LOS POBRES NOS EVANGELIZAN

Y NOSOTROS LES ESCANDALIZAMOS

(También a propósito del Día de la Diócesis)


A veces salta la chispa, el instante mágico, la inspiración o, tal vez, el "toque" de Dios en los momentos y situaciones más inesperados. Esto es lo que me ocurrió hace pocos días en una sobremesa en la Granja de Transeúntes de Movera que gestiona Cáritas desde hace 22 años. Previamente, y mientras daban en la cocina los últimos preparativos bajo la experta dirección de Berta la cocinera, ya me habían "asaltado" con una pregunta directa sobre la virginidad de María. ¿Cómo se guisa eso?, me largaba Paco, porque yo no lo entiendo. Está claro que también entre los "pucheros" se mueve Dios, y nunca mejor dicho.

Pero fue en los postres cuando se desencadenó la movida. Y todo por un problema de hermenéutica. ¿Cómo es que siendo tan claro el Evangelio -me interrogaban- se sacan de él interpretaciones tan opuestas? Porque con los textos en la mano unos opinan blanco y otros negro, unos deducen un comportamiento y otros el contrario. ¿Exageraban? Por supuesto que no tanto. Y no quedaba más remedio que remitir a la experiencia de Jesús que no dejaba a nadie indiferente, siguiéndole unos porque se sentían arrebatados por Él y criticándole otros que no eran capaces de ver ningún milagro porque previamente no le aceptaban y lo rechazaban. Vamos, como ocurre actualmente: no hay más que leer periódicos de diferentes tendencias o, más cercanos, oir cómo en una tertulia se expresan opiniones divergentes sobre una misma realidad.

El debate nos llevó hasta la cuestión de la fe y yo intenté explicar que no consiste, como nos enseñaban antes, en creer lo que no se ve sino en llevar adelante una actitud de "confianza" en un Dios al que nos entregamos con amor, pese a no tenerlo todo claro. Supone un ir más allá de la simple realidad porque Dios, en principio, no es evidente sino que nos movemos en este punto en la oscuridad, aunque con destellos de posible luz. No fue sorprendente, por tanto, que uno de los contertulios afirmara que lo "lógico" es no creer en Dios, que no es "evidente", puesto que la fe supone un ir más allá de esta "lógica".

Fue en ese momento cuando terció uno que había permanecido en silencio hasta entonces. Y la emprendió con la Iglesia introduciendo el tema del "poder". La Iglesia, según él, siempre ha usado el poder, lo ha detentado, lo ha buscado. Intenté hacer de abogado defensor apuntando que la Iglesia no es sólo el colectivo de personas que detentan el poder sino que hay muchos más que viven el servicio, la entrega a los demás y de una manera generosa. Pero el "taimado" insistía en su argumentación una y otra vez no dándose en absoluto por vencido. Le sobraban argumentos, naturalmente, ya que no hay más que señalar la cantidad de cizaña impregnada de poder y de ansias de dominio que tanto ha abundado y sigue abundando en la Iglesia. Y estábamos todos de acuerdo en que poder y Evangelio no son compatibles, aunque haya quienes traten de hacerlo vendiéndonos un poder como "servicio", lo cual es una pura contradicción en los términos.

Me esforzaba en intentar presentar nuevos rostros de Iglesia, personas que viven su fe en coherencia con el Evangelio de Jesús y que prestan un gran servicio a sus semejantes y a la sociedad proponiendo metas alternativas a las de la actual sociedad de consumo y opulencia para unos mientras margina a muchos. Les manifestaba mi gratitud a estas personas, mi deseo de que su espíritu, que es el Espíritu de Jesús, siguiera adelante para bien de todos. Trataba de identificarme con ellos y no con los poderosos, pero la imagen de una Iglesia fuerte, aliada con el poder, siendo poderosa ella misma, no se borraba de sus mentes, mentes de marginados por el sistema y, según ellos, también por la misma Iglesia. Ante mi postura, hubo quien me preguntó con toda crudeza: "¿Cómo sigues en la Iglesia pensando como piensas?". Y me dio tristeza porque esa misma pregunta, formulada desde los de "abajo", me la han lanzado personas con poder eclesial, es decir, situadas "arriba". La fuerza del poder o la radical carencia del mismo acaban por "aliarse" para no comprendernos a los que estamos manteniendo (¿de forma utópica?) la necesidad de un Cristianismo más evangélico y separado de todo lo que huela a poder. Pero esto será casi un imposible muy difícil de alcanzar en el conjunto eclesial si la imagen de unos dirigentes vestidos con uniformes siempre insinúa posiciones de poder, si muchos edificios religiosos parecen más palacios de ricos que de pobres, si tantas ceremonias rituales solemnes nos recuerdan más a entronizaciones de reyes que a lavatorios de pies, si las palabras que se usan en textos o predicaciones oficiales son ininteligibles para la gente sencilla, si los temas de los que hablan no son los problemas de los pobres sino la defensa de intereses internos. A los marginados los estamos "escandalizando", incluso a aquéllos a los que estamos ofreciendo una ayuda esencial para rehacer sus vidas.

Ya sé que todo esto no se cambia de golpe. Ya sé que la imagen que damos está arraigada (muchas veces injustamente, aunque otras muy justificadamente) desde hace muchos siglos y que no va a cambiar de la noche a la mañana. Pero es urgente dar pasos concretos en la dirección evangélica, sin tratar de justificar lo injustificable. Si la "autoridad", es decir, el liderazgo, tiene que ser entre nosotros "servicio", abandonemos todo rastro de "poder" en ella. Si el lenguaje tiene que reflejar la realidad, abandonemos el uso de títulos (como pedía Jesucristo) que recuerden a poderosos (a este respecto, querido Arzobispo, resulta desazonador para muchos oirle comenzar sus discursos con aquello de "excelentísimo", "ilustrísimo", etc.; no sé si alguien se ha atrevido a comentárselo, pero yo me atrevo humildemente a pedirle que abandone esas expresiones). Si nuestro estilo de vida refleja posiciones de poder, abandonemos palacios, potentes coches, cifras millonarias en nuestras economías, ropajes que dificultan estar entre los demás como quien sirve. Los pobres se escandalizan de nosotros y eso es lo más grave.

Terminé aquella improvisada tertulia interpretándola en gran medida como un toque de atención que Dios me daba a través de sus "predilectos". Y no pude menos de recordar que el director de Cáritas, el mismo que se acaba de cargar el Programa de Transeúntes, me ha "pedido" con insistencia que no ponga los pies en la Granja porque mi influencia es nefasta. Desde "arriba", desde las posiciones de "poder", muchas veces no se entiende que los pobres nos evangelizan. Conviene experimentarlo.

Pepe Nerín

12.11.2006