La fiesta ha terminado
Lluís Foix,
Hace unos meses el semanario The Economist cubría toda su portada con un titular bien sencillo: The party is over, la fiesta ha terminado. Pocos economistas, y por supuesto ningún político, eran conscientes de que la parte más severa de la crisis no sería el 2009 sino el 2010, 2011 y años siguientes. Los tiempos de los discursos han dado paso a los decretos de recortes sociales que contradicen aquellos discursos.
La orquesta del Titanic sigue tocando pero ya nadie baila ni
se divierte. La supervivencia es la prioridad. Hay prisas, nervios y pasos
precipitados. El barco no se puede hundir. Cuando Raimon Obiols habló por primera vez de la "apoteosis
barroca del dinero", en los días en que España era una fábrica portentosa
de fortunas rápidas, nadie le hizo caso. Al fin y al cabo, el ministro Carlos
Solchaga afirmaba en aquellos tiempos de
abundancia que España era el país donde uno se podía enriquecer más
rápidamente.
No soy pesimista de plantilla y prefiero ser positivo. Saldremos de esta
situación, no sé cuándo ni cómo. Pero saldremos. No sé vaticinar quién nos
echará la cuerda al fondo del pozo. Sospecho que serán otros de los que hoy nos
gobiernan, aunque no les veo preparados.
El premio Nobel de Economía de 2008, Paul
Krugman, dado a conocer en la recta final
del declive de George Bush, escribió que "si ustedes
quieren saber de dónde salió la crisis, han de pensar que estamos viendo la
venganza de la superabundancia". Una superabundancia que descansaba en el
crédito y la especulación, sin reglas ni políticas fiscales homogéneas,
arrastrados todos por la galopante globalización sin el ropaje jurídico
imprescindible para vigilar y corregir los abusos.
Atravesamos la segunda gran crisis del capitalismo y vemos que las
consecuencias del primer tropiezo en 1929 se están repitiendo implacablemente
en nuestros días. Crisis económica y financiera, crisis social y crisis
política en el mundo occidental. Los expertos dirán que era inevitable. Pero lo
dicen después y no antes, cuando tenían los datos para advertir lo que se
avecinaba. Las consecuencias no les afectan. Seguirán debatiendo sobre sus
teorías.
No es decente tratar el paro como una simple estadística, un recuento de
víctimas accidentales en la lucha contra el gasto público, la inflación o la
estabilidad bancaria. Los parados son personas, con familias, cuyas vidas
resultan afectadas, y con frecuencia devastadas, por las políticas económicas
de los expertos, convenientemente adoptadas por los gobiernos.
No sabemos cómo se aplicarán las correcciones, al margen de la terapia de
urgencia que están dictando los gobiernos atribulados de hoy. Las correcciones
hay que inventarlas y tendrán que pasar necesariamente por poner en el centro
del sistema a la persona, la auténtica protagonista de la historia. Habrá que
redescubrir el significado de la justicia, de la libertad, de la verdad y de la
solidaridad entre individuos, pueblos, naciones y estados. Ciertamente, la
fiesta ha terminado.