NECESITAMOS LÍDERES

Un año después de que yo publicara en esta sección el editorial “Falta liderazgo” vuelvo a la carga, aunque pueda pecar de reiterativo, aprovechando que Xavier Picaza publica en Religión Digital un artículo que lleva por título: “Una Iglesia herida. Siete problemas” que constituye una respuesta a los problemas que Hans Küng acaba de enumerar a propósito del pontificado del actual Papa Benito XVI al cumplirse cinco años de su elección. Hoy voy a fijarme en el séptimo que cito a continuación:

 

“7. En la Iglesia hay finalmente un problema radical de autoridad o liderazgo. El problema no es que el Papa sea más o menos carismático de imagen (como podía serlo Juan Pablo II), sino de que el conjunto de los obispos y presbíteros de la Iglesia (al menos en occidente) han perdido un tipo de liderazgo carismático que se supone que debían tener, para actuar como representantes del Evangelio de Jesús. Jesús protestó contra el “poder sagrado” de los sacerdotes de Jerusalén, a quienes condenó (como hicieron otros judíos de su tiempo) con las palabras más duras que hoy podemos imaginar, precisamente por su falta de liderazgo humano. Algo de eso sucede en nuestro tiempo.

La solución no está en cambiar algunos obispos o en celebrar simplemente un nuevo Concilio, la solución no está en que se “ordenen” casados (¡cosa que ha de hacerse hoy, no mañana!), ni en que se “ordenen” mujeres, cosa que debía haberse hecho ya… Lo que importa es el surgimiento de una generación nueva de pastores (o, si se prefiere, de líderes y testigos), con celibato o sin celibato, varones o mujeres, que surjan de las comunidades y que sean capaces de animarlas, no como “sacerdotes” por encima de esas comunidades, sino como hermanos y animadores del gran “pueblo sacerdotal” que es la Iglesia.. No parece que, por ahora, se estén dando pasos eficaces en ese campo, a pesar de que oficialmente se esté celebrando el año internacional del sacerdocio, que parece dirigido a poner unos “parches” que rasgarán el viejo vestido de la Iglesia, más que a buscar el traje nuevo del que habla el evangelio (Mc 2, 21-22).”

 

Hasta aquí el texto de Picaza, que tiene más razón que un santo porque refleja un grave problema que vivimos en muchas diócesis: falta liderazgo. Faltan obispos, curas, animadores, que vayan más allá de lo establecido, que no se limiten a seguir unas consignas emanadas desde encima de ellos, que no reduzcan la acción pastoral a un funcionamiento rutinario y siempre igual, repitiendo las mismas fórmulas (que parecen encaminadas simplemente a entretener al dócil personal), ausentes aparentemente del tremendo cambio social en que estamos envueltos. Necesitamos líderes que den respuestas nuevas a los nuevos problemas que van surgiendo. Necesitamos líderes que animen, entusiasmen si es preciso, que se sepan desenvolver en esta nueva sociedad, que no miren hacia arriba para obedecer sin más lo que se les señala. Necesitamos líderes que animen a nuestras comunidades, que les ayuden a comprometerse en un coherente anuncio de Jesucristo y de su Evangelio.

 

Vivimos una época de terrible aburrimiento intraeclesial, de falta de estímulos, de falta de propuestas, de envejecimiento al parecer inevitable, en contraste con la que “está cayendo” a menudo de espectaculares noticias sobre abusos pederastas de miembros del clero, de ocultamientos culpables de tales prácticas por parte de muchos jerarcas (obedeciendo órdenes de arriba, no lo olvidemos). No se puede aguantar más a tantos obispos que parecen estar en otras cosas de las que deberían ocuparles. Faltan gestos audaces y comprometidos que nos eleven a todos la moral. Faltan propuestas concretas y comprometidas, mientras sobran objetivos programados por obligación a comienzos de curso fruto más de una ingenua buena voluntad que de un auténtico deseo de cambio y renovación profundos.

 

Y tal vez falte todo esto porque, como afirmó recientemente Castillo en su intervención en el Encuentro de Cristianos y Cristianas que tuvo lugar el sábado 17 en Zaragoza, los dirigentes parecen estar más preocupados por cuestiones “religiosas” o “morales” que por problemas humanos. Parecen instalados en las alturas dedicándose a hablar o pontificar desde lugares muy alejados de los pobres. Muchas veces nuestros obispos parecen invisibles, no porque sean humildes sino porque no se sabe muy bien dónde están. De repente se encargan ellos mismos de airear sus aplausos o adhesiones ridículamente inquebrantables y fomentadoras del mezquino culto a la personalidad, o nos enteramos de que están de viaje hacia no sabemos muy bien dónde. Se habla de ellos como de instrumentos de poder porque así parecen confirmarlo ellos en sus declaraciones y actuaciones.

 

Necesitamos líderes que se arriesguen incluso a equivocarse, que estén en comunión no sólo con el Papa sino con los laicos, que superen el gravísimo riesgo de quedarse mudos e inmóviles haciendo de don Tancredo esperando a que escampe la tormenta. Necesitamos que caminen junto al pueblo del que son pastores y animadores. Y si no son capaces de hacerlo, que renuncien a sus pomposos cargos y nos eviten el bochorno.

 

¡Ah!, y necesitamos creyentes audaces, que no se resignen a aguantar todo lo que les echen sino que empujen, espoleen a los dirigentes, que resulten incómodos a los de arriba por no comulgar con ruedas de molino, por exigir coherencia evangélica, por centrarse en los problemas que afligen a los que peor lo pasan y no en oropeles, y todo ello desde un profundo amor a la Iglesia concreta, a ésa que empieza desde abajo, desde los pobres con los que Jesús siempre se ha identificado.

 

Pepe Nerín

17.4.2010