Ya está aquí, ya la empezamos a
sufrir. Otra vez con el verano llega la ola de calor.
Todos de pertrechan y se afanan para
protegerse de tan sofocante situación. A pesar de la crisis, las ventas de
aparatos de aire acondicionado se disparan, la gente acude a las piscinas y se
ponen a remojo durante muchas horas, en casa no faltan los refrescos. Los
ventiladores y los abanicos se convertirán en compañeros inseparables; hasta
las sombrillas y toldos se enseñorearán en las ciudades. Las gafas de sol, los
protectores solares, las cremas, los trajes de baño, las gorras, sombreros,
toallas y toda la parafernalia piscinera van a hacer
acto de presencia en este tiempo de calentamiento global.
Los más pudientes preparan ya la
huida. En las agencias de viajes no dan abasto. Hay quien se va a Méjico o a
Cuba, otros buscan los espacios más fresquitos y se suben a los fiordos, a
Dinamarca y a esos países en donde parece que siempre es invierno.
Y con este afán de huida, de hacer
las maletas y de echar a correr, voy yo y preparando unas reflexiones que debo
hacer en voz alta escribo la palabra interiorizar
en mi ordenador y éste me subraya la palabrita de marras y me dice que no la
reconoce, que interiorizar no debe existir, que si quiero algo, la añada a la
herramienta de ortografía. Y, claro, que me he cabreado. Y pienso que tal vez
el ordenador no haga más que proyectar un reflejo de lo que muchos viven y nos
quieren hacer creer: que vivir es huir, que solamente con dinero puedes
combatir el calor y el tedio. Me ha dado
la sensación de que, más que el calor, nos asfixia el consumo.
Por eso me atrevo a proponer un
verano alternativo, un verano que nos sirva para viajar hacia nosotros mismos y
para interiorizar la historia que vamos viviendo.
Se me ocurren muchas cosas: leer
(también algo intrascendente), ir al cine a ver alguna peli
humana o alguna de aventuras, de las que nos hacen recordar los buenos ratos de
la niñez. Propongo caminar, respirar, hacer excursiones, saborear algún bocata
y una cervecita con los amiguetes.
Propongo ir a ver a algún enfermo
para refrescarle el verano con la sonrisa. También propongo hacer algún
cursillo que le ayude a trabajar mejor o simplemente a ser más persona.
Propongo la noche, la risa y la
verbena; las tardes de siesta, el botijo y la sandía; las terrazas de los bares
y las visitas a los pueblos. Brindo los museos, los paisajes y las artes; los
conciertos y el teatro. Y, esté usted donde esté, le propongo hablar con las
personas y perder el tiempo contemplando el paisaje, la vida o la gente.
Si su vida está vinculada a la
educación, le recomiendo que no desconecte del todo, acondicione el verano de
tal manera que pueda estar en contacto con chavales; en los campamentos,
travesías, convivencias, colonias o vaya usted a saber. Ni se le ocurra pensar
por un momento que ser educador dura lo que dura el curso.
Y si usted pertenece a esa extraña
ralea, entre los que me cuento, de hombres y mujeres que tienen fe, refrésquela
también... y celebre
Y no olvide dormir más y saborear
cómo va pasando el tiempo cuando parece que no pasa nada...
Y así, cuando llegue Septiembre y
todos regresen al curro con un moreno de alucine y contando viajes de ensueño,
vaya usted y les diga sonriendo que en verano ha interiorizado, que se ha ido
de viaje al interior de sí mismo y ha descubierto unas vistas fascinantes y que
ya les enseñará las fotos... vaya, que de la ola de calor usted ni se ha
enterado.
JOSAN MONTULL
5.7.2010