LA
IGLESIA CORRE EL RIESGO DE CONVERTIRSE EN UNA SUBCULTURA
Entrevista a Monseñor Rouet,
Arzobispo de Poitiers. Le Monde 03/04/10
ECLESALIA, 04/05/10.-Traducción de Inmaculada Franco
El arzobispo de Poitiers, Mons.
Albert Rouet es una de las figuras más libres del
episcopado francés. Su obra “J’aimerais vous dire” (Me gustaría deciros) Bayard,
2009, es un best-seller en su categoría. Ha vendido más de 30.000 ejemplares,
recibido el premio 2010 de los lectores de La Procure (la mayor librería
católica de Francia), es un libro de entrevistas que lanza una mirada bastante
crítica sobre la Iglesia
católica. Con motivo de la
Pascua, Mons. Rouet nos entrega sus
reflexiones de actualidad y su diagnóstico sobre la institución.
La Iglesia católica se ve
sacudida desde hace meses por la revelación de los escándalos de pedofilía en varios países europeos. ¿Le han sorprendido?
Me gustaría precisar una cosa primero: para que haya pedofilia se
precisan dos condiciones, una perversión profunda y poder. Lo que significa que
todo sistema cerrado, idealizado, sacralizado, es un peligro. En la medida en
que una institución –incluida la
Iglesia- se constituye en base a un derecho privado, se cree
en posición de fuerza, ahí son posibles las derivas financieras o sexuales. Es
lo que revela esta crisis y ello nos obliga a volver al Evangelio: la debilidad
de Cristo es constitutiva de la forma de ser de la Iglesia.
En Francia, la Iglesia
no tiene más este tipo de poder, por lo que estamos frente a faltas
individuales, graves y condenables, pero no ante un asunto sistemático.
Estas revelaciones llegan después de
varias crisis que han jalonado el pontificado de Benedicto XVI. ¿Qué es lo que
pone a la Iglesia
en apuros?
Desde hace algún tiempo, la
Iglesia sufre tormentas internas y externas. Tenemos un papa
que es más un teórico que un historiador. Sigue siendo el profesor que piensa
que cuando un problema está bien planteado está ya medio resuelto. Pero en la
vida, esto no es así; nos enfrentamos a la complejidad, a la resistencia de lo
real. Lo vemos claramente en nuestras diócesis donde ¡hacemos lo que podemos! La Iglesia tiene dificultades
para situarse en el agitado mundo de hoy. Y ése es el corazón del problema. Me
preocupan dos cosas de la situación actual de la Iglesia. Se da hoy en
ella una congelación de la palabra. Por tanto, cualquier cuestionamiento de la
exégesis o de la moral se juzga blasfemo. El cuestionar es algo que ya no se
produce automáticamente y es una pena. Al mismo tiempo, en la Iglesia reina una
atmósfera de suspicacia malsana. La institución se enfrenta al centralismo
romano que se apoya sobre toda una red de denuncias. Ciertas corrientes pasan
el tiempo denunciando las posiciones de tal o cual obispo, haciendo informes
contra uno, guardando fichas contra otro. Y esto se intensifica con Internet.
Por otro lado, veo una evolución de la Iglesia paralela a la de
nuestra sociedad. La sociedad quiere más seguridad, más leyes; la Iglesia, más identidad,
más decretos, más reglamentos. Nos protegemos, nos encerramos. Es la señal
misma de un mundo cerrado, ¡y es un desastre!
En
general, la Iglesia
es un buen espejo de la sociedad. Pero actualmente, en su interior son
especialmente fuertes las presiones relativas a la identidad. Hay toda una
corriente, que no reflexiona mucho, que ha asumido una identidad de tipo
reivindicativo. Después de la publicación en la prensa de caricaturas sobre la
pedofilia en la Iglesia,
¡he recibido reacciones dignas de los integristas islámicos con ocasión de las
caricaturas de Mahoma! Al aparecer de forma ofensiva, uno se descalifica.
El
presidente de la conferencia episcopal, Monseñor André
Vingt-Trois, ha vuelto a decirlo en Lourdes el 26 de
marzo: la Iglesia francesa
está marcada por la crisis de vocaciones, el descenso en la transmisión de la
fe, la disolución de la presencia cristiana en la sociedad. ¿Cómo vive usted
esta situación?
Trato
de tomar nota de que estamos al final de una época. Hemos pasado de un
cristianismo de costumbre a un cristianismo de convicción. El cristianismo se
había mantenido sobre el hecho de que se había reservado el monopolio de la
gestión de lo sagrado y de las celebraciones. Con la llegada de nuevas
religiones y con la secularización, la gente ya no recurre a esa idea de lo
sagrado.
Pero
¿acaso podremos decir que la mariposa es “más” o “menos” que la crisálida? Es
otra cosa. Por eso yo no razono en términos de degeneración o de abandono:
estamos en proceso de mutación. Nos falta calcular la amplitud de esa mutación.
Mire
mi diócesis: hace setenta años, tenía 800 curas. Hoy en día, tiene 200, pero
también cuenta con 45 diáconos y 10.000 personas involucradas en las 320
comunidades locales que comenzamos a crear hace quince años. Y eso es mejor.
Hay que acabar con la pastoral tipo SNCF (N.T. la Renfe
en España). Hay que cerrar algunas líneas y abrir otras. Cuando uno
se adapta a la gente, a su manera de vivir, a sus horarios, la asistencia
aumenta, también a la catequesis. Y la Iglesia tiene esta capacidad de adaptación.
¿De
qué forma?
Nosotros
ya no tenemos el personal suficiente para una división territorial con 36.000
parroquias. Y entonces, o bien lo consideramos una desgracia de la que hay que
salir a cualquier precio y resacralizamos al cura, o
bien inventamos otra cosa. La pobreza de la Iglesia es una provocación para que abramos
nuevas puertas. ¿La Iglesia
debe apoyarse en sus clérigos o en sus bautizados? Yo pienso que la Iglesia debería confiar en
los laicos y dejar de funcionar sobre la base de una división territorial
medieval. Esto es un cambio fundamental. Y un reto.
¿Ese
reto supone el abrir el sacerdocio hacia los hombres casados?
¡Sí y
no! No, ya que imagínese que mañana yo pueda ordenar a diez hombres casados,
que los conozco, no es eso lo que falta. No podría pagarles. Deberían trabajar,
por lo tanto, y no estarían disponibles más que los fines de semana para los
sacramentos. Así regresaríamos a una imagen del cura
vinculada sólo al culto. Sería una falsa modernidad.
Sin
embargo, si cambiamos la manera de ejercer el ministerio, si su función en la
comunidad es otra, entonces sí, podemos considerar la ordenación de hombres
casados. El cura no debe seguir siendo el patrón de la parroquia; debe apoyar a
los bautizados para que se conviertan en adultos de fe, debe formarlos, evitar
que se replieguen en sí mismos..
Es él
[el cura] quien debería recordarles que son cristianos para los otros, no para
sí mismos. Entonces, él presidirá la eucaristía como un gesto de fraternidad.
Si los laicos siguen siendo menores de edad, la Iglesia no tendrá
credibilidad. Ella debe hablar de adulto a adulto.
Usted
considera que la palabra de la
Iglesia ya no se adapta al mundo. ¿Por qué?
Con la
secularización, se formó una especie de “burbuja espiritual” dentro de la cual
flotan las palabras. Comenzando por la palabra “espiritual”, que cubre
prácticamente cualquier tipo de mercancía. Por lo tanto, es importante dar a
los cristianos los medios para identificar y expresar los elementos de su fe.
No se trata de repetir una doctrina oficial sino de permitirles decir
libremente su propia adhesión.
Frecuentemente
es nuestra manera de hablar la que no funciona. Hace falta descender de la
montaña al llano y hacerlo humildemente. Para ello se requiere de un gran
trabajo de formación, ya que la fe se había convertido en algo de lo que no se
hablaba entre cristianos.
¿Cuál
es su mayor preocupación sobre la
Iglesia?
El
peligro es real. La Iglesia
corre el riesgo de convertirse en una subcultura. Mi generación estaba apegada
a la idea de inculturación, a la inmersión en la
sociedad. Hoy en día, el riesgo es que los cristianos se encierren y endurezcan
simplemente porque tienen la impresión de estar frente a un mundo de
incomprensión. Pero no es acusando a la sociedad de todos los males como
alumbramos a la gente. Al contrario, hace falta una inmensa misericordia para
con este mundo donde millones de personas mueren de hambre. Nos toca a nosotros
amansar a ese mundo, nos toca a nosotros volvernos más amables.