Lo esencial

La Iglesia anda hoy preocupada por muchas cosas. Las gentes abandonan la práctica religiosa. Dios parece interesar cada vez menos. Las comunidades cristianas envejecen, faltan vocaciones, todo son problemas y dificultades. ¿Qué futuro nos espera? ¿Qué será de la fe en la sociedad de mañana?

Las reacciones son diversas:

ü      Hay quienes viven añorando con nostalgia aquellos tiempos en que la religión parecía tener respuesta segura para todo.

ü      Bastantes han caído en el pesimismo: es inútil echar remedios, el cristianismo se desmorona.

ü      Otros buscan soluciones drásticas: hay que recuperar las seguridades fundamentales, fortalecer la autoridad, defender la ortodoxia. Sólo una Iglesia disciplinada y fuerte podrá afrontar el futuro.

Pero:

¿Dónde está la verdadera fuerza de los creyentes? ¿De dónde puede recibir la Iglesia vigor y aliento nuevo?

En las primeras comunidades cristianas se observa un hecho esencial: los creyentes viven de una experiencia que ellos llaman “El Espíritu” y que no es otra cosa que la comunicación interior del mismo Dios. Él es el “dador de vida”, el principio vital, sin el Espíritu, Dios se ausenta, Cristo queda lejos como un personaje del pasado, el evangelio se convierte en letra muerta, la Iglesia en pura organización. Sin el Espíritu la esperanza es reemplazada por la charlatanería, la misión evangelizadora se reduce a propaganda, la liturgia se congela, la audacia de la fe desaparece. Sin el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, el horizonte del cristianismo se empequeñece, la comunión se resquebraja, el pueblo y la jerarquía se separan. Sin el Espíritu, la catequesis se hace adoctrinamiento, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la vida cristiana se degrada en “moral de esclavo”. Sin el Espíritu, la libertad se asfixia, surge la apatía o el fanatismo, la vida se apaga.

El mayor pecado de la Iglesia actual es “la mediocridad espiritual”. Nuestro mayor problema pastoral el olvido del Espíritu. El pretender sustituir con la organización, el trabajo, la autoridad o la estrategia lo que sólo puede hacer la fuerza del Espíritu. No basta reconocerlo. Es necesario reaccionar y abrirnos a su acción.

Lo esencial hoy es hacer sitio al Espíritu. Sin Pentecostés no hay Iglesia. Sin Espíritu no hay evangelización. Sin la irrupción de Dios en nuestras vidas, no se crea nada nuevo, nada verdadero. Si no se deja recrear y reavivar por el Espíritu Santo de Dios, la Iglesia no podrá aportar nada esencial al anhelo del hombre/mujer de nuestros días.

Victorio Sevilla, 29.5.2010