Lo de Barcelona
El Correo Digital 10.7.2004
MANUEL DE UNCITI/SACERDOTE Y PERIODISTA
Lo de Barcelona no puede quedar así, sin más ni más. 'Lo de Barcelona' es la división de la
diócesis de la importante capital catalana en otras dos circunscripciones diocesanas; es la
designación de golpe y porrazo de un simple sacerdote del Opus Dei a la sede arzobispal -¿y qué
sede!- de Tarragona y que le hace pasar de soldado raso a la condición, teórica más que real, de
Primado; es la notificación de la noche a la mañana de la decisión de Roma a la Comisión
Permanente de la Conferencia Episcopal Española sin haber mediado consulta previa a la misma
o haber recabado su parecer; y es, sobre todo, la falta más absoluta del menor atisbo de
democracia en todo este proceder o entuerto del que los fieles, los religiosos y los sacerdotes -¡los
principales afectados por la extraña medida!- no tienen conocimiento alguno sino cuando todo
está ya guisado y cocinado en las alturas del poder. Y lo más triste del caso es que el secretario
general de la citada Conferencia de los obispos, el jesuita padre Juan Antonio Martínez Camino,
tenga el desparpajo de calificar de «normal» una y otra vez esta serie de atropellos al más
elemental sentido común.
No debió de parecerles tan 'normal' a los obispos de la mentada Comisión Permanente cuando,
el pasado 15 de junio, recibieron con un muy más que elocuente silencio la comunicación que
sobre el particular de Barcelona les hacía llegar la Nunciatura Apostólica en Madrid; y no debió
de resultar tan 'normal' ni siquiera a los ojos de la misma Congregación de los obispos en la
Ciudad Eterna cuando unos días antes de hacerse pública la decisión todavía se hacía patente en
los despachos y pasillos del Dicasterio la duda de si se había acertado o no al tomar tal medida.
Nadie niega que la Santa Sede haya actuado 'según el Derecho' y que en todo momento haya
seguido 'los procedimientos canónicos normales'; pero el Derecho no es todo en la Iglesia ni es
lo más importante. Además del Derecho están las buenas maneras, las elementales normas de
buena educación y, principalmente, la salvaguardia y el cultivo del espíritu de comunión o de
fraternidad en el seno de la Iglesia. Está muy puesto en razón que el nuevo arzobispo de
Barcelona, Lluís Martínez Sistach -el único bueno de la película- se haya apresurado a pedir
comunión a sus nuevos feligreses -fieles y sacerdotes- en torno al ejercicio de su ministerio
episcopal; pero esa misma petición tenía que haber sido formulada en tiempo oportuno y por
quien tuviere autoridad para ello a los responsables, españoles o romanos, del desaguisado que
han impuesto a la Iglesia de Cataluña.
No debió de parecerles tan 'normal' la medida a los numerosos cristianos catalanes que a lo largo
de los tres últimos años han venido pidiendo en todos los tonos y de las más diversas maneras
que, antes de que Roma tomara una decisión, se les permitiera poner en marcha un proceso de
discernimiento para analizar las fórmulas más adecuadas a las necesidades de la evangelización
en Cataluña. No eran cuatro desgarramantas los que solicitaban que se atendiera la voz de las
bases. Figuraban entre los peticionarios desde teólogos universitarios y vicarios episcopales hasta
reconocidos políticos que no disimulan su condición de creyentes y que suelen actuar en el
ámbito de sus comunidades parroquiales. La concentración de unos 500 sacerdotes, primero, en
el patio del palacio arzobispal, y la de unos 1.500 entre sacerdotes, religiosos y laicos, después,
en la escalinata de la catedral, evidencia que lo 'normal' para el padre Camino no lo era tanto para
todos ellos. Y decir, como ha dicho el secretario general de la Conferencia de los obispos, que,
junto a las «opiniones críticas» hay también otras ««muy positivas»», no es decir nada en un
mundo habituado a la pluralidad de criterios. Valdría la pena evaluar el volumen de los
descontentos con la decisión de Roma y el peso de los que la han aplaudido. Vaya por delante
que los contestatarios, una vez expresado su descontento, han tenido el buen gusto de retirarse
por el foro sin mayores algaradas y con una voluntad muy decidida de restaurar la paz de las
parroquias. ««Lo esencial ahora es recomponer la unidad y mirar al futuro. No podemos
detenernos»», decía al poco el sacerdote Jaume Aymar, decano de la Facultad de Filosofía de
Cataluña. Y su palabra expresaba el sentir más generalizado de los que se han sentido heridos
por Roma.
Esta última reacción, por ejemplar que sea, no soluciona los problemas. Se ha dado, a juicio de
no pocos, un paso atrás en la marcha de la Iglesia hacia la democracia y se ha instalado la
sospecha en el discurso, tan repetido desde la autoridad, que solicita la participación de los laicos
en la vida de las comunidades cristianas. El arcipreste de Sabadell, Manel Fuentemilla, ha sabido
decirlo muy agudamente al justificar sus críticas porque quiere a la Iglesia y al añadir que, a partir
de estos últimos incidentes en la archidiócesis de Barcelona, se hace «difícil explicar a los laicos
que contamos con ellos».
Éste es, sin duda, el verdadero alcance intraeclesial de la 'alcaldada' que se ha actuado sobre los
cristianos catalanes y que, se quiera o no, afecta a toda la Iglesia. Se pide a todos los cristianos,
con la más elemental teología en las manos, que dejen de considerarse miembros pasivos de la
Iglesia y que asuman las responsabilidades de su participación activa en la construcción del
Reino de Dios. La antigua distinción entre 'Iglesia docente' o enseñante e 'Iglesia discente' -que
muy frecuentemente se traducía a la hora de la verdad en 'Iglesia ignorante'-, pertenece
venturosamente a tiempos ya idos. El hombre de hoy, que ha aumentado en muchos tantos el
caudal de sus conocimientos y que interviene en numerosos ámbitos de la vida de su sociedad,
tiene una mayor conciencia de su propia dignidad y valía. No tolera ser tratado como pieza de
un rebaño. Quiere dejar oír su voz en todo aquello que le atañe y le interesa; y exige que las
decisiones que van a regular sus movimientos sean debatidas por todos los que van a verse
afectados por ellas.
Este mismo clima se respira en la Iglesia. El cristiano de hoy quiere y exige en buena hora hablar,
discutir, ponderar, discernir a una con sus hermanos en la fe de todo aquello que marca el paso
a la Iglesia de hoy. Sabe muy bien que en los primeros siglos del cristianismo se daba por cierto
el criterio de que debía ser debatido entre todos cuanto atañere a la vida de todos y de modo muy
particular cuanto se refería a la designación de los obispos que deberían presidir los destinos de
las diócesis. El centralismo que poco a poco se fue imponiendo en la Iglesia, y de modo muy
notorio a partir del siglo XI, hizo que se abandonara el más primitivo y radical de los criterios
democráticos hasta entonces vigentes. El creciente desinterés de los cristianos por su propia
Iglesia fue la más triste y generalizada respuesta ante la nueva situación. Por desgracia.
Más aún: se llegó a la fenomenal torpeza intelectual de afirmar que la democracia no tenía cabida
en la vida de la Iglesia. Se decía que, siendo ésta establecida por Jesús de Nazaret o hasta por el
mismo Dios, los cristianos no podían alterar lo más mínimo las estructuras recibidas desde lo
alto. ¡Qué error, qué inmenso error! Lo que no tiene vuelta de hoja ni hoy, ni ayer, ni nunca es
el mensaje de salvación dado por Jesús para bien del mundo y los instrumentos de salud puestos
por él a disposición de sus seguidores. Pero en todos los demás extremos del caminar de la
Iglesia en este mundo, las posibilidades de creatividad son amplísimas. Muchos de los modos
de ser Iglesia que hoy vivimos o padecemos, son fruto de la gracia o del pecado de quienes nos
han precedido en esta secular y milenaria peregrinación hacia la Casa común. Jesús no se dedicó
a establecer ni unas mínimas normas de cómo debería funcionar el Pueblo de sus seguidores. Con
gran tino decía hace ya muchos años el gran teólogo Karl Ranher que «Jesucristo no es el
fundador de la Iglesia, aunque sí su fundamento».