Recientemente he tomado parte en un Cursillo de Novios que organiza cada año mi parroquia. A lo largo de seis días hemos ido presentando diversas experiencias de los mismos matrimonios que han ido dirigiendo las diversas sesiones; el quinto día me tocó a mí hablar de mi fe. Y, aunque no es normal, como les dije, que un cura se confiese en público, os expongo a continuación el contenido de mi exposición.
Nací
en una familia cristiana y practicante que habitaba a una manzana de
Mi idea de Dios ha ido cambiando a lo largo de mi vida. Cuando era crío creía que Dios estaba en todas partes, entendiendo esto incluso de una forma meramente física. Recuerdo que un amigo me decía: “Entonces, si Dios está en todas partes, si yo te doy un puñetazo pues resulta que también se lo doy a Él mientras mi puño va recorriendo el espacio hasta tu cuerpo, ya que Dios ocupa ese espacio”. Era una presencia un tanto incordiante ya que su ojo lo veía todo y parecía que carecías de intimidad. Se trataba de un Dios que se dedicaba a juzgarnos y podía enviarnos al cielo o al infierno, con una probabilidad en torno al 50 % en cada opción; y no bastaba con haber sido bueno toda la vida ya que se nos recordaba el ejemplo de aquél que lo había sido pero de repente cometió un pecado mortal y a continuación se murió, condenándose por tanto sin remedio. Terrible esa posibilidad. Por otra parte era un Dios todopoderoso, lo que llevaba consigo que para conseguir algo había que pedírselo, aferrándonos constantemente a la opción del milagro. Y se trataba de un Dios eterno, sin principio ni fin, algo que desbordaba nuestras mentes, un lío, en definitiva. Pero teníamos fe, la cual era definida como creer lo que no se ve.
Poco a poco, incluso simultáneamente, fui descubriendo que Dios era Alguien, un ser personal, no “algo que tiene que haber”. Y Alguien presente, pero no agobiante, cercano y que nos envuelve amorosamente (“nos movemos en Él”, como proclama S. Pablo). Alguien, por consiguiente, que te quiere, que es el Amor más grande. Alguien con características humanas, sensible, incluso débil, que necesita de nosotros porque no ejerce de todopoderoso al habernos creado libres: el Dios Padre de Jesús al cual podemos rezar el Padrenuestro, porque también lo es nuestro.
Este Dios que nos quiere nos llama. Y surgió la cuestión de la vocación, y fui descubriendo poco a poco, no de golpe, aunque bastante temprano, que me gustaba lo de ser cura. Y a su llamada no me quedaba más remedio que responder entablando un diálogo con Dios. De ahí la necesidad de rezar, pero una oración no de recitar oraciones sino de sentir a Dios, de estar con Él.
Mi
fe es y ha sido una fe “trinitaria”. Creo en Dios Padre con una fe que es
confianza en Él, me fío de Él. Mi fe pasa por Jesucristo que para mí y para un
cristiano es la clave, mi referencia, el “rostro” de Dios. Y mi fe es animada
por el Espíritu, el Espíritu de Jesucristo que me lleva al Padre, me lleva a
formar comunidad con otros y me impulsa hacia los otros, especialmente hacia
los pobres. En esta fe he apoyado mi compromiso, por ejemplo, con los
transeúntes, con los que he compartido bastante de mi vida durante 25 años
hasta que la dirección de Cáritas me cerró sus puertas autoritariamente
truncando mi relación con ellos en
Mi fe la he vivido más en medio de la vida que encerrado en el templo. Ha sido una fe no de considerar a Dios para mí sino a mí para Dios. No he seguido un estilo de ermitaño solitario sino de encuentro con los demás. Y no la he vivido en las nubes, en un espiritualismo desencarnado, sino en contacto con los pobres. Por eso, a la pregunta que hace muchos años me dirigió una persona: “si te quedara un solo día de vida, ¿qué harías?”, mi respuesta no sería la de encerrarme en una iglesia a rezar sin parar, sino continuar disfrutando de la presencia de Dios en medio de mi vida normal.
Mi fe no está ni ha estado exenta de dudas. Dios es un Misterio y se escapa si quieres atraparlo. Nunca podemos decir que ya tenemos claro lo suyo porque siempre nos va asaltando la duda de pensar si será verdad o me estoy autoengañando. Por eso desconfío de aquellas personas que lo tienen claro y sin dudas: ahí se apoyan normalmente los fundamentalismos de todo tipo. Pero trato de seguir adelante pese a todo, mantengo mi esperanza y trato de unir mi fe con la caridad, ya que obras son amores.
Mi
fe ha pasado por sucesivos momentos de crisis, ha ido creciendo, madurando y
superando obstáculos. Simultáneamente a mis primeros atisbos de vocación de ir
al Seminario pasé por un amor adolescente que me duró como dos años provocando
lógicamente, una cierta rivalidad dentro de mí con el Amor de Dios. Luego, una
vez dentro, descubrí que los seminaristas no meaban agua bendita, que había de
todo, y que aquello no era el paraíso deseado. Más tarde sufrí los desgarros al
tener que “separarme” de buenos amigos que abandonaban y elegían otros caminos,
aunque siempre procuré no quedarme limitado a mis amigos de “dentro”. Después
llegó la política vivida al final del franquismo y surgía la pregunta de si no
sería más “eficaz” la lucha sociopolítica que la fe. Con el paso de los años, y
debido a mi orientación no precisamente conservadora y muchas veces crítica con
la institución y con sus dirigentes, ha habido quienes me han lanzado y me
siguen lanzando la pregunta: ¿qué haces tú ahí con tu forma de pensar y de
actuar, por qué no te vas de
La respuesta que me doy es que sí. Porque, ¿qué ha añadido y añade Dios a mi vida? Digamos que fundamentalmente sentirme querido por el que es Padre y Fundamento de todo. Que ahí es nada en mi pequeñez. Me ha dado sentido, una visión más amplia y global, trascendencia, porque creo en Jesucristo como camino, verdad y vida. Me ha dado “profundidad” al sentir que Dios “habita” en lo más profundo de mí mismo, es lo más íntimo de mí. Me ha dado Espíritu, incluido el impulso, el estilo, la fortaleza. Y me ha dado hermanos, creyentes con los que he establecido y establezco relaciones de comunidad solidaria.
A Dios no lo puedo demostrar ni me valen las “pruebas” que antaño se elaboraron para conseguirlo. Pero lo vivo y lo razono ya que mi fe no es la “del carbonero”. Me fío de Él, como los miembros de la pareja se fían mutuamente. Y lo siento compañero en el camino (¡cuántas oraciones a Él en mi caminar desde la parroquia hasta mi casa!, por ejemplo). Lo experimento en los otros, como presencia o incluso a veces como aparente ausencia. Y lo celebro con mis parroquianos en las eucaristías, especialmente en las de los domingos en las que nos reunimos en un buen número en esta mi parroquia Madre de Dios de Begoña en la que María supone un aliento y modelo en nuestro caminar.
Pepe Nerín
13.4.2008