LA MUJER EN EL CRISTIANISMO

 

Autor: Hans Küng. Editorial Trotta, Madrid 2002. Edición original: 2002. Páginas: 156.

 

LA MUJER EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO

 

La principal razón aducida para que las mujeres no puedan ordenarse “sacerdotes” es que Cristo no eligió para apóstol a ninguna mujer. Lo cierto es que los Evangelios no tienen inconveniente alguno para hablar de relaciones de Jesús con mujeres. Es verdad que para el estrecho círculo de los Doce, que había de representar al pueblo de las doce tribus del final de los tiempos, sólo escogió varones, pero en el círculo más amplio de seguidores de Jesús las mujeres tuvieron un papel importante. El Nazareno, aunque él mismo fuera soltero, no hizo del celibato una condición para seguirle.

 

Jesús llama a Dios cariñosamente “padre”, “padre mío”, “papaíto”, pero con ello no pretendía resaltar el papel masculino. La obra de Jesús hizo nacer una comunidad de seguidores en plano de igualdad, pero no con un igualitarismo uniforme, nivelador de toda una variedad de carismas y servicios. Por ejemplo, ya desde el comienzo hubo profetisas además de profetas.

 

LA MUJER EN LA IGLESIA PRIMITIVA

 

Pablo en sus cartas se dirige expresamente a las mujeres como a sus colaboradoras o colegas. Muchas de estas mujeres se consideran “operarias” del Evangelio. Se habla de la actividad de profetisas.

 

Pero el principio del cristianismo primitivo predicado por Pablo en la Carta a los Gálatas, según el cual hombre y mujer son uno “en Cristo” por el bautismo, no siempre ni en todas partes se hizo verdaderamente realidad. Existieron siempre fuerzas que querían limitar la igualdad de judíos y griegos, de libres y esclavos, de hombres y mujeres. Esta tendencia acabó imponiéndose.

 

Es seguro que entre los gnósticos las mujeres pudieron asumir funciones que les estaban vedadas en la Iglesia oficial, pero también en algunos textos encontramos un expreso desprecio de las mismas e incluso una demonización de lo femenino y un rechazo del matrimonio.

 

Durante mucho tiempo se consideró como algo natural que la subordinación de las mujeres deseada por la Iglesia estaba legitimada como revelación divina y tradición sagrada.

 

En los relatos sobre mujeres mártires, éstas aparecen en plano de total igualdad. Pero en la definición de las relaciones entre sexos termina venciendo la mentalidad jerárquica y habrá que esperar hasta los movimientos en pro de una Iglesia libre de la Edad Moderna para ver de nuevo el deseo de igualdad recuperando terreno dentro del Cristianismo. Incluso hay que señalar que tampoco en las Iglesias heréticas se mantuvo por mucho tiempo el deseo de igualdad.

 

¿Qué impidió la verdadera emancipación de la mujer en la Iglesia primitiva? 1) La implantación de estructuras jerárquicas, 2) la aversión a la sexualidad, 3) el desprecio a la cultura. En los siglos II y III se pusieron las bases para la creciente desconfianza hacia la mujer en la vida y la doctrina de la Iglesia de los siglos posteriores. Pero no hay que olvidar que a ello contribuyó la prohibición de casarse los clérigos.

 

LA MUJER EN LA IGLESIA DE LA EDAD MEDIA

 

San Agustín relaciona la transmisión del pecado original con el acto sexual, por lo que es el principal responsable de la represión de la sexualidad dentro de la teología y la Iglesia occidentales. Este santo defendió la idea generalizada de la inferioridad de la mujer en el aspecto corporal, aunque se dé igualdad con el hombre en el plano espiritual. Siguiendo a este santo, la primera teología escolástica defendió la tesis de que el pecado original se transmitía por el placer sexual de la consumación del matrimonio.

 

El sistema romano impuso en la Iglesia católica de Occidente el centralismo, el juridicismo, la politización y sobre todo la clericalización. El papa Gregorio VII exigió a todo el clero obediencia absoluta, renuncia al matrimonio y vida en comunidad. Hubo reacciones contra la prohibición de casarse, sobre todo en Alemania. En derecho eclesiástico hay que esperar al segundo Concilio de Letrán en 1139 para consolidar esta tendencia y al papa Inocencio III (comienzos del siglo XIII).

 

Sto. Tomás de Aquino exageró la infravaloración de la mujer y la consideró un varón frustrado, siguiendo a Aristóteles.

 

Es verdad que la Iglesia, con su teología y su praxis del matrimonio, ha contribuido a la valoración de la mujer en la sociedad, pero por otra parte dio alas a una marcada patriarcalización de las estructuras de poder y de las normas. Los herejes valdenses (finales del siglo XII) consideraban natural la intervención en plano de igualdad de las mujeres en la actividad pública de la predicación, pero fueron excomulgados. En las órdenes reconocidas por la Iglesia la igualdad de la mujer no conoció muy buena suerte. Aunque tampoco hay que olvidar que en el ámbito de la Iglesia de entonces las mujeres gozaron de espacios y posibilidades de acción que la sociedad del momento no les ofrecía. En la mística las mujeres tuvieron un papel especial, pero los escritos de místicos y místicas siempre fueron mal recibidos e incluso muchos fueron perseguidos por la Inquisición.

 

La devoción a María, en la alta Edad Media latina, se desarrolló dentro del paradigma helenista-bizantino. Lo que importaba no era la actividad concreta de María como madre terrenal de Jesús sino su papel cósmico como virgen madre de Dios y reina de los cielos, todo un proceso de idealización y superexaltación. A partir del siglo XII se empieza a afirmar la preservación de María del pecado original y fue adquiriendo en la piedad popular rasgos humanos más claros y se habla de ella como María auxiliadora, se reza el avemaría, el ángelus, el rosario. En los siglos XIX y XX se creó la imagen de María como una figura compensatoria para clérigos solteros y ha actuado más antiecuménica que proecuménicamente.

 

El autor intenta reinterpretar la figura de María para nuestro tiempo, una imagen de María ecuménica, para lo cual da la siguientes notas: 1) según el NT María es en todos los sentidos un ser humano y no un ser celestial, 2) María es la madre de Jesús, 3) es ejemplo y modelo de fe cristiana, 4) remite a su Hijo, a la causa de Jesús de Nazaret. No se le puede invocar para defender la discriminación de la mujer en la Iglesia: no salen de la boca de María ni de Jesús órdenes de silencio o de sometimiento para las mujeres; ninguno de los dos conoce el mito de Eva que hace a la mujer responsable de todo el mal del mundo; a los dos les es ajena una demonización de la sexualidad, o la degradación de la mujer a la categoría de objeto de placer o su difamación como tentadora universal; tampoco conoce ninguno de los dos una ley del celibato.

 

LA MUJER EN LA ÉPOCA DE LA REFORMA

 

La reforma crítica de Lutero tuvo efectos revolucionarios: crítica a la misa en latín y a la misa privada, crítica al ministerio eclesiástico, crítica al monacato, crítica a las tradiciones eclesiásticas sin justificación en la Escritura, crítica a la ley del celibato que minusvalora la sexualidad, a la mujer, a la pareja y familia. Gracias a este nuevo paradigma, la posición de la mujer, no sólo en la Iglesia sino también en la sociedad, conoció una transformación positiva. Lutero tuvo en cuenta en mayor medida la naturaleza humana con todo su carácter corporal y sexual; pero, a pesar de eso, en los reformadores siguió dominando el patriarcado. La creencia en demonios y brujas fue cosa bastante compartida por católicos y protestantes, y no fue la Reforma sino la Ilustración la que acabó con esto.

 

LA MUJER EN LA MODERNIDAD Y EN LA POSTMODERNIDAD

 

Fue el primer Movimiento Romántico el que puso el contrapunto, redefinió los papeles de los sexos, afirmó plenamente la unión de espiritualidad y sensualidad en el amor y vio en las relaciones satisfactorias del hombre y la mujer la libre realización de ambos, la condición necesaria para una vida plena. La declaración de los derechos del hombre a finales del siglo XVIII se interpretó como puros y simples derechos del varón, pese al papel de las mujeres revolucionarias. Hasta el final de la primera Guerra Mundial no se reconoció en los principales países industriales el derecho de voto.

 

No fueron las Iglesias las adelantadas en este terreno sino los liberales y sobre todo los socialistas. En el Manifiesto Comunista de Marx y Engels aparece un apartado dedicado a la situación de la mujer, tratando de cambiar radicalmente la situación de ésta como mero instrumento de producción y lograr que se le reconocieran iguales derechos y dignidad que al hombre; la liberación del proletariado por medio de la revolución conlleva naturalmente la liberación también de la mujer.

 

Las iniciativas eclesiales en pro de la emancipación de la mujer, aparecidas con retraso, no alcanzaron a la clase de las trabajadoras industriales sino que se limitaron al medio burgués. Los dirigentes de la Iglesia romana se resistieron a la Modernidad, incluidas las iniciativas de emancipación de la mujer. Los papas, hasta Pío XII, vieron a la mujer exclusivamente desde su “constitución natural” como madre, que la ata por siempre a la familia y al hogar. No se produciría un cambio hasta Juan XXIII con la encíclica Pacem in terris (1963) y el Concilio Vaticano II. El pontificado de Juan Pablo II ha representado un período de estancamiento, si no de retroceso.

 

Los protestantes, al principio, apenas tuvieron en cuenta y más bien criticaron las iniciativas de mujeres emancipadas de comienzos del siglo XIX., aunque sus propuestas fueron dejando huella (Movimiento Protestante por la Diaconía). Pero incluso en las comunidades de diaconisas hubo varones jerarcas protestantes que supieron reservarse la superioridad del varón para decisiones importantes y a la hora de la representación jurídica ante terceros.

 

En la segunda mitad del siglo XX surgió la teología feminista.

 

Acaba el autor con una serie de preguntas críticas a las Iglesias: ¿Con qué derecho niegan a las mujeres la Iglesia Católica romana y la Ortodoxa una igualdad de trato en el acceso al ministerio eclesiástico?, ¿con qué derecho amenazan por esta causa con serios problemas y dificultades al diálogo ecuménico? La iglesia del futuro, afirma, debe ser una comunidad de hombres y mujeres libres, radicalmente iguales, de hermanos y hermanas. Y, según él, habría que introducir reformas concretas:

- no considerar que forme parte del matrimonio cristiano el sometimiento de la esposa al marido;

- ni una división del trabajo determinada;

- la planificación responsable de la natalidad puede contribuir a la verdadera emancipación de la mujer;

- en el aborto no hay que tener en cuenta sólo los derechos del feto sino también la salud físico-psíquica y la situación social de la mujer, así como su responsabilidad con la familia y con los hijos que ya tiene a su cargo;

- las mujeres deben estar representadas en todos los órganos con capacidad de decisión;

- el lenguaje de la liturgia debe dejar claro que la comunidad está formada tanto por hombre como por mujeres;

- hay que promover el estudio de la teología católica por parte de las mujeres;

- la ordenación de las mujeres y su plena participación colegial en los órganos de decisión y dirección de la Iglesia no se conseguirán mientras el celibato del clero no sea sustituido por la soltería libremente elegida;

- reimplantar el diaconado de la mujer.