciones
especulativas sobre Dios y su razón de ser. Cada día me interesan menos esas
cuestiones. Porque cada día veo más claro que, en cuanto se refiere a Dios y a
la religión, lo determinante no es la fe, sino la ética. Hasta ahora, por lo
menos, las creencias han servido, con demasiada frecuencia, para dividirnos,
enfrentarnos, violentarnos y hasta matarnos. En la medida en que eso ha sido
así, no me interesan esas creencias. Lo digo con toda la sinceridad de que soy
capaz: sólo puedo creer en el Dios que propone y demanda una ética al servicio
de la misericordia. Porque sólo puedo creer en un Dios que se funde con lo
humano y así nos humaniza. Todo lo que no sea eso, me da miedo. Y, a veces,
pena. Por eso pienso que el silencio de los hombres religiosos, en este momento
y sobre los asuntos más candentes del momento, es un silencio interesado. O
quizás cómplice. En ningún caso, eso puede ser el “silencio de Dios”, del que
nos hablaron los mejores místicos de la historia.