Los
conservadores desactivan la
Conferencia episcopal
José Manuel Vidal, Religión Digital 3.11.11
Está pasando de ser la sala de máquinas de la Iglesia española o un
órgano desactivado y sin incidencia real en la vida eclesial. Las
conferencias episcopales fueron uno de los instrumentos más innovadores del
Vaticano II. Un órgano colegial para poner en marcha y concretar la
colegialidad episcopal. Para que los obispos dejasen de ser reyezuelos de
taifas. Para que la Iglesia
española hablase con una sola voz y se convirtiese en referencia moral y
mediática ante la opinión pública. Comenzo a
funcionar en 1966 y obtuvo el reconocimiento definitivo en 1977. Por su
presidencia pasaron las principales figuras del episcopado español. Con ocho
presidentes, que la ayudaron a nacer, la consolidaron, la hicieron madurar. Y,
cuando ya está en su apogeo, los conservadores quieren acabar con ella. Por vía
indirecta, recortando sus funciones. Y desactivándola en la práctica.
Llegó a s apogeo con el cardenal Tarancón.
Y mantuvo su línea con Gabino Díaz Merchán. Después, el cardenal Suquía comenzó ya el proceso de desactivación, pero se topó
con la resistencia de una mayoría de obispos profundamente conciliares y, por
lo tanto, partidarios de seguir manteniendo el papel prepoderante
de la CEE. Entre
ellos, Elías Yanes y José Sánchez. De hecho,
en la pugna con los conservadores, el tándem Yanes-Sánchez
ganó las elecciones de 1993 y mantuvo bien alta la bandera de Añastro (sede de la
CEE) hasta el año 1999.
Entonces, la correlación de fuerzas entre obispos
conservadores y moderados (los progresistas ya casi habían desaparecido) se
decantó por escaso margen a favor de los primeros. Y salió elegido el cardenal
Rouco como presidente por vez primera. Ahí comenzó el desmantelamiento,
sobre todo desde la llegada a Añastro de su hombre de
confianza, monseñor Mártinez Camino. Aunque el
episcopado sigue profundamente dividido y, de hecho, en el trienio posterior
Blázquez le birló la presidencia a Rouco. Y, al siguiente, Rouco volvió a
recuperarla por un par de votos.
En cualquier caso, la CEE se ha convertido en un elefante
dormido. Sin apenas presencia pública. Y su presidente, con la excusa de
que no es el jefe de los obispos (y así es en buena lid teológica), la mantiene
afónica y sin voz social. Y cuando Rouco sale en los medios (que sale mucho,
sobre todo cuando le conviene, por ejemplo antes de la JMJ) lo hace como arzobispo de
Madrid. Nunca como presidente del episcopado. Y de hecho, en Añastro sólo ha dado una rueda de prensa: la del día de su
toma de posesión en el cargo.
¿Y los demás obispos, los que siguen creyendo en la CEE y en sus enormes
potencialidades? Pocos son los que se
atreven a protestar. Por miedo a eventuales represalias. Y la mayoría calla por
comodidad: "No digo nada y así tampoco nadie me dice nada a mí".
Tranquilitos, cada cual en su diócesis. Obispados, reinos de taifas e iglesias
estufas. Gran parte de esos obispados sin viabilidad económica y vegetando
pastoralmente, mientras los curas envejecen, solos y desilusionados, y los fieles
escapan a otros prados espirituales más verdes y acogedores. O a la
indiferencia, la gran plaga que está derrotando a la fe en España.
A Camino le queda año y medio como secretario general.
Después tendrá que irse (parece que a Alicante), pero ya tiene colocados a sus
peones de confianza. Y al cardenal-presidente, le quedan casi tres años. O más.
Algunos dicen que en Roma ya le han ofrecido una prórroga de cinco años, para
que supere a Carles en permanencia una vez jubilado. Para
cuando ambos dejen la CEE,
poco quedará de ella. El edificio (remozado, por cierto con un coste
altísimo en época de crisis), una nueva capilla de Rupknick,
un montón de energías desaprovechadas y una potencialidad pastoral desactivada.
Una CEE en off.
José Manuel Vidal