LOS PELIGROS DE
PATRICIA PAZ, Eclesalia 5.7.2011
Me llegó un correo electrónico invitándome a rezar por la paz,
haciéndolo todos los días a la misma hora durante un minuto. Parece que durante
Pero, más allá de si creemos o no en los efectos milagrosos de la
oración, me doy cuenta de que rezar es peligroso. Esto lo aprendí hace años, en
la película “Tierra de Sombras” que relata la vida de C. S. Lewis. En un
diálogo que éste mantiene con su obispo sobre si estaba rezando o no luego de
la muerte de su esposa, Lewis responde: “no puedo evitar rezar, pero la oración
no lo cambia a Dios, me cambia a mí”.
He meditado sobre esta frase muchas veces, dándome cuenta que cualquier
oración tiene un enorme poder transformador. Por eso no dudo en el poder de la
oración, sino dónde se ejerce dicho poder. Dejando de lado el tema de la
energía, que me resulta nuevo y del cuál prácticamente no sé nada, diría que
disponernos a orar es disponernos a ser transformados. Por eso considero que es
muy peligroso.
En el caso concreto de la invitación a orar por la paz, el poder de la
oración sobre mí sería el de hacerme consciente de todas mis acciones contrarias
a la paz. Pero no a la paz como algo abstracto, sino a lo concreto de las
pequeñas cosas cotidianas. Al estado de mi corazón con respecto al mandamiento
de amar a los enemigos, aunque también debería mirarme con respecto a los
amigos que muchas veces son las víctimas de mi corazón no pacificado. Arrancar
de mi vida todas las cizañas que me impiden reconocer a Jesús en el otro, sobre
todo en el diferente es el desafío de orar por la paz. Y cuando oramos por los
más necesitados, por los hambrientos, por los excluidos estamos orando para ser
capaces de acciones concretas que ayuden a personas concretas a salir de su
pobreza o exclusión.
Rezar no es, según creo yo, acudir a un Dios todopoderoso que va a
intervenir desde afuera para arreglar los desaguisados que nosotros mismos
inventamos, sino que es abrirnos a
A dejarlo soplar entonces, aunque se lleve con su viento nuestras
comodidades, nuestras certezas, nuestras ideologías. Aunque nos deje desnudos
frente a la vida con las únicas armas de la confianza, la libertad y el amor.
Aunque nos demos cuenta de que para que haya paz, o para que nadie pase hambre,
ni frío, ni soledad tengo que “salir de mi tierra” y “hacerme prójimo” de los
que parecen no tener ningún valor. De aquellos que considero una amenaza, ya
sea por la inseguridad de la violencia que hoy estamos viviendo o porque con su
sola presencia son como una espada que se clava en mi corazón y me pide a gritos
que haga algo y me deja sintiéndome impotente. O me cierra aún más para no
sufrir y sigo siendo la otra cara de la moneda de la violencia.
Dios actúa desde abajo y desde adentro, no desde arriba y desde afuera.
Dios actúa a través mío y tuyo y hasta que no aceptemos esto no nos haremos
responsables por las cosas que pasan en el mundo y que nosotros podríamos
cambiar siendo de verdad discípulos de Jesús. Todos los que hoy tenemos “cinco
panes y dos peces” tenemos la enorme responsabilidad de multiplicar y
redistribuir los bienes para que nadie se quede sin sentarse a la mesa.
A rezar entonces, con entusiasmo y sin parar, pero dispuestos a
conseguir aquello que pedimos con nuestras acciones concretas: “porque tuve
hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estaba
desnudo, enfermo, preso… ¿Cuándo Señor? Les aseguro que cuando lo hicieron por
el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mt
25, 35-40). Entonces sí la paz quedará asegurada. ¡Feliz Pentecostés para
todos!