La espiritualidad, un negocio en alza

JUAN JOSÉ TAMAYO/DTOR. DE LA CÁTEDRA DE TEOLOGÍA Y CC. DE LAS RELIGIONES 'IGNACIO ELLACURÍA'. UNIV. CARLOS III DE MADRID

Cada vez son menos los ámbitos de la existencia que escapan al mundo del negocio. El ocio, la vida privada, las relaciones personales, la cultura, espacios vitales que otrora estaban más o menos preservados de los círculos venales, han caído en la trampa de la racionalidad científico-técnica, que busca resultados en forma de beneficios contantes y sonantes.

Hasta la espiritualidad ha terminado por caer en las redes del mercado y se ha convertido en un ingente negocio. El mundo empresarial ha descubierto su poder e invierte en espiritualidad esperando conseguir pingües beneficios a muy corto plazo. 'The Wall Street Journal', la Biblia de la religión del mercado, como la llama Ignacio Ramonet, revelaba hace unos años que la espiritualidad movía hoy en el mundo mil millones de dólares. Yo creo que ya entonces se quedaba corto y hoy, ciertamente, rebasa esa cantidad con creces.

Varios son los fenómenos que se mueven en esa órbita: las nuevas manifestaciones de la magia, que desembocan en una credulidad laica; algunas de las manifestaciones religiosas orientales manipuladas por intereses crematísticos; y, en nuestro caso, la propia institución eclesiástica que se ha convertido en una ingente empresa de lo sagrado, que vive de limosnas, exenciones fiscales, asignaciones tributarias, inversiones en paraísos fiscales, y apenas se preocupa del desarrollo de la fe y menos aún del fomento de una espiritualidad evangélica, gratuita y liberadora. Son todos ellos ejemplos de perversión de la fe religiosa y de la espiritualidad hasta límites insospechados. 'Corruptio optimi pésima'.

El mundo de la magia tiene un fuerte arraigo tanto en el terreno de las creencias religiosas tradicionales cuanto en el imaginario colectivo de las sociedades occidentales laicas. Se extiende la 'cultura de los horóscopos' con el apoyo de no pocos medios de comunicación y crece en proporciones insospechadas el número de personas que los consultan a diario y se rigen ciegamente por sus previsiones. El individuo renuncia así a su libertad de elección y se pone en manos de las fuerzas del destino. Lo que entre muchas personas comienza como un juego o una distracción, con el paso del tiempo se convierte en una especie de imperativo categórico a seguir. Las consultas de los videntes, cartomantes, magos y adivinos cuentan cada vez con más clientes en busca de mensajes optimistas que alivien las tensiones y los conflictos de la vida. El alivio, empero, es pasajero y se torna frustración en cuanto la persona se enfrenta con la dura realidad cotidiana. Los honorarios por las consultas de este tipo no suelen estar sometidos a regulación alguna y pueden constituir una forma de extorsión económica legitimada socialmente y no controlada por las instancias correspondientes.

Estamos ante una de las religiones con mayor clientela, en su mayoría gente crédula, carente de sentido crítico ante el bombardeo de una publicidad engañosa, y una nueva forma de simonía, todavía más perversa que la de Ananías y Safira, descrita en Hechos de los Apóstoles (Hch 5,1-11), ya que se aprovecha de la debilidad psicológica y cultural de la gente y negocia con los sentimientos, que es lo más sagrado que tiene la persona.

Un elemento importante a tener en cuenta en el fenómeno de credulidad descrito es que recorre todas las edades y todas las clases sociales y no conoce fronteras geográficas. A ellas se adhieren personas acomodadas en busca de mejoras 'existenciales', y personas desfavorecidas para encontrar una salida a su vida sin futuro. No faltan jóvenes, incluso no creyentes, que se instalan en ese mundo, sin experimentar contradicción alguna. Según una encuesta del Instituto de la Juventud, el porcentaje de jóvenes españoles que cree en adivinos, 'profetas' y enviados ha subido en cinco años 7 puntos, pasando del 15% en 1995 al 22% en 2000.

Según el Informe sobre Jóvenes españoles 1999, de la Fundación Santa María, en España los jóvenes católicos practicantes han pasado del 91% en 1960 al 32% en 1999; la práctica religiosa semanal ha pasado del 20% en 1984 al 12% en 1999 y puede llegar a ser residual. También las creencias católicas van en descenso en las últimas décadas. La actitud ante la Iglesia Católica es cada vez más negativa. Menos del 3% la señala como uno de los espacios más influyentes en la orientación de la vida. Y, sin embargo, el mismo estudio señala que entre los jóvenes hay una relativa aceptación de fenómenos como horóscopos, cartas del tarot, astrología, consultas a personas con poderes especiales. Entre 1994 y 1999 se mantuvo estable la creencia en horóscopos y en la astrología en torno al 40%. Un dato significativo al respecto a tener en cuenta es que en 1994 el 42% de los jóvenes reconocía no rezar nunca, al tiempo que el mismo porcentaje decía creer en horóscopos y en la astrología. ¿No estarán sustituyendo estos fenómenos pararreligiosos a las formas tradicionales cristianas?

También las religiones orientales transplantadas a Occidente, o al menos sus técnicas milenarias de meditación, contemplación y profundización, se han convertido en negocio por mor de los tahúres y violadores de lo sagrado. Lo que constituye un maravilloso capital antropológico, sapiencial y místico de la Humanidad ha pasado a ser una forma de explotación de gente crédula, sin capacidad de autodefensa frente a las agresiones de los manipuladores sin escrúpulos, y una fuente de ingresos para imitadores de la religiosidad oriental.

Al desarrollo del negocio de la espiritualidad colaboran, y de manera muy eficaz, las religiones establecidas y, entre nosotros, la institución eclesiástica con su jerarquía al frente y con la contribución necesaria de los nuevos movimientos eclesiales neoconservadores. Lo que parece mover a la institución eclesiástica es asegurar su pervivencia a cualquier coste y el mantenimiento de sus privilegios, aquellos de los que disfrutaba en el 'ancien régime' y en épocas todavía cercanas. Lo que busca es la reproducción de su ideología conservadora en todos los ámbitos de la sociedad; una ideología que no se presenta modestamente como oferta de sentido, sino que pretende imponerse a toda la ciudadanía e incluso a los representantes de la voluntad popular, a quienes se pide que voten conforme a los dictámenes de la jerarquía católica, y no en conciencia y conforme al programa del partido por el que fueron elegidos. Lo que pretende conseguir es la financiación económica por parte del Estado, que la convierte en institución protegida, tutelada, y, en definitiva, dependiente. Lo que anhela es el mantenimiento de una moral rancia, represiva, patriarcal, que muy poco tiene que ver con la ética liberadora del Evangelio y con el seguimiento de Jesús de Nazaret. El deseo manifiesto es asegurar su influencia en las esferas de poder; influencia que a la postre es injerencia, sin respeto a la laicidad del Estado, ni a la secularización de la sociedad ni a la autonomía de las realidades temporales.

Lo que estas manifestaciones demuestran es que se ha producido un desplazamiento múltiple: de la creencia crítica, que caracterizó el fenómeno religioso de las décadas anteriores y que cuestionaba el orden establecido, a la credulidad acrítica, que se instala cómodamente en el orden establecido y lo legitima religiosamente; de la gratuidad, que constituye lo más genuino y auténtico de la experiencia religiosa y que definió a los movimientos espirituales alternativos, al interés crematístico; de una fe movilizadora de las conciencias y de las energías utópicas a una fe adormecedora de las conciencias; de la comunicación directa con la divinidad a la reación mediada por guías espirituales, gurús, ritos, prácticas religiosas, etcétera, que reportan pingües beneficios a los profesionales de lo sagrado.