Henri Boulad, 31
de enero de 2010
El jesuita egipcio más destacado en los
ámbitos eclesial e intelectual, Henri Boulad,
lanza un SOS para
Santo Padre:
Me atrevo a dirigirme directamente a Usted, pues
mi corazón sangra al ver el abismo en el que se está precipitando nuestra
Iglesia. Sabrá disculpar mi franqueza filial, inspirada a la vez por
"la libertad de los hijos de Dios" a la que nos invita San Pablo, y
por mi amor apasionado por
Le agradeceré también sepa disculpar el tono
alarmista de esta carta, pues creo que "son menos cinco" y que la
situación no puede esperar más.
Permítame en primer lugar presentarme. Jesuita
egipciolibanés de rito melquita, pronto cumpliré 78
años. Desde hace tres años soy rector del colegio de los jesuitas en El
Cairo, tras haber desempeñado los siguientes cargos: superior de los jesuitas
en Alejandría, superior regional de los jesuitas de Egipto, profesor de
teología en El Cairo, director de Caritas-Egipto y vicepresidente de Caritas Internationalis para Oriente Medio y África del Norte.
Conozco muy bien a la jerarquía católica de
Egipto por haber participado durante muchos años en sus reuniones como
Presidente de los superiores religiosos de institutos en Egipto. Tengo
relaciones muy cercanas con cada uno de ellos, algunos de los cuales son
antiguos alumnos míos. Por otra parte, conozco personalmente al Papa Chenouda III, al que veía con frecuencia. En cuanto a
la jerarquía católica de Europa, tuve ocasión de encontrarme personalmente
muchas veces con alguno de sus miembros, como el cardenal Koening,
el cardenal Schönborn, el cardenal Martini, el
cardenal Daneels, el Arzobispo Kothgasser,
los obispos diocesanos Kapellari y Küng, los demás obispos austríacos y otros obispos de otros
países europeos. Estos encuentros se producen con ocasión de mis viajes anuales
para dar conferencias por Europa: Austria, Alemania, Suiza, Hungría, Francia
Bélgica... En estos recorridos me dirijo a auditorios muy diversos y a los
media (periódicos, radios, televisiones...). Lo mismo hago en Egipto y en
Oriente Próximo.
He visitado unos cincuenta países en los
cuatro continentes y he publicado unos treinta libros en unas quince
lenguas, sobre todo en francés, árabe, húngaro y alemán. De los trece libros en
esta lengua, quizá haya leído Usted "Gottessöhne,
Gottestöchter" [Hijos, hijas de Dios], que le
hizo llegar su amigo el P. Erich Fink de Baviera.
No digo esto para presumir, sino para decirle
sencillamente que mis intenciones se fundan en un conocimiento real de
Vuelvo al motivo de esta carta, intentaré ser lo
más breve, claro y objetivo posible. En primer lugar, unas cuantas
constataciones (la lista no es exhaustiva):
1. La práctica religiosa está en constante declive. Un número cada vez más reducido de personas de la tercera edad, que desaparecerán enseguida, son las que frecuentan las iglesias de Europa y de Canadá. No quedará más remedio que cerrar dichas iglesias o transformarlas en museos, en mezquitas, en clubs o en bibliotecas municipales, como ya se hace. Lo que me sorprende es que muchas de ellas están siendo completamente renovadas y modernizadas mediante grandes gastos con idea de atraer a los fieles. Pero no es esto lo que frenará el éxodo.
2. Seminarios y noviciados se vacían al mismo ritmo, y las vocaciones caen en picado. El futuro es más bien sombrío y uno se pregunta quién tomará el relevo. Cada vez más parroquias europeas están a cargo de sacerdotes de Asia o de África.
3. Muchos sacerdotes abandonan el sacerdocio y los pocos que lo ejercen aún -cuya edad media sobrepasa a menudo la de la jubilación- tienen que encargarse de muchas parroquias, de modo expeditivo y administrativo. Muchos de ellos, tanto en Europa como en el Tercer Mundo, viven en concubinato a la vista de sus fieles, que normalmente los aceptan, y de su obispo, que no puede aceptarlo, pero teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes.
4.
El lenguaje de
5. Esto no podrá hacerse más que mediante una renovación en profundidad de la teología y de la catequética, que deberían repensarse y reformularse totalmente. Un sacerdote y religioso alemán que encontré recientemente me decía que la palabra "mística" no estaba mencionada ni una sola vez en "El nuevo Catecismo". No lo podía creer. Hemos de constatar que nuestra fe es muy cerebral, abstracta, dogmática y se dirige muy poco al corazón y al cuerpo.
6. En consecuencia, un gran número de cristianos se vuelven hacia las religiones de Asia, las sectas, la new-age, las iglesias evangélicas, el ocultismo, etcétera. No es de extrañar. Van a buscar en otra parte el alimento que no encuentran en casa, tienen la impresión de que les damos piedras como si fuera pan. La fe cristiana que en otro tiempo otorgaba sentido a la vida de la gente, resulta para ellos hoy un enigma, restos de un pasado acabado.
7. En el plano moral y ético, los dictámenes del Magisterio, repetidos a la saciedad, sobre el matrimonio, la contracepción, el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el matrimonio de los sacerdotes, los divorciados vueltos a casar, etcétera, no afectan ya a nadie y sólo producen dejadez e indiferencia. Todos estos problemas morales y pastorales merecen algo más que declaraciones categóricas. Necesitan un tratamiento pastoral, sociológico, psicológico, humano... en una línea más evangélica.
8.
9.
Las naciones más católicas de antes -Francia,
"primogénita de
10. El
diálogo con las demás iglesias y religiones está en preocupante retroceso hoy.
Los grandes progresos realizados desde hace medio siglo están en entredicho en
este momento.
Frente a esta constatación casi demoledora, la
reacción de la iglesia es doble:
- Tiende a minimizar la gravedad de la situación
y a consolarse constatando cierto repunte en su facción más tradicional y en
los países del tercer mundo.
- Apela a la confianza en el Señor, que la ha
sostenido durante veinte siglos y será muy capaz de ayudarla a superar esta
nueva crisis, como lo ha hecho con las precedentes. ¿Acaso no tiene promesas de
vida eterna?
A esto respondo:
- No es apoyándose en el pasado ni recogiendo sus
migajas como se resolverán los problemas de hoy y de mañana.
- La aparente vitalidad de las Iglesias del
tercer mundo es equívoca. Según parece, estas nuevas Iglesias atravesarán
pronto o tarde por las mismas crisis que ha conocido la vieja cristiandad
europea.
-
- ¿Hasta cuándo seguiremos jugando a la
política del avestruz y a esconder la cabeza en la arena? ¿Hasta cuándo
evitaremos mirar las cosas de frente? ¿Hasta cuándo seguiremos dando la
espalda, crispándonos contra toda crítica, en lugar de ver ahí una oportunidad
de renovación? ¿Hasta cuándo continuaremos posponiendo ad calendas graecas una reforma que se impone y que se ha abandonado
demasiado tiempo?
- Sólo mirando decididamente hacia delante y no
hacia atrás
- Repito lo que decía al principio de esta carta:
"¡SON MENOS CINCO!" -¡fünf vor zwölf!-
- Toda operación comercial que constata un
déficit o disfunción se reconsidera inmediatamente, se reúne a expertos,
intenta recuperarse, se movilizan todas sus energías para superar la crisis.
- ¿Por qué
- ¿Por pereza, dejadez, orgullo, falta de
imaginación, de creatividad, quietismo culpable, en la esperanza de que el
Señor se las arreglará y que
- Cristo, en el Evangelio, nos pone en guardia:
"Los hijos de las tinieblas gestionan mucho mejor sus asuntos que los hijos
de la luz..."
ENTONCES, QUÉ HACER?...
1. Una reforma teológica y catequética
para repensar la fe y reformularla de modo coherente para nuestros
contemporáneos.
Una fe que ya no significa nada, que no da
sentido a la existencia, no es más que un adorno, una superestructura inútil
que cae de sí misma. Es el caso actual.
2. Una reforma pastoral para repensar de
cabo a rabo las estructuras heredadas del pasado.
3. Una reforma espiritual para revitalizar
la mística y repensar los sacramentos con vistas a darles una dimensión
existencial, a articularlos con la vida.
Tendría mucho que decir sobre esto.
Para terminar, sugiero la convocatoria de un
sínodo general a nivel de la iglesia universal, en el que participaran
todos los cristianos -católicos y otros- para examinar con toda franqueza y
claridad los puntos señalados más arriba y los que se propusieran. Tal sínodo,
que duraría tres años, se terminaría con una asamblea general -evitemos el
término "concilio"- que sintetizara los resultados de esta
investigación y sacara de ahí las conclusiones.
Termino, Santo Padre, pidiéndole perdón por mi
franqueza y audacia y solicito vuestra paternal bendición. Permítame
también decirle que vivo estos días en su compañía, gracias a su extraordinario
libro "Jesús de Nazareth", que es objeto de
mi lectura espiritual y de meditación cotidiana.
Suyo afectísimo en el Señor,
P. Henri Boulad, s.j.