Vida Nueva, Nº 2.398, 25 de octubre de 2003
LA LITURGIA PRECISA REFORMAS, PERO NO DE ESTE TIPO
JOSÉ MARÍA ARNÁIZ, S.M. MADRID.
Para finales de este año o comienzos de 2004, se prevé la aparición de un nuevo documento cuyo título provisional es Pignus redemptionis (Prenda de redención). Se trata de una Instrucción firmada por las congregaciones para la Doctrina de la Fe, y para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, sobre los abusos en la vida litúrgica de la Iglesia. El borrador lo tienen en sus manos los obispos y consultores de ambas congregaciones desde el pasado 5 de junio. Está escrito en latín, consta de nueve capítulos y 200 párrafos y señala 37 abusos litúrgicos, la mayor parte en relación con la Eucaristía. Le acompañan 304 notas a pie de página. Del texto que hemos podido tener en nuestras manos nos llama la atención, por lo inusual y "peligroso", el párrafo 197: todo católico, sacerdote, diácono o fiel laico tiene el derecho de denunciar los abusos litúrgicos que advierta, preferentemente al Obispo diocesano y también al pastor equiparado sui iuris o ante la Santa Sede.
Pero, ¿cuáles son los tan cantados y abundantes abusos a los que se refiere el documento? Sabemos que son muchos y son diversos. Se los describe con mucho detalle. Alguno se refiere al uso inexacto o inadecuado de los términos tales como "comunidad celebrante" nos referimos a los participantes celebración eucarística. El celebrante es sólo el sacerdote. Inexacto es llamar a los laicos que ayudan en la distribución de la comunión "ministros extraordinarios de la eucaristía", siendo así que se les debe llamar "ministros extraordinarios de la comunión". Hay abusos que vienen de la confusión de roles o de la " apropiación" de algunas funciones que no corresponden. Ése sería el caso de los "asistentes pastorales" de la Iglesia alemana, pero también de los seminaristas o de los animadores del canto o del conjunto de la celebración eucarística.
Otros abusos nacen de un excesivo protagonismo de los laicos, en quienes el documento en general no pone mucha confianza. Habría abusos ocasionados por una participación desmesurada o inoportuna en la misma celebración por parte de la comunidad presente. En esta misma línea, sólo con permiso del obispo se deberán admitir niñas para ser monaguillos y se las aceptará únicamente cuando exista una justa causa para ello. Hay, en fin, excesos que vienen de procedimientos incorrectos en la celebración de la Eucaristía, como los aplausos o las danzas.
Todos los abusos se resumen en el capítulo IX del documento y los católicos están invitados a identificarlos y, como ya indicamos antes, a denunciar a los que no observan las normas litúrgicas. Bien podemos decir que no hay una ponderación entre los abusos. Todos son igualmente importantes. Queda de hecho a la misma altura la profanación sacrílega del pan consagrado y la prohibición de "las monaguillas".
A pesar de ser larga la lista de los abusos y de estar ordenados y clasificados al final de este largo documento, podemos concluir que tal instrucción no es necesaria, ni conveniente y casi nos atreveríamos a decir que ni es posible que salga en el presente momento del caminar de la Iglesia. No es necesario. La larga lista de los abusos no trae mayor novedad; se encuentran ya en otros documentos de la Iglesia. Las 304 notas a pie de página son una constante referencia al Código de Derecho Canónico (57 referencias) y al "Misal romano", recientemente aprobado y publicado.
Participación de calidad
¿Para qué repetirlos una vez más y por qué hacerlo ahora? No es conveniente. La vida litúrgica de la Iglesia está urgida de participación de calidad por parte de los fieles y de los sacerdotes; de creatividad, de sensibilidad artística, de fe viva, de una mayor participación y de un rol más claro por parte de la mujer, de una mayor y más atinada inculturación de las expresiones de alegría, de perdón, de agradecimiento, de fiesta, de dolor, de adoración... Con bastante frecuencia, la "vida litúrgica" es muy "litúrgica" pero poco "vida"". Ello está pesando en la ausencia o no asistencia de bastantes cristianos a la Eucaristía y sobre todo de los jóvenes. Falta sintonía entre el celebrante y la asamblea, faltan cauces para que la vida esté presente en la celebración, se necesita una mejor compresión de lo que se celebra... Bien podemos decir que no es posible, que en este momento, en el que cuenta y necesita tanto espacio la participación, se quiera parar todo un movimiento de revitalización de las celebraciones eucarísticas apenas iniciado en los años del postconcilio. El profesor G. AIberigo, gran conocedor y estudioso del Vaticano II, hacía la última semana un balance de la influencia de las decisiones conciliares y reconocía que en el tema de la renovación litúrgica queda mucho camino por andar. A su vez, el cardenal KarI Lehmann, respondiendo a los periodistas que le preguntaban sobre este documento, también la semana pasada, consideraba estas "reformas litúrgicas" como algo "básicamente absurdo" y "nieve de ayer". Debemos prestar atención para no volver a los tiempos en que el sacerdote decía la misa y la viejita creía participar adecuadamente en ella rezando el rosario.
Por ello, nuestras celebraciones necesitan verdad; hasta las flores del altar tienen que ser verdaderas, los cantos hechos de pensamientos y palabras sencillas, claras y llenas de inspiración. Para bien celebrar se necesita belleza y capacidad de despertar la dimensión poética y bella que está presente en todos nosotros; el buen gusto no puede faltar en quienes elaboran los textos, componen o interpretan los cantos, diseñan los objetos y vestiduras litúrgicas y evocan los sentimientos más hondos del ser humano. Se precisa que no falte el bien, que se mueva al bien, que se consiga que quienes participan en la eucaristía sintonicen con el bien de la humanidad, que se cree fraternidad y que se acierte a despertar los sentimientos filiales y fraternos, de adoración y de libertad profunda que a veces duermen en nosotros. No es fácil que un grupo ore bien. Es un arte y es un don animar la acción litúrgica. Para conseguirlo es necesario evitar alguno de los abusos que se señalan en el documento, pero sobre todo hay que orientar a los hombres y mujeres de hoy a rendir culto a Dios en espíritu y en verdad y a constituirse en pueblos orantes.
De todas formas, estamos casi convencidos de que el documento Pignus redemptionis verá la luz. Pero sería otro el documento que se necesita en este comienzo del siglo XXI. Se precisaría un documento que ayudara al sacerdote a celebrar en gran sintonía con los participantes en la eucaristía, a acertar a ofrecer unas homilías hechas de palabras verdaderas, claras, evangélicas; a hacer de la eucaristía no un espectáculo mal conducido sino una actividad muy participada, una celebración festiva y no tanto un acto de paciencia y de escucha pasiva. Debería ofrecer cauces y orientaciones para inculturar las celebraciones litúrgicas en los diversos contextos eclesiales. Tampoco tendrían que faltar orientaciones para incorporar la sensibilidad femenina en el estilo y modo de celebrar, y evitar que la eucaristía sea una expresión más de una Iglesia "patriarcal". Si los laicos deben ser cada vez más protagonistas en la vida y animación de la Iglesia, tienen que comenzar por serlo del alma de la misma, de su oración y se tiene que notar en las eucaristías. La cultura actual nos trae valores y sensibilidades nuevas que deben encontrar su expresión en la conciencia renovada de la presencia del Señor en toda celebración, en los mensajes que se emiten y en la acción misteriosa pero real en la que se participa.
Que no falte el consenso
A la conducción de la Iglesia le hace bien el consenso mayoritario. La opinión vertida en esta reflexión sobre este documento no se ha escrito sólo en estas páginas. Ha aparecido en varias otras revistas y periódicos. Y corresponden a un desacuerdo básico sobre el tema y sobre la oportunidad de hablar sobre él y el modo de abordarlo. No somos los únicos en pensar y opinar así. Sabemos que en la reunión de algunos cardenales para analizar este texto las divergencias fueron grandes. Algunos se han inclinado por un "no" rotundo a la aparición del texto y han dudado de la oportunidad de tal documento. Los motivos han sido diversos. Algunos ya han sido expresados. Podemos añadir otros. El documento es duro en sus diversas expresiones y juicios; faltan los matices, no admite las excepciones, en algunos párrafos se censuran actuaciones en las que el Papa ha estado presente. Ningún Papa ha sido tan aplaudido como Juan Pablo II; las danzas africanas y asiáticas han llegado a San Pedro con los Sínodos, beatificaciones y canonizaciones, y también con las celebraciones jubilares.
No se sabe por qué el documento completo ha llegado algunos medios de comunicación desde el Vaticano, a pesar de que debajo del título se lee "estrictamente reservado". Podría parecer que es una reserva que se quiere que sea deliberadamente violada al salir de los dicasterios romanos.
Pero este hecho se puede leer también como el ofrecimiento a una posibilidad de poder recibir comentarios y opiniones. Esa es la intención de estas líneas. Contribuir a crear mentalidad y pensamiento para que las cosas se hagan de modo diferente y para bien de todos. Y conviene hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Y por supuesto con buen espíritu y para el fermento de una Iglesia que quiere orar bien y ayudar a orar a partir de su rica tradición orante, debidamente renovada como lo necesita el hombre y la mujer hoy. Por lo mismo desearíamos que este documento no pasara de ser un documento "fantasma" y apareciera ese otro que consideramos posible, conveniente, oportuno y hasta necesario.